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«Fue dantesco. Llegué a temer por mi vida»

El tarraconense Jonatan Guasch, destinado en Ciutat Vella, fue el primer agente en llegar al lugar del atentado del 17-A en Barcelona

Raúl Cosano

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Jonatan Guasch (derecha), con un compañero, uniformado como Mosso d'Esquadra. Foto: Hospital del Mar

Jonatan Guasch (derecha), con un compañero, uniformado como Mosso d'Esquadra. Foto: Hospital del Mar

Para Jonatan Guasch (36 años, Tarragona), las Ramblas de Barcelona, el lugar que tanto pisa como Mosso de proximidad de Ciutat Vella, no serán ya iguales: «Cuando paso recuerdo el momento de aquella noche, en la que patrullamos con la Rambla desierta, después de lo que había pasado». Ya de madrugada, la tensión empezó a bajar tras el shock emocional de la que, seguramente, será la jornada laboral más dura de toda su vida. «Lo que pasó se me quedará grabado para siempre. Durante meses, no pasaba ni un día en que no me quedara al menos cinco minutos pensando. Lo tenía siempre en la cabeza». 

Fue en aquella quietud de madrugada cuando empezó a tomar conciencia de lo sucedido, cuando la masacre que había visto tan de cerca comenzó a hacerse presente. «Vi la Rambla vacía y se me rompió el alma. Los cuerpos ya no estaban, pero me fijaba en lo que quedaba: un carro de niño, algunas chucherías... Yo soy padre y aquellas imágenes se me quedaron», rememora. 

Aquel jueves comenzó el servicio a las 15.00 horas. Había varias patrullas distribuidas por las Ramblas, un lugar que conoce bien. Dio la casualidad de que él estaba en el punto más cercano a donde empezó todo. «Un kiosko nos tapaba la visión pero vimos cómo todo empezó a saltar por los aires. Había gritos, mobiliario urbano por el suelo, se escuchaban detonaciones muy fuertes. Sabíamos que era un atentado, aunque no de qué tipo», cuenta Jonatan. Los dos agentes bajaron del vehículo y se situaron a pie de Rambla. «Allí la imagen fue dantesca, el horror. Hasta donde llegaba la vista, toda la Rambla eran destrozos, heridos, muertos. No sabes qué hacer. Es una situación nueva, con gente por los suelos y con un equipo médico que en ese momento no es suficiente». 

La primera labor fue dar seguridad, al tiempo en que llegaban refuerzos, tanto policiales como sanitarios. «Se escuchaban tiros en la Boqueria y fuimos hacia allí. Fueron los momentos más tensos, porque aquello es un laberinto. No sabíamos dónde podía estar la amenaza. Allí sufrí por mi vida». En esos momentos pensó en su hijo pequeño, al que abrazaría ya por la mañana, de vuelta a casa. «Siempre pensé que tenía que volver a casa, pero no tuve ningún conflicto mental. En ningún momento tuve la intención de irme atrás. Era mi deber estar allí. Aquello no lo iba a hacer otro. Tenía que ir yo». Lo peor, en esa misión por el mercado más popular de Barcelona, fue la incertidumbre: «Íbamos parada a parada y no sabes quién te puede salir y por dónde. No sabíamos el número de terroristas que había. Pensamos que podía ser como uno de los atentados que habían tenido lugar en Europa, donde hay primero un ataque y luego le siguen réplicas». 

Luego tocó reorganizarse. Comenzó el momento de acordonar las inmediaciones, vaciar las Ramblas y cortar calles. «En una hora estuvo todo controlado, pero aún quedaba mucho trabajo por hacer», relata el agente tarraconense. Más tarde, Jonatan y sus compañeros empezaron a desalojar a la gente que, desesperadamente, se había confinado en locales. 

Jonatan tendría que haber acabado a las 23 horas pero su jornada se alargó hasta las 5.00. «Hoy volvería a hacerlo. ¿Qué siento ahora, un año después? Orgullo por el factor humano del cuerpo, eso estuvo por encima de las técnicas policiales», dice. Nadie quiso claudicar ni volverse a casa. «Todos estuvimos al pie del cañón. Todos los compañeros siguieron en su puesto, a pesar de que la jornada fue maratoniana», apunta, y culmina: «El momento más duro anímicamente para mí fue algunos días después de que el último terrorista fuera abatido en Subirats. Recuerdo que acompañamos a una ofrenda floral al hombre que había perdido a Xavier, su hijo pequeño. Estuvimos hablando con él y me pareció verle fuerte, que estaba muy entero. Entonces nos abrazó a los Mossos que íbamos con él y nos dijo que teníamos a un ángel de tres años que nos cuidaría. Como padre de un niño pequeño, en ese momento no pude reprimir las lágrimas».

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