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Explotación laboral 2.0: Conectados las 24h al trabajo

Mails fuera de horario, WhatsApp del jefe en días libres y mensajes que rompen el descanso. Es la cara perversa de la hiperconectividad. Los expertos alertan de los perjuicios para la salud

Raúl Cosano

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Desconectar es cada vez más complicado para algunos.  Foto: Pere Ferré

Desconectar es cada vez más complicado para algunos. Foto: Pere Ferré

Usted está jugando con su hijo y, de repente, le brinca el móvil. Es el jefe, con la última notificación de ese grupo de mensajería instantánea que se le ocurrió abrir. Deja a su pequeño y se dispone a contestar, reclamado. Y así siempre. Por el ‘smartphone’ no sólo entran a todas horas requerimientos de la familia y los amigos; también instrucciones en cualquier momento del día, que hace que tengamos que estar disponibles, localizables, accesibles.

Es la nueva cultura del trabajo, una derivada más de la hiperconectividad de nuestros días. «Estamos ante la parte oscura de la flexibilidad en el empleo o del fomento que se ha hecho del teletrabajo», admite Enric Puig Punyet, doctor en Filosofía y autor de La gran adicción, una obra dedicada a la hiperconectividad.

En su libro recoge ejemplos reales y extremos: aquel hombre que se quedó en el paro y que, de tanto buscar trabajo ‘on line’, se aisló herméticamente y perdió de vista a todo su entorno. O, en las antípodas, aquel chaval que apostó por la vía ‘off line’, consiguió un empleo y llevó esa filosofía a la pequeña empresa.

Tanta perversión es relativamente nueva. «Vamos depositando preguntas en nuestros dispositivos que queremos que sean contestadas. Es una dinámica de constante disponibilidad a nivel personal, en nuestras relaciones, y la empresa, consciente o inconscientemente, se ha aprovechado. Ha desaparecido esa barrera entre lo personal y lo profesional», admite Puig.

Francia contra el ‘burnout’

Francia acaba de regular al respecto. Desde el 1 de enero, todas las empresas de más de 50 trabajadores deben fijar horarios de conexión al móvil e internet acordándolos con la plantilla.

Esos usos sociales abusivos han llevado al país galo a legislar para reconocer el derecho a desconectar digitalmente. En parte, se ha hecho para luchar contra el aumento del llamado ‘burnout’ (agotamiento, queme) producido en los últimos años debido a la presión laboral.

Ya abundan las voces que están alerta. «Si dentro de tu jornada laboral no puedes hacer tu trabajo es que algo no se ha hecho bien. Estamos hablando de un ‘bullying’ en el que se pone más presión al trabajador. Eso se tendría que regular muy bien», explica Joan Llort, secretario general de UGT en Tarragona. El sindicato sigue el diagnóstico: «Al final hablamos de una arista más de la precariedad laboral. El trabajador tiene miedo a perder el empleo y por eso responde a ese mail o a ese mensaje. Pasa mucho en empresas multiservicios, en telemarketing o o incluso en la propia banca».

Jaume Pros, secretario general de CCOO, denuncia la situación: «Es una realidad y una contradicción, porque la tecnología está para hacernos la vida más fácil. Desconectar es un derecho y se tiene que reivindicar. Es un tema nuevo que se tiene que discutir ya en las negociaciones colectivas». También en este punto se impone el miedo a perder el trabajo: «Si tú no contestas a lo mejor el jefe entiende que tienes poca predisposición».

Desde la patronal también se asume. «Hay que hacer las cosas con medida y es fácil que se abuse. Si yo dispongo del teléfono móvil de un empleado, tengo muy claro que sólo le reclamaré en caso de extrema necesidad, por un motivo justificado, una emergencia», cuenta Josep Antoni Belmonte, presidente de la CEPTA.

Josep Joaquim Sendra, presidente de Pimec en Tarragona, cree que hace falta una regulación, aunque más a nivel interno de la empresa que en la administración: «Las regulaciones excesivas siempre son malas. Hay que educar en los derechos, las exigencias y las retribuciones. Si hay esa exigencia por parte de una empresa, que la retribuya. Es ya una cuestión cultural, de sociedad. Estamos conectados a todos y por eso hay que regular».

El filósofo Enric Puig cree que, de un modo u otro, hay que acotar, ya sea con una legislación como marco o en términos de concienciación:«Tenemos que poner freno, y los frenos pueden ser normativos, aunque eso supone una especie de fracaso. Yo reivindico que haya una resensibilización ciudadana para desprendernos del discurso de internet como algo público y de servicio. Hay que saber que hay una cara oscura y desventajas. Esta hiperconectividad es perjudicial para la salud, como el tabaco».

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