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Fotografía, refugio infantil

Grisart, con el apoyo de Unicef, ha llevado a cabo dos talleres de fotos en campos de refugiados en Iraq. La muestra "Quan sigui gran vull ser fotògraf", expuesta en la oficina de Tarragona Turisme.

Iñaki Delaurens

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Una de las imágenes de la exposición que muestra la dura vida en unos de los campos de refugiados en Iraq. FOTO: Cedida

Una de las imágenes de la exposición que muestra la dura vida en unos de los campos de refugiados en Iraq. FOTO: Cedida

Los sueños a menudo son inalcanzables. No siempre sucede. Ni que sea por un instante, días o años en el caso de los más afortunados, pueden estar cumpliendo los anhelos más profundos.

El deseo del joven Murat es ser fotógrafo. A simple visto resulta un objetivo asequible en nuestra sociedad, pero hay una diferencia que lo cambia todo. Murat vive en un campo de refugiados.

A finales de agosto, Camila Marinone y Chiara Fabro emprendieron un viaje a la ciudad iraquí de Erbil con la meta de desarrollar unos talleres de fotografía para los jóvenes de un campo de refugiados y otro de desplazados.

Junto a Iván Ferreres y Daniel Solsona llevarían a cabo las clases de fotografía. Todos ellos son miembros de Grisart Escola Internacional de Fotografia, cuyo director Fidel Balaguer y la directora de Unicef Barcelona Quima Oliver, también estuvieron en el país de oriente.

Tras dos años de trabajos burocráticos y con el apoyo de Unicef, vieron hecho realidad su lucha por ayudar a jóvenes en entornos con pocas posibilidades.

El resultado lo podemos ver aquí con la muestra "Quan sigui gran vull ser fotògraf", expuesta en la oficina de Tarragona Turisme.

Con el apoyo de Panasonic, los miembros de Grisart contaron con veinte cámaras de fotos, proyectores e impresoras para llevar a cabo sus talleres.

Éstos se dividían, por cuestiones culturales, entre chicos y chicas. Iván y Daniel en un grupo y Camila y Chiara con ellas. A lo largo de nueve días se realizaron sesiones de fotografía tanto teóricas como prácticas. Salían ‘al campo’, en este caso de refugiados, para inmortalizar la dura realidad.

Los contenidos fueron los básicos para empezar a fotografiar el entorno. Más que cuestiones técnicas, lo realmente importante era la narración de las imágenes. Lo interesante residía en contar su historia a través de las imágenes. Todo lo que rodeaba su vida cotidiana. Los talleres eran los mismos, pero la forma de desarrollarse no. Las dinámicas de los chicos eran diferentes de las chicas. 

Camila y Chiara cuentan que «hay mucha diferencia entre chicos y chicas. Ellos eran más abiertos, mientras que con ellas costaba más tener confianza. Los chicos pensaban en el juego y estaban más dispuestos. Las chicas tenían que pensar si lo que hacían era correcto o si su padre las estaba vigilando. Pero tras nueve días creamos un vínculo muy cercano que nos ha sorprendido».

Mientras jugar con los niños era algo sencillo, con las niñas suponía todo un «desafío». La diferencia cultural, el miedo de hablar o decir lo que piensas, son aspectos muy latentes en ciertas culturas. Resultó el principal problema con el que se toparon Camila y Chiara.

Luego también había la calor iraquí de finales de agosto y la barrera idiomática. Pero nada que ver comparado con la problemática de género. Incluso al pasear por Erbil, una ciudad poco turística y nada acostumbrada a la sociedad occidental, notaban la mirada de menosprecio de ciertos hombres.

También percibieron las diferencias culturales en ambos campos. En el de refugiados vivían kurdos y sirios, más tranquilos y pacíficos. En el de desplazados estaban los iraquíes, con un carácter más chocante.

El objetivo final del viaje fue darles a los jóvenes refugiados la posibilidad de ver el futuro con una perspectiva positiva a través de una herramienta -Unicef Iraq gestiona ahora el material-, en este caso la fotografía. Imaginar una vida diferente. Que soñar valiera la pena. «El último día entrevistamos a algunos alumnos y te dabas cuenta de lo que habían sufrido en su vida. Pero al menos, esta actividad fue divertida para ellos y les hizo felices», comentan Chiara y Camila.

Finalizan diciendo que «vinimos a enseñar y hemos aprendido. Pese a la diferencia cultural hemos conocido a personas fantásticas, gente con buen corazón. Hemos tenido la sensación de hogar y cobijo. Para nada nos hemos visto desprotegidas o hemos tenido miedo».

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