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"Hace mucho frío pero prefiero dormir en la calle que en el albergue"

Kostadin, Axel, María, Miroslav o José Luis duermen en cajeros. La mayoría rechazan la oferta de ser alojados en la Operación Iglú, aunque agradecen las mantas y el caldo contra el ambiente gélido

Raúl Cosano

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Axel, un alemán de 58 años, recibe mantas mientras pasa la noche bajo la plataforma del Miracle.  Foto: Lluís Milián

Axel, un alemán de 58 años, recibe mantas mientras pasa la noche bajo la plataforma del Miracle. Foto: Lluís Milián

Miroslav trabajó en la construcción. Era encofrador y ganaba 1.800 euros al mes en aquella Tarragona boyante del ladrillo. «Vine de Polonia hace diez años porque allí no había trabajo. Aquí, cuando llegué, sí. Pero todo se acabó. Llevo cuatro años sin nada. No tengo trabajo, estoy separado y no quiero volver a mi país», cuenta de madrugada en una sucursal bancaria de la calle Mallorca, junto a la Plaça Ponent.

Allí este polaco de 56 años con gorro y envuelto en mantas que vive de la limosna soporta el frío y rechaza cobertores, café y la oferta de alojamiento. «Estoy bien, no quiero nada, gracias. Mañana (por hoy) sí iré al albergue, pero ahora prefiero quedarme aquí».

Preferir la soledad

Su reacción es habitual. De las 12 personas atendidas en Tarragona en la primera noche de la Operación Iglú, sólo una quiso ser alojada. Algunas no desean nada. Prefieren aislarse, la tranquilidad, la soledad, por duro que sea el trago. Viven bien a su aire, en la calle, aunque azote el clima de lo lindo en este temporal siberiano.

El búlgaro Kostadin sí va a aceptar. «Te vamos a explicar una cosa», le dice uno de los dos guardias urbanos que encabezan la expedición. «Venimos de la Operación Iglú, para dar alojamiento a los 'sin techo'», añade un voluntario de Protecció Civil.

El café y la manta alivian a Kostadin en un cajero de la calle Apodaca. Tiene 35 años. «Llevo en Tarragona tres meses. Vine a buscarme la vida, a por trabajo», asegura en un castellano precario, junto a una bici con la que se mueve por la ciudad. Tampoco quiere el calor de una pensión. «Prefiero quedarme aquí», dice, mientras se deshace cortés en agradecimientos.

Son las 23.30 horas, aunque la noche ha comenzado antes, con un briefing en la comisaría de la Guàrdia Urbana. Allí se han dado las órdenes para una labor sencilla pero cargada de simbolismo: recorrer la ciudad para dar asistencia a los ‘sin techo’.

Perro y carro de la compra

En dos rutas simultáneas por la ciudad, la Urbana, personal de Servicios Sociales, Creu Roja y Protecció Civil buscan a los indigentes, una tarea nada sencilla. La propia Ana Santos, concejal de Servicios a la Persona, da un indicación: sabe que en Pare Palau hay un ‘sin techo’. Las dotaciones le asistirán poco después.

Un ciudadano alemán, conocido en la zona del Hospital Joan XXIII y Lluís Companys y querido por los vecinos, duerme en un cajero de La Caixa en la Torre dels Vents. Una mujer dio aviso a la Urbana de que estaba allí y podría necesitar refugio en una noche tan cruda. La visita le sobresalta. Dice no necesitar nada. Tiene un carro de la compra y le acompaña un perro danzarín, un apoyo vital en su deambular callejero.

‘Es difícil seguirles la pista’

A esas horas la farmacia marca 3,5ºC. «La cifra de los ‘sin techo’ es muy fluctuante. Hoy puede ser una y mañana otra», dice Ana Santos. El itinerario da fe de la volatilidad. En Doctor Zamenhoff se busca a un mendigo que no está.

También en los bancos que hay junto al Vial William J. Bryan, un lugar especialmente inhóspito por el viento que sopla, se escudriña en busca de un hombre que no aparece. «A veces llegan más tarde. Otras veces van cambiando de sitio. Es complicado seguirles la pista», asegura Antonio López, voluntario de Protecció Civil.

El periplo va por Via Augusta y llega hasta la Platja del Miracle, donde el polémico mamotreto brinda, en un uso inesperado, rincones para guarecerse. Allí está Axel sentado sobre un banco: mantas y abrigos encima, capucha verde y los pies sobre un montón de periódicos. Le rodean bolsas y un paraguas. Hasta para la Urbana es una incógnita saber qué hace allí este tipo, un alemán de 58 años que parece en ruta. «Voy viajando y llevo un tiempo en Tarragona. Duermo cada día aquí». No quiere albergue, pero sí una manta que se coloca sobre las piernas, además de un café y unas galletas. «Hay un perfil de personas que nos encontramos habitualmente y que es gente que está de paso. Lo peor es dar con familias, con matrimonios con algún crío. Otros años ha pasado», añade Antonio López. En la parte superior de la plataforma, un marroquí lleva tiempo instalado en una caseta. No quiere nada.

Los dos vehículos, de la Urbana y Protecció Civil, patrullan echándole una mirada a los cajeros. Cuesta encontrar a alguien. Son las 23.45 horas y la temperatura ha descendido a 2ºC.

Otra pista conduce a Torreforta. Se sabe de un ‘sin techo’ que duerme en un banco de la calle Prades. Esta vez no hay noticia de él. Toca entonces la incursión más áspera. Una nave inmensa y abandonada frente a Campclar es guarida para toxicómanos. Las linternas alumbran la estancia fantasmal. No hay nadie, ni ahí ni en el siguiente destino, la Tabacalera. Sale un gato que asusta a los agentes. Hay un colchón vacío.

La vuelta al centro va hacia Governador González. Al fondo de un portal en el número 16 está María sentada, y envuelta en ropajes. «Yo no estoy en la calle», dice un poco a la defensiva. Los agentes, como en todos los casos, le piden la documentación y comprueban que no tiene ningún requerimiento pendiente. Da el nombre, los apellidos y el DNI de carrerilla, a velocidad de vértigo. Todo está en orden. María también rechaza cualquier oferta.

Al ‘sin techo’ del 41 de Pere Martell cuesta despertarle. Duerme profundamente. Los agentes golpean los cristales, hasta que le despiertan. Es José Luis Rojo, uno de esos vagabundos autóctonos, de los de toda la vida. Se levanta con dificultad y abre la puerta de la sucursal, cerrada por dentro. «¡Hombre, José Luis!», dice un urbano con complicidad. Él agradece el alojamiento, pero lo declina. «No, prefiero quedarme aquí. Estoy bien. Gracias, gracias», asegura. No quiere ningún edredón ni manta. Se queda con una ración de caldo de pollo. Dicen que un día se quedó dormido en el banco hasta que fue hora de abrir. Cuando le fueron a buscar dijo que él estaba esperando para sacar dinero. Y así fue: se acabó llevando la pensión que cobra.

A medida que avanza la madrugada arrecia el frío. La lista de puntos susceptibles de cobijar a ‘sin techo’ ya se ha acabado. No está de más un último garbeo por Vidal i Barraquer que sirva para completar este día de Operación Iglú. El coche de la urbana para a repostar. Los de protección civil también regresan. El trabajo, un año más, está hecho. Una de la mañana. Un grado bajo cero.

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