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«Gambito de Dama acercó el ajedrez a las chicas, y eso está muy bien»

Tatyana Plachkinova, ajedrecista

Norián Muñoz

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Plachkinova en el Parc de la Ciutat. Es Maestra Internacional de ajedrez. FOTO: pere ferré

Plachkinova en el Parc de la Ciutat. Es Maestra Internacional de ajedrez. FOTO: pere ferré

Imposible no arrancar la entrevista preguntando a Tatyana Plachkinova (Ruse, Bulgaria, 1981), por la serie Gambito de Dama: ¿También ve moverse en su cabeza las piezas como en un tablero imaginario que cuelga del techo? ¿Le pasa como a la protagonista?

Contesta con naturalidad que, pese a lo espectacular que parece en la serie, recordar jugadas y mover las piezas en la cabeza es algo de lo más normal a partir de cierto nivel. «Es como un bailarín, que recuerda los pasos de su coreografía», dice.

Tatyana tiene la categoría de Maestra Internacional Femenina de ajedrez, fue campeona nacional en su país, Bulgaria, durante diez años consecutivos y es la actual presidenta del Club Escacs Salauris (en Salou). Da clases de ajedrez en escuelas y acaba de escribir un libro de ficción en el que quiere contarle a los adolescentes lo que el ajedrez puede hacer por ellos en la vida. Está buscando editorial. 

Su profesora de castellano le dijo que las lenguas no eran su fuerte... Habla siete idiomas 

Aunque reconoce que en un primer momento tuvo miedo de que la serie de Netflix diera mala publicidad al ajedrez, ahora le alegra que haya servido para interesar a personas de todas las edades por este deporte, especialmente a las chicas, «y eso está muy bien». Apunta que, aunque las cosas van cambiando, todavía «es fácil ver en un torneo a 200 chicos por diez chicas». Además, igual que en la serie, a veces no se las toma en serio.

Su madre: «Primero las notas»

Tatyana comenzó a jugar ajedrez por diversión con su madre (que no le dejaba ganar ninguna partida) a los siete años. A los pocos meses era ella la que no daba tregua a su progenitora. 

Comenzó a ganar torneos, pero su madre (una vez más), que la ha apoyado siempre, se mantuvo inamovible: sin buenas notas (mas de ocho y medio sobre diez) no habría juego. Para eso estaban haciendo un esfuerzo en casa con el fin de pagar la mejor escuela que se podían permitir.

Y esa fue una de las primeras enseñanzas que le dejó el ajedrez: aprovechar el tiempo que tenía para estudiar y focalizarse en lo importante. «Mi motivación era viajar, conocer mundo», cuenta. También hizo gimnasia rítmica, pero se quedó con el ajedrez «porque si ganaba o perdía solo dependía de mí, no de la apreciación de un juez».

De forma colateral el ajedrez también le acercó a los idiomas. Relata entre risas que su profesora de castellano le dijo que las lenguas no eran para ella... Y se equivocó, porque aunque ella insiste en que no tiene buen oído, habla siete idiomas. Aunque tampoco le da demasiada importancia: «Cuando hablas tres idiomas todo los demás son más fáciles». Con su marido, el gran maestro israelí Arthur Kogan, habla sobre todo en inglés y ruso; con sus padres, en búlgaro, y con sus hijos, de 16 y 7 años, en lo que se tercie.

«Todo está aquí arriba»

Tatyana se vino a Tarragona con 19 años porque se quedó enamorada en un torneo al que vino. Estudió Turismo y tuvo a su primera hija a los 23, lo que la obligó a bajar el rimo de competiciones. «No quería llevarme a mi hija en la maleta», dice.

Le sobran ejemplos de cómo el ajedrez enseña disciplina, autocontrol, manejo de la frustración, concentración, enfocarse en las soluciones...

En 2001 ganó a Magnus Carlsen, actual campeón del mundo. Entonces ya era un prodigio

De entre las mil cosas que nos cuenta nos quedamos con la partida que jugó cuando tenía unos once años para hacerse con el campeonato de su país y viajar a un mundial. Jugaba contra otra niña que le dijo que se guardara la mano cuando se la extendió para saludarla. Ella iba con su madre, mientras que la otra niña se presentó con su entrenador y toda una tropa de gente de su club.
Tatyana se pasó toda la primera media hora de la partida dándole vueltas al gesto de la rival, incapaz de concentrarse, hasta que comenzó a jugar. La otra niña, confiada en su victoria, se equivocó en una jugada clave y perdió la partida. «Todo está aquí arriba», resume señalando su cabeza.

Dice que hace falta cierta confianza en las dotes de cada uno, pero no demasiada como para perder el foco pensando en la victoria. «Siempre hay que estar en el presente, disfrutar el viaje».

Y dice que ese es uno de los encantos del ajedrez, que ante el tablero todos son iguales. Ella, sin ir más lejos, le ganó una partida al actual campeón del mundo, Magnus Carlsen, en 2001, cuando todavía no había llegado a la cima pero ya era un prodigio.

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