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Forofos del centro comercial

En el Parc Central y la Fira de Reus proliferan los 'swaggers' pero yo prefiero a aquellos frikis patéticos y entrañables de ‘Mallrats’

Raúl Cosano

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Imagen del Parc Central, tras su ampliación. Foto: Ll. Milián

Imagen del Parc Central, tras su ampliación. Foto: Ll. Milián

Dentro, en los pasillos del Parc Central, suenan Maluma y Shakira. Hay mucho turista, francés y ruso. Hay quien busca el refugio del aire acondicionado. Zara y Springfield son alternativas. Hay quien hace ruta de compras al amparo del fresquito que zumba en las tiendas. Y luego está Bershka, por si, como dice el grupo de coña en Facebook que ha hecho fortuna, te quieres tomar también un whisky con cola con la música mientras buscas ropa. 

Pero ellos suelen quedarse fuera, incluso en la puerta, controlando, postureando, con esos ademanes de comerse el mundo. De partir la pana, en jerga noventera. Los habrá visto echando raíces en los centros comerciales, esas catedrales del ocio donde ahora crecen los ‘swaggers’, una nueva tribu urbana del siglo XXI. Son jovencísimos, entre 13 y 17 años, millenials puros y una pinta mixta entre lo cani, lo rapero y lo fashion. Pantalones pitillo, camisetas holgadas, tatuajes, tupés con zonas rapadas, zapatillas y gorras para ellos; tops ceñidos para ellas.

Se les vio en la Fira de Reus, nada más inaugurarse. Yo les percibo ahí cuando voy, pero también en el Parc Central, donde campan a sus anchas entre una liturgia de selfies, bebidas energéticas y adicción a los móviles. Supongo que también aparecen por Les Gavarres, como marcando territorio. No son ni mucho menos unos rebeldes antisistema. Al contrario, abrazan el turbocapitalismo, y a mí me hace gracia el hábitat en el que prosperan: el centro comercial no como lugar práctico al que ir, comprar y volver a casa sino como espacio de distensión y gambiterismo, como rincón para holgar y ver pasar la tarde, de aquí para allí, gozando de la artificialidad de estos templos del consumismo. 

Es decir: en tiempos del regreso a la montaña, de la buena prensa del running, la salud y el deporte al aire libre, de la reconciliación con la naturaleza (también ahí hay mucha pose, Instagram mediante), hay quien apuesta por la celebración del progreso: datáfonos, escaleras mecánicas, ascensores y sillones de masaje y relax, festejando también ese americanismo en vena. 

Y, por supuesto, wi-fi, mucho wi-fi. Al ‘swagger’ le distinguirán por vampirizar el wi-fi allí donde esté, buscando una red abierta y gratuita. En cualquier caso, con ese forofismo, la visita a un centro comercial, a los 30 y tantos, genera incomodidades, cierto impacto social por la brecha generacional. El ‘swagger’ arrolla no sólo por el credo y la militancia, a los que fuimos de una indefinición aburrida, sin alinearnos en nada, sino también por esa juventud exultante que escucha trap (y tú piensas ¿qué demonios será el trap?). 

Tampoco le calman a uno las estampas familiares, aterradoras de pura convencionalidad. A saber: el cine en grupo, la compra semanal en el Mercadona, hacer algo de bricolaje, la mascota, cosas que le refriegan a uno con el lado gris de la vida, como aquel disco de Mishima, 'Trucar a casa. Recollir les fotos. Pagar la multa', que tan bien subraya esa nostalgia de la juventud

Yo cuando voy a las grandes superficies me acerco inevitablemente más a eso, pero entre mi crisis existencial de pacotilla del primer mundo y la incomprensión ‘swagger’ me acuerdo del fanático que más me gusta del lugar, aquellos personajes de la película 'Mallrats' (1995), de Kevin Smith, un film, básicamente de humor, emparentado en filosofía de vida con la más mítica 'Clerks'. 'Mallrats' es banal, gamberra y malhablada pero también una oda cariñosa a los devaneos en el centro comercial, a las aventuras tragicómicas adolescentes. 

El punto de partida es imbatible: a Brodie, un universitario obsesionado con Sega y con los comics, y a su mejor amigo, TS Quint, les acaban de dejar sus novias el mismo día. Para hacer frente a su pérdida, ambos van al centro comercial, asidero y desahogo para enjugar las penas, e intentar recuperar a sus parejas. 

Me parece de una inocencia entrañable evadirse así en una gran superficie y pasarse allí todo el día, danzando sin nada mejor que hacer. Hasta el ‘ni-ni’ más desesperante se nos antojaría una criatura más amable. Esa es la parte que más me gusta del hooligan del híper y el súper en un gran recinto. 

Por cierto, me resisto a ver de nuevo 'Mallrats', película de juventud. Temo que no haya aguantado el paso del tiempo

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