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Fortines de suciedad

El solar del que fuera uno de los restaurantes más emblemáticos de la ciudad es ahora un lugar lleno de hierbajos, basura, material pirotécnico usado y restos de botellones

Xavier Fernández

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Vista general de principios de esta semana del interior del Fortí de la Reina, que vuelve a estar cerrado al público. Foto: pere ferré

Vista general de principios de esta semana del interior del Fortí de la Reina, que vuelve a estar cerrado al público. Foto: pere ferré

Lo que en su día había sido un nido de ratas y suciedad se convirtió años después en un lugar digno en el que disfrutar de una buena comida y mejores vistas. Pero, como ejemplo perfecto de que en muchas ocasiones Tarragona se carga –por desidia o ineptitud– aquellas cosas buenas que tiene, el Fortí de la Reina volvió al pasado y ahora es, de nuevo, un lugar penoso y sucio. El solar es un totum revolutum de hierbajos, basura, pañales usados, heces, material pirotécnico, botellas medio rotas... Su presente está tristísimamente a juego con la cercana Plataforma del Miracle.

¿Los culpables? Como reza el dicho: entre todos lo mataron y él solo se murió. El origen del problema fue que la licencia de obras para que el propietario del Fortí, Enric Cata, convirtiese el espacio en un restaurante estaba mal concedida. La procuradora Rosa Elías recurrió la licencia y –en un empecinamiento perfectamente legal pero quizá no demasiado razonable– insistió en su demanda. Entre medias mucho gesto de cara a la galería de los políticos locales de la época y manifestaciones populares en pro del Fortí que resultaron inútiles. El Fortí fue derruido en 2009. Había abierto en 1993.

El propietario se enfrentó al consistorio y le exigió 18 millones de euros como indemnización por el cierre del restaurante. La Justicia, que había propinado una sonora bofetada a la gestión municipal, dio la razón al Ayuntamiento y le libró en 2015 de pagar –mejor dicho de que los tarraconenses pagáramos– a Catà.

El mantenimiento del solar corre ahora, en todo caso, a cargo del propietario. Y, a juzgar por el estado del solar, no actúa con eficacia alguna. Incluso en una esquina hay un pequeño cubículo en el que, cuando el Diari accedió al lugar el pasado fin de semana, yacían un colchón, mantas y una bolsa de un conocido supermercado.

Durante varios días el Fortí de la Reina estuvo abierto. Un candado parecía impedir el acceso a través de dos enormes y renqueantes puertas de madera, pero bastaba con empujarlas para acceder al solar y que a uno se le cayese el alma a los pies al recordar lo que había sido aquel lugar.

Ayer el Fortí volvía a estar cerrado a cal y canto, coincidiendo con las indagaciones del Diari sobre a quién le correspondía mantener con dignidad la zona.

El exterior, también sucio, sí que es competencia municipal. Los diez metros más próximos a la costa (el camino de ronda) son propiedad del Estado, pero su mantenimiento corre a cargo del municipio. Se limpia con una frecuencia no determinada. El resto de la zona es del Ayuntamiento y se limpia una vez al mes.

La limpieza puede ser –o no– suficiente, pero lo que es intolerable es el incivismo de muchos ciudadanos. La zona más próxima al Fortí está llena de latas, papeles, papel higiénico usado, latas... Sin un mínimo de respeto, mantener limpio el lugar es una misión casi imposible.

Lo que sí debería ser posible es que el otro fortín cercano, el de Sant Jordi, presentase un mejor estado de conservación. Al ser público, su mantenimiento corre a cargo del consistorio, pero el solar está lleno de hierbas que afloran al exterior. El consistorio lo acaba de cerrar –en teoría no debía poder accederse pero no había candado que lo impidiese–, pero la imagen que se proyecta es penosa. Forma parte del patrimonio de Tarragona, aunque sea –o no– un lugar secundario.

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