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'Entramos en pánico al saber que el seísmo podía provocar un tsunami'

Cuatro tarraconenses, dos parejas que se hallaban de luna de miel en Nueva Zelanda, se han visto soprendidos por los últimos terremotos que han sacudido aquel país

Redacción

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Dos parejas de Tarragona, unidas por casualidad en un viaje de novios accidentado.  Foto: cedida

Dos parejas de Tarragona, unidas por casualidad en un viaje de novios accidentado. Foto: cedida

«Era medianoche y de repente la autocaravana comenzó a balancearse de manera violenta, lo que nos despertó. En un primer momento creíamos que se trataba de una gamberrada. Me puse de rodillas en la cama intentando aguantar el equilibrio y, como pude, abrí las cortinas. Para mi sorpresa, no había nadie fuera. Abrí la puerta corredera con mucho trabajo y apenas puse los pies en la tierra lo noté. Fue un momento aterrador e indescriptible. La tierra toda se movía. Duró aproximadamente un minuto y medio. Entonces comprendí que se trataba de un terremoto».

El autor de este testimonio es Lluís Grau, un tarraconense que disfrutaba de su luna de miel con su mujer, la también vecina de Tarragona Núria Pascual –se casaron el 9 de septiembre–, cuando les sorprendió en Nueva Zelanda el seísmo de 7,8 grados en la escala Richter que sacudió aquel país la semana pasada.

La pareja tarraconense se halla recorriendo el país con una ‘campervan’. «El domingo día 13 –cuenta Lluís– decidimos hacer noche en Kaikoura de manera improvisada, como muchos otros días (hacemos el viaje por nuestra cuenta). Acampamos en frente de una playa a dos kilómetros al sur del pueblo, junto con otras autocaravanas, y ya pasada la medianoche, cuando estábamos durmiendo, nos sorprendió el terremoto, cuyo epicentro se situó a unos 15 kilómetros de donde estábamos ubicados».

A pesar de la alarma inicial, «no teníamos ninguna intención de marcharnos de allí. La verdad es que no éramos conscientes de la repercusión y magnitud que podía tener el terremoto, pero al cabo de unos minutos y mientras hablábamos con los ‘vecinos’ de playa, el conductor de un coche nos alertó con el claxon y con gritos de que existía la posibilidad de que el terremoto provocara un tsunami».


Pánico
La tranquilidad de la que habían hecho gala hasta entonces se vino abajo. «Entramos en pánico. Nos pusimos apresuradamente la ropa por encima y nos pusimos en marcha, en dirección al pueblo por la carretera de la costa; no había más alternativas».

Fue entonces cuando se dieron cuenta de los estragos que había causado el terremoto. «Por el camino tuvimos que superar rocas enormes, grandes grietas en el asfalto y deslizamientos de tierras hasta llegar a la calle principal, donde nos encontramos a muchas personas en pijama y con linternas en la mano, mientras otros vehículos trataban de escapar del peligro. Muchos escaparates estaban destrozados. Subimos a la calle más elevada del pueblo y aparcamos donde pudimos. Enseguida aquello se llenó de gente en idéntica situación a la nuestra. Esa noche la pasamos a la intemperie, junto con los vecinos de la calle y otros turistas tan asustados como nosotros».

No era para menos. Tras el primer gran movimiento de tierra «se sucedieron infinitas réplicas más cortas pero algunas de ellas muy intensas. En primera instancia reinaba la incertidumbre y el caos, pero, conforme avanzaba la noche, se fueron poniendo en marcha diferentes colectivos: defensa civil, policía, bomberos y voluntarios que, por cierto, durante estos días han hecho una labor excelente, ordenada y muy generosa, junto con Cruz Roja y el Ejército, ofreciéndonos en todo momento comida, bebida, mantas, información, etc».

«Improvisaron rápidamente dos parques para ‘refugiados’, aproximadamente unos 1.000 turistas y otro millar de locales afectados, uno frente al hospital y otro en el cementerio, donde nos instalamos con la ‘campervan’ cuando ya clareaba la luz del lunes. Todos los servicios básicos dejaron de funcionar, aunque se fueron recuperando poco a poco durante los cuatro días que estuvimos allí, exceptuando el agua corriente. Sólo algunos centros funcionaban de manera autónoma, entre ellos el hospital. Era el punto neurálgico de comunicación para todos y en momentos puntuales se llegaban a congregar allí hasta 200 personas».


Más tarraconenses
Pero las sorpresas para este matrimonio de Tarragona no habían finalizado. «El martes, después de un lunes surrealista del que prefiero no dar detalles –sigue Lluís con su relato–, me acerqué a la zona wifi del hospital para tener acceso a más información por Internet, cuando oí a alguien hablar en catalán. No era la primera vez que nos ocurría durante el viaje, pues habíamos coincidido con dos parejas de Terrassa y de Tiana. Además, suele ser habitual encontrarte paisanos en los lugares más inverosímiles y recónditos. Así que, sin más rodeos, saludé a un tal Joan que, medio atónito, levantó la cabeza. Casi con la mirada nos lo habíamos dicho todo. Cuando supo que yo era de Tarragona, llamó a su mujer, Anabel, y le dijo: ‘Mira, un chico de Tarragona, como nosotros’. La cara de Anabel me sonaba, como a ella la mía, ya que casualmente tenemos una amiga en común y además somos muy aficionados al running, por lo que hemos coincidido en muchas carreras de Tarragona y alrededores».

Joan y Anabel se hallaban, como Lluís y Núria, de viaje de bodas. Se habían casado el 3 de septiembre. Y, como Joan y Núria, habían apostado por recorrer Nueva Zelanda a bordo de una autocaravana para disfrutar de la libertad más absoluta. Hasta que el terremoto les sorpendió a 10 kilómetros al norte de Kaikoura, si bien ellos no pudieron llegar al pueblo hasta el martes.

A partir de su encuentro, las dos parejas de Tarragona formaron un solo equipo, al que se sumó el resto de catalanes, compartiendo entre ellos todo lo posible y convirtiendo en rutina una situación de emergencia. Entre unos y otros fueron reuniendo información en medio de la confusión para saber el estado de las carreteras, si pensaban reabrir alguna vía o incluso si serían rescatados por helicóptero. «Fuimos haciendo todas las gestiones posibles cada uno con su particular odisea, hasta que finalmente el miércoles por la tarde el buque Canterbury de la marina neozelandesa nos evacuó hacia Christchurch a salvo, junto con otros diez españoles más. Allí comimos y tuvimos que proseguir con los respectivos viajes. Nosotros continuaremos por Nueva Zelanda hasta el 27 de noviembre, cuando volaremos a Samoa». Por su parte, Joan y Anabel volaron rumbo a Bali.

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