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Encontrar una cara amiga al llegar a puerto

Reportaje. Los voluntarios de Stella Maris llevan décadas acompañando a los marineros de los buques procedentes de todo el mundo que llegan a Tarragona

NORIÁN MUÑOZ

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Voluntarios de Stella Maris visitan un barco atracado en el Port. FOTO: ALBA MARINÉ

Voluntarios de Stella Maris visitan un barco atracado en el Port. FOTO: ALBA MARINÉ

El sol cae a plomo en el Port de Tarragona. El calor se hace insoportable y cuesta imaginar lo que se siente debajo de los monos de manga larga de los marineros que están descargando grano de un buque enorme.

Los voluntarios de Stella Maris, incluido el padre Benny Manackaparambil, se acercan al barco y hablan con los dos marineros que bajan la escalera. Cosas del coronavirus, toca mantener las distancias, pero, pese a las mascarillas, se trasluce una sonrisa cuando les explican, en inglés, su labor, y les dejan un número de teléfono al que pueden llamar si necesitan cualquier cosa.

El gesto parece sencillo, pero es algo significativo para personas que llevan meses sin ir a casa y sin ver a su familia. «Hay que recordar que las tripulaciones trabajan, viven y tienen sus horas de entretenimiento en el mismo lugar físico y con las mismas personas» indica el padre Benny «y se enfrentan a que sus contratos sean prorrogados hasta doce meses, o bien, cuando tienen relevo a bordo, algunos tienen dificultades para volver a sus países de origen a causa del cierre de las fronteras en todo el mundo».

Estando en el sitio es cuando se entiende por qué el transporte a la ciudad es uno de los principales servicios que ofrece la entidad. Desde aquí Tarragona pilla lejos y las entrañas del puerto no son precisamente un sitio que invite a pasear al terminar una dura jornada, así que la pequeña furgoneta con la que los trasladan de los barcos a la sede de la entidad, en el Passeig de l’Escullera, es una de las cosas que más aprecian.

Este año 2020 iba a ser el de la celebración del de la creación de la entidad, que nació el 4 de octubre de 1920 en Glasgow. Su nombre, Estrella de los Mares, se refiere a una de las advocaciones de la Virgen María, que en Catalunya está representada por la Virgen del Carmen, patrona de la gente de mar. En Tarragona los inicios de la entidad fueron en los años setenta.

Pendientes del móvil

Los voluntarios visitan cada barco que llega al puerto al menos una vez. Francisco Montoya, uno de los voluntarios más veteranos, no pierde pista de los movimientos en el puerto para ver quién sale y quién llega.

Además de ofrecer el transporte hasta la ciudad, el otro gran objetivo es acompañamiento emocional, cuenta Jessica Linares, otra voluntaria, quien relata como hace poco un marinero tuvo que ser ingresado porque sufrió quemaduras graves en un accidente laboral y estuvo días en el hospital. «Cada día lo íbamos a visitar y no se hace una idea de lo agradecido que estaba, no había nadie más para acompañarle», cuenta.

También les ofrecen información básica, como por ejemplo donde se encuentra el supermercado más cercano o los sitios clave para hacer turismo por la ciudad. Curiosamente, cuando cuentan con un poco más de tiempo, muchos preguntan cómo ir al Camp Nou. Eso sí, la cosa ha cambiado mucho con la pandemia y algunos capitanes no les permiten bajar en los puertos.

Compañía emocional

En la sede de Stella Maris, en el antiguo edificio de Sanidad Exterior, también tienen un sitio con wifi donde tomar un refresco. También ofrecen consejo espiritual o incluso celebran misas si se los piden. Hace unos años al párroco de entonces le tocó oficiar un funeral a bordo. Aclaran, no obstante, que se trata de un servicio para todos los marineros independientemente de su confesión.

En alguna oportunidad les ha tocado ayudar en situaciones complicadas, como cuando se quedaron atrapados en la ciudad los marineros del buque Istambul y el armador se desentendió de ellos. En casos así, cuentan, los marinero no suelen abandonar el barco porque sino no tienen manera de cobrar.

Hasta hace poco la mayoría de los marineros eran filipinos, pero ahora vienen también eventualmente de países del Este y otros países asiáticos. Las mujeres son contadísimas.

Gregoria Maldonado, voluntaria, cuenta que «los filipinos suelen ser muy simpáticos, cuando te das cuenta estás en medio de una vídeollamada con sus familias. ‘My wife’ te explican»,

Y es que, como explica Jessica, aplicaciones como WhastApp han supuesto un antes y un después en lo que se refiere a comunicarse con las familias, pero también son un arma de doble filo «por una parte parece que están más cerca, pero también se dan cuenta de que siguen muy lejos como para solucionar cualquier problema cotidiano».

Aquí cada voluntario tiene su historia. Jessica trabaja en el puerto, Francisco está jubilado y Gregoria se enteró de su existencia cuando pasaba por allí, literalmente, hace unos tres años, y ya no ha dejado de ir, El padre Benny vino de más lejos, de un convento de Carmelitas en el sudoeste de la India.

Durante la pandemia falleció uno de los voluntarios del equipo, a quien siguen echando de menos, así que aquí siempre faltan manos.

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