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En el patio de mi insti hay un yacimiento

Alumnos del Institut Campclar hacen de arqueólogos en una excavación montada por sus profesores. El proyecto ha conseguido disminuir el abandono escolar

Norián Muñoz

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Alumnos de primero de ESO trabajando en la excavación en el patio del Institut Campclar. FOTO: Alba Mariné

Alumnos de primero de ESO trabajando en la excavación en el patio del Institut Campclar. FOTO: Alba Mariné

Parece un juego de niños, pero aquí está todo calculado al milímetro. Los alumnos de primero de la ESO del Institut Campclar se afanan con las palas, el cedazo, los pinceles... Con paciencia y disciplina hasta que, por fin, aparece una pieza. Si se trata de las capas de tierra superiores, donde están los elementos más recientes, es fácil encontrar unos auriculares abandonados. A una profundidad un poco mayor comienzan a aparecer restos de cerámica romana y, al final, en el estrato más profundo, pueden hallar fósiles de animales de tamaño considerable. 

En realidad, la excavación tiene  ‘trampa’, porque sus profesores, en secreto, han venido a desbrozar las malas hierbas y a ‘plantar’  las piezas en los correspondientes estratos. Este es, aseguran, el yacimiento didáctico a nivel escolar más grande del mundo.
La arqueología como excusa

Aunque es la parte más visible, la excavación es apenas un aspecto de un proyecto que han trabajado en todas las asignaturas, incluso las optativas. Las matemáticas, por ejemplo, hacen falta para calcular exactamente dónde y cómo dividir las parcelas en las que trabaja cada grupo. En total participan 120 alumnos.

Luego pasamos por una clase de plástica, donde hacen mosaicos y reconstruyen un ánfora. En la pizarra todavía quedan las explicaciones de naturales donde se habla de las eras geológicas. 

En la asignatura de tecnología el trabajo consiste en diseñar y construir un cedazo para ‘colar’ la tierra. Los alumnos de este año están usando los que realizaron los del año anterior y los del año que viene emplearán los que se están haciendo ahora.

Y las lenguas entran en juego justo en la fase en que se encuentran ahora. Están preparando una exposición, como si se tratara de un museo, para que vayan a verla sus padres. «Este año hasta hemos hecho entradas. Tenemos un montón de ideas», relata Yusra Hossein, quien reconoce que la idea le gusta, pero el trabajo de campo «es duro». Judith Santacruz, por su parte, dice que es inevitable emocionarse cuando «entre tanta tierra encuentras alguna pieza».

Ester Maijó, directora del centro, explica que el yacimiento es un ejemplo del trabajo por proyectos que se comenzó a realizar hace tres años: «Necesitábamos iniciar un programa de innovación educativa en el que la inclusión fuera la clave». La idea era que los alumnos trabajaran de manera cooperativa y los profesores les acompañaran en una forma distinta de aprender que implicaba pasar de la praćtica a la teoría y no al revés.  

Cada trimestre hay un nuevo proyecto. Este grupo, por ejemplo, ahora tendrá el reto de diseñar, desde cero, un juego de trivial en el que aplicar todos los conocimientos del curso.

Y así a lo largo de toda la ESO. Los alumnos que ahora están en tercero, y que fueron los primeros en aplicar esta fórmula, tuvieron que elaborar un perfume en el primer trimestre. Antes, cuando estaban en segundo de ESO, tuvieron que trabajar, por ejemplo, en redescubrir y poner en valor su barrio.

‘Enganchar’ a los estudios
En el instituto se han ocupado, además, de medir los resultados de esta forma de trabajar. Y lo primero que salta a la vista es que alumnos a quienes habitualmente les cuesta mantener el interés en una clase al uso, con los proyectos están muy motivados. La convivencia (aquí vienen chicos de cinco escuelas distintas) también ha mejorado notoriamente.
Entre otros aspectos medibles, también han conseguido que haya más chicos que promocionan de curso y reducir las tasas de absentismo escolar y de abandono. Un ejemplo es que, justo el curso que viene, pasarán de tener tres a cuatro grupos de cuarto de la ESO.

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