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‘Hemos llegado a rescatar a 500 personas en un día’

Dos tarraconenses narran cómo han ayudado a salvar vidas en el Mediterráneo. Curan heridas y auxilian a refugiados que van a la deriva en barca y aspiran a llegar a Europa. ‘Esto te cambia la vida’, dicen 

Raúl Cosano

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La tarraconense Karmen Garcia (centro), con varios de los niños rescatados por el barco de Proactiva.  Foto: DT

La tarraconense Karmen Garcia (centro), con varios de los niños rescatados por el barco de Proactiva. Foto: DT

Sara Traoré, de dos años y medio, llegó asustada y con quemaduras. Estaba absorta, seria, con la mirada desorientada. Había perdido a su madre y a su hermano en el viaje. Rescatada de la deriva en aguas del Mediterráneo central, la pequeña de Costa de Marfil estuvo en el barco Golfo Azzurro 40 horas y en ese tiempo fue la única niña que no abrió la boca.

Ni el Smartphone que le dejaron a Sara para jugar la distrajo. Nunca sonrió. «Fue muy duro, todos vivimos su historia de cerca, y aún se nos pone la piel de gallina al recordarla», cuenta la tarraconense Karmen Garcia (43 años), una enfermera del SEM  afincada en Mont-roig del Camp que ha estado dos semanas a bordo de este navío de la ONG Proactiva Arms, una de las escasas entidades que quedan trabajando en el mar Mediterráneo. 

Albert Mascarell, de Tarragona, en una de las lanchas del barco Golfo Azzurro. Foto: DT

«Aquello se está convirtiendo en un cementerio. Está muriendo mucha gente», lamenta Albert Mascarell, también de Tarragona y técnico de transporte sanitario en el SEM. Él, con formación de nadador, estuvo previamente ayudando, socorriendo en lancha a los inmigrantes a la deriva.

‘Sara se daba cuenta’

En periodos de 15 días, los voluntarios acuden para poner su granito de arena en el drama migratorio. En esas intensísimas estancias, de un tremendo desgaste emocional (por eso se acotan a dos semanas para dar paso al siguiente relevo de cooperantes) ninguna historia destaca y sobrecoge como la de la pequeña Sara.

Karmen la sostiene en brazos, ya a salvo en el buque que navega entre Libia e Italia, en ese umbral entre África y Europa mortal para tantas personas que huyen de la guerra o el hambre. «Dicen que los niños no se dan cuenta de las cosas… Sara era plenamente consciente de lo que había pasado», recuerda ella, ya de vuelta. 

Albert Mascarell, durante una de las maniobras de rescate en el Mediterráneo. Foto: DT

Lo que había sucedido es que Sara salió tres días antes de una playa de Libia en un bote con más de cien personas hacinadas, entre ellas su madre y su hermano de nueve años. Ella murió aplastada y él ahogado al caer por la borda. La pequeña marfileña y ese drama familiar le pone rostro a una tragedia que no cesa. 

Como ejemplo, ese mismo día, uno de los más ajetreados y duros que se recuerdan, y que coincidió con la estancia de Karmen. En menos de 24 horas fueron rescatadas 494 personas, luego desplazadas al puerto de Catania, entre mensajes de ‘Bienvenidos a Europa’, ese primer aviso que reciben cuando alguien les sube al barco de Proactiva. «Empezamos a las seis de la mañana y a las nueve de la noche comenzamos a dar las cenas, ya nos metimos en la madrugada. Prácticamente estuvimos 24  horas», cuenta Karmen. 

Ella, acostumbrada a jornadas extenuantes en el SEM en Tarragona, se topó con una realidad bien distinta: «Tu labor principal es la de enfermería, pero también haces asistencias de todo tipo. La mayoría de mujeres vienen embarazadas, así que por eso en el barco también tenemos un ecógrafo. También vienen muchas personas quemadas. El combustible de las barcas en las que van no es como el de aquí. No está refinado y lleva plomo, que entra en contacto con el agua salada y provoca quemaduras químicas. Eso también hay que atenderlo». 

El desgaste emocional

Karmen hace balance de la vivencia: «Hay un antes y un después en mi vida. Para mí era una necesidad, sentía que tenía que hacer algo, quería participar en alguna misión humanitaria, y ahora se me presentó la oportunidad». 

Albert Mascarell, durante uno de los turnos de vigilancia. Foto: DT

Ella, acostumbrada a la dureza de su trabajo sanitario en emergencias, afrontó aquí un desgaste psicológico intensísimo: «Por mi trabajo estoy acostumbrada a aguantar mucho, incluso físicamente, pero para el aspecto emocional no estás preparada». 

Karmen hizo de todo: curar heridas, cocinar, limpiar el barco, organizar talleres, y dentro de esas tareas se incluyó el contacto con los refugiados rescatados para conocer sus historias. 

Unos se abrían más que otros. «Hay gente que tiene la necesidad de explicar su relato. Los jóvenes y los hombres son más abiertos. Otros se retraen, se ponen en un rincón y no hablan. Hay que tener en cuenta que para ellos somos gente desconocida. Hasta ese momento todo el que ha estado por encima de ellos ha sido para violar, para pegarles, para extorsionarles», narra Karmen, testigo de aquella jornada agotadora, con 494 rescates. 

Días más tarde, tres personas más fueron salvadas de una muerte segura. «Los rescates no eran siempre diarios», afirma Albert Mascarell. Él, natural de Tarragona, estuvo unos días antes, entre el 10 y el 24 de julio. «Yo soy técnico en emergencias sanitarias y trabajo en el SEM de conductor. Vi una exposición sobre lo que estaba pasando en Lesbos que me marcó y siempre tuve en mente ir, hasta que se me presentó la oportunidad», explica. 

Un compañero de trabajo, Guillermo Cañardo, fue el enlace. Cañardo, de Alforja, es otro de esos tarraconenses que han participado, en su caso en numerosos viajes, en tareas de rescate. 

Albert, con formación de nadador y socorrista, se dedicó al rescate directo de los refugiados embarcado en una de las dos lanchas rápidas del Golfo Azzurro, de nombre Xavi, en honor al exfutbolista del Barça Xavi Hernández, que vendió un barco y con el dinero se compró la embarcación. «Siempre íbamos dos socorristas y el patrón. Cuando no había rescate, hacíamos prácticas. Cogimos días de muy mala mar y salieron pocas barcas desde África, no vimos a muchos refugiados». 

Más allá de esas salidas a alta mar, a la espera de botes a la deriva («apenas les ponen combustible para recorrer unas pocas millas y luego quedan a merced del mar», dice Albert), este voluntario hacía otras labores. «Cuando entras en las aguas que son zonas de salvamento, hay que hacer turnos de guardia y cada uno era de tres horas. Te subes al palomar y allí vigilas con los prismáticos. Si divisas algo, alertas al radar y allí lo miran mejor», cuenta. 

Diez días embarcado

Albert hacía turnos de seis de la tarde a nueve de la noche y de seis de la mañana a nueve. En total, estuvo embarcado diez días en los que siguió las rutinas del barco. En su estancia acabó rescatando a una familia que iba en un bote y pretendía llegar a Malta. 

No sólo sirios, en la huida de una guerra que ya dura seis años, aparecen surcando precariamente aquellas aguas, un hervidero de mafias, patrullas y barcas atestadas de inmigrantes. Somalíes, eritreos, egipcios, guineanos, nigerianos o sudaneses confluyen con el mismo sueño de alcanzar suelo europeo. «Llegan familias enteras», diagnostica Albert. 

«Es algo que te marca. No quise ser un héroe, sino vivirlo en primera persona. Si alguna vez tengo que huir con mi familia me gustaría que otros países fueran solidarios», explica Albert, que repetirá experiencia en cuanto pueda. El shock para los voluntarios es brutal, sobre todo a la vuelta a  casa y a su cotidianeidad doméstica. «Regresas aquí y ves que todo es perfecto, mientras allí la vida no vale nada», indica Mascarell, que da la voz de alerta:  «Está muriendo mucha gente y no se le da toda la importancia que realmente tiene. Lo que sucede no siempre llega a Occidente. Hay gente que compara ya aquello con el Holocausto». 

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