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«Gracias a ser notario he tenido mucha libertad»

Un café con Martín Garrido que nos traslada sus experiencias como jurista y profesor universitario, más allá de su conocida afición por los viajes y los libros

Dánel Arazmendi

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Martín Garrido analiza el cambio de papel que ha sufrido últimamente la universidad. FOTO: PERE FERRÉ

Martín Garrido analiza el cambio de papel que ha sufrido últimamente la universidad. FOTO: PERE FERRÉ

Martín Garrido es jurista, viajero y bibliófilo . Este polifacético notario, coordinador de la sección mediterránea del Travelers’ Century Club y pertinaz coleccionista de facsímiles, ha ejercido un papel protagonista durante las últimas décadas en el desarrollo del derecho civil catalán, la materia que siempre ha impartido en la URV. Ahora proyecta un tercer libro recopilatorio sobre sus artículos en el Diari.

El notario más viajero de nuestra capital nació en Palma de Mallorca, más concretamente en la calle Menorca, donde vivió hasta los cinco años. «Mi padre trabajaba en el aeropuerto, entonces como militar. Después, tras un breve paso por Barajas, le destinaron a una base de comunicación en Cáceres. Su labor era el precedente de los actuales controladores aéreos, para cubrir los vuelos entre Lisboa y Madrid, y la ruta militar entre la base de Salamanca y Sevilla. Allí hice la carrera de Derecho, y después fui profesor de la Universidad de Cáceres».

En una época en que las decisiones profesionales se tomaban casi para toda la vida, estuvo a punto de marchar a Bruselas. «Me habían concedido dos becas, una del Ministerio de Universidades español y otra del Ministerio de Exteriores belga. La decisión fue complicada, con mucho azar de por medio, pero finalmente decidí opositar a notarías. Y creo que acerté, porque me ha dado mucha libertad».

«Un notario no se limita a dar fe, sino que va mucho más allá: nosotros aconsejamos»

Con apenas veintiséis años, el joven Martín Garrido tuvo como primer destino Puebla de Alcocer, provincia de Badajoz, una población que aparece en el Quijote. «Era una plaza paupérrima, pero los notarios de alrededor se fueron marchando y yo estuve haciendo sustituciones. Entre otros pueblos, atendía el famoso Puerto Hurraco. Al final tenía que hacer una ruta semanal para visitar bastantes lugares de la zona. Eran pueblos que habían mantenido la notaría por cuestión social, pero no había un movimiento que lo justificase. La verdad es que me lo pasé muy bien».

Alcocer, Manresa, Tarragona

Una par de años después abrió notaría en Manresa. «Es una zona de pueblos ricos de interior, en el corazón de Catalunya. Pero a mí me pareció un sitio un poco inhóspito. A principios del siglo pasado era una de las cuatro grandes poblaciones catalanas, junto con Barcelona, Mataró y Reus. Pasé allí tres años, y ha sido la mejor escuela que he tenido en mi vida sobre todo». De aquella etapa recuerda el contacto que mantuvo con los monjes de Montserrat. «En aquella época nosotros cubríamos el monasterio y uno de los religiosos, que además era jurista, se empeñó en regularizar los testamentos de todos los monjes de la abadía.

Llegamos a un acuerdo: un día subía yo (que era lo que yo quería) y otro bajaban ellos (que era lo que ellos querían)».

«Lo importante es que un estudiante entienda los problemas generales, no las soluciones locales»

Tras aquella etapa en Manresa (cuyo recuerdo no parece especialmente dichoso atendiendo a su lenguaje no verbal), «finalmente me vine aquí. Primero viví en la Rambla y luego en el Serrallo, hasta que me instalé definitivamente en Altafulla».

Martín Garrido considera que la función del notario tiende a trivializarse con demasiada frecuencia en la sociedad actual. «Nosotros no sólo damos fe. Ni siquiera puede decirse que nos limitamos a asesorar. Lo que hacemos muchas veces es aconsejar, que es algo que va más allá de la mera información jurídica. A mí me suelen preguntar ¿y a usted qué le parece? Eso sí, hay un punto en el que ya no podemos entrar». Ante mi sugerencia de escribir un libro sobre sus experiencias en la notaría, reconoce que «esta profesión da para muchas anécdotas. El problema es que la frontera entre lo que se puede contar y lo que no es muy compleja. Podría ir buscando en mis archivos los casos más destacados, pero esto sería una labor propia de la jubilación, y precisamente en ese momento tengo que ceder el protocolo, así que es imposible».

«Un título universitario proporcionaba antes posición social, cultural y económica. hoy no garantiza ninguna de ellas»

En paralelo a su profesión de notario, ha participado activamente en el desarrollo del derecho civil catalán, la materia que imparte en la universidad. «Lo que intento es que los estudiantes comprendan los problemas generales, no las soluciones locales. A diferencia de Alemania, Francia o Italia, el sistema español incluye siete derechos civiles diferentes. Hay que saberlo, pero lo importante no es eso, sino los problemas que intentan resolver, que son siempre los mismos». Uno de sus hitos como jurista fue su participación en el grupo de cinco expertos que redactaron el libro de sucesiones del Código Civil Catalán. «Trabajamos durante año y medio, reuniéndonos cada semana. Al final suprimieron algunas de nuestras propuestas, pero fue la reforma más importante en trescientos años». Posteriormente fue miembro del Observatorio del Derecho Privado de Catalunya, y actualmente pertenece a la Comisión de Codificación, adscrito a la sección de Persona y Familia.

La decadencia de los títulos

Tras más de dos décadas impartiendo clases en la facultad de Derecho de la URV, «sin duda, todos los abogados de Tarragona que han salido de la Rovira i Virgili han sido alumnos míos. La apreciación que tengo de las nuevas promociones es contradictoria, porque por un lado veo que es gente despierta, pero por otro tienen un nivel ínfimo y les importa bastante poco. Y tienen toda la razón del mundo, porque antes la universidad te lo daba todo: una posición social (que ahora no te garantiza), una posición cultural (ahora salen de la facultad escribiendo con faltas de ortografía), y una posición económica (muchos de ellos ganarán menos que los titulados no universitarios). No me extraña que lo relativicen, aunque es contradictorio con la tendencia actual. Dentro de poco hará falta un título para servir un café».

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