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Flores pero cada vez menos gente en Todos los Santos

El cementerio de la ciudad se ha llenado familias que querían visitar a sus seres queridos. Muchos de los asistentes coincidían en decir que "se está perdiendo la costumbre"

Carlos Domènech Goñi

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El cementerio ha acogido a mayores y oequeños.  Foto: Pere Ferré

El cementerio ha acogido a mayores y oequeños. Foto: Pere Ferré

Los aledaños del cementerio de Tarragona se encontraban llenos a las once del mediodía. Hora punta en el día de Todos los Santos, una fecha en la que muchas familias deciden reunirse para ir a visitar a sus difuntos. A la entrada del recinto estaban Carlos y Ángel, dos trabajadores del cementerio que charlaban sobre la faena que les quedaba por hacer. Ambos confirmaban que «el cementerio sólo se llena el día 1 de noviembre». Mientras conversaban, familias enteras entraban al recinto, flores en mano.

«Cada año hay menos gente», expresaba Ángel, uno de esos trabajadores con historia. Lleva dieciséis años en el cementerio de Tarragona. «Tendrías que haber visto cómo se ponía esto cuando yo empecé a trabajar», expresaba. Y lo cierto es que aunque todavía hay gente que va al cementerio, la tradición se pierde con los años. Por ello, muchas de las familias que deciden asistir a visitar a los suyos, llevan consigo a los más pequeños de la casa.

Jose y Jose Ramón, padre e hijo, observaban con atención la tumba de los abuelos del pequeño. «Intentamos inculcarle la tradición de venir en fechas señaladas», expresaba Jose Ramón después de rendirle un pequeño homenaje a sus padres. En el otro lado del cementerio estaban su mujer y su otro hijo haciendo exactamente lo mismo con sus suegros. «Este año ha empezado la catequesis. Todavía no se entera de mucho, pero ya está empezando a preguntar», contaba el padre del pequeño. Y añadía antes de marcharse: «La tradición se está perdiendo».

Eso mismo expresaban Josefa, Eleuteria y Consuelo. Tres ancianas que charlaban bajo la sombra de uno de los altos cipreses del lugar. «A los jóvenes ya no les gusta venir», decía Consuelo. Sin embargo, ellas siguen visitando a los suyos siempre que pueden. «Este es el sitio que más me relaja. Vengo aquí, voy a ver a todos los que quiero, y me marcho», contaba Eleuteria. Josefa hacía lo mismo hasta hace unos años. Cumplió recientemente 96, así que «vengo cuando puedo. Antes lo hacía cada domingo».

Los años pasan y las tradiciones se adaptan a los nuevos tiempos. Una mujer, delante de la tumba de un ser querido, sacaba el ramo de flores y lo colocaba pacientemente. Acto seguido, sacaba su smartphone para sacarle una fotografía.

Unos metros más al fondo, en una de las pequeñas plazas sombrías que tiene el cementerio, se encontraban sentados en un banco Francisco, Rocío y Virtudes. «Siempre solemos venir el día 1 de noviembre, aunque también en otras fechas señaladas durante el año», explicaba Francisco. Virtudes, bastantes años mayor que Francisco y Rocío, le contradecía: «yo también vine ayer, y vendré siempre que pueda».

A la una del mediodía seguía entrando gente, que daba el relevo a los que salían, abrazados, unidos y satisfechos de haber seguido con la tradición.

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