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Hijos del chapurriau

Llevar las lenguas a los pantanosos terrenos de la política, las identidades propias e históricas, a los separatismos y demás ismos, al enfrentamiento entre sociedades y personas, nunca ha traído nada bueno
 

Ángel Pérez Giménez

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Ángel Pérez Giménez. Foto: DT

Ángel Pérez Giménez. Foto: DT

¡Hola vecinos! Llevar las lenguas -y no me refiero a la mía, limitada y fileteada por el cáncer- a los pantanosos terrenos de la política, las identidades propias e históricas, a los separatismos, independentismos y demás ismos, al enfrentamiento entre sociedades y personas, a la incomunicación más cerril, al absurdo orgullo patriotero… nunca ha traído nada bueno. 

Aquí, en esta parte cabecera de la Corona de Aragón, tenemos un lío con el catalán. Con el idioma, digo. Con el catalán ser humano en toda su inmensidad y con sus cosas de catalán, tratamos de mantener una convivencia cercana y amable. Que la vecindad fluya por los caminos de la concordia, la solidaridad y el entendimiento. El lío con el catalán idiomático es culpa nuestra. Entra en la categoría de sentencias populares tan extendidas como «en todas partes cuecen habas». En Aragón no nos privamos de nada y en ocasiones las cocemos a paletadas.

Las tres habas y hablas lingüísticas que se cuecen en Aragón son: el castellano o español (mayoritario y oficial), el altoaragonés (ya sea ansotano, cheso, panticuto, belsetán, chistabín, patués o ribagorzano) y el chapurriau de la franja oriental lindante con Cataluña y País Valenciano. Hete aquí el lío: el chapurriau. Con lo que suena a aragonés, con lo bien que nos cuadra, con lo que evoca ¡riau riau!: chapurriau. Estamos divididos en dos corrientes de opinión: una se asienta en la idiosincrasia natural del chapurriau. Chapurrear viene a significar: hablar malamente, de forma incorrecta, algo así como estar aprendiendo una lengua, balbucear a trompicones las primeras frases que se componen. Pero, a quienes defienden el chapurriau, les importa un ardite lo que venga a significar. Es su lengua materna y se llama chapurriau. Queda zanjada la espinosa cuestión.

En la otra corriente milita la consideración de catalán de Aragón. Es catalán, sí, aunque tiene sus cosicas: el fragatino, el tamaritano, el maellano… A ver: nadie dijo que esto fuera fácil desde lo de la Torre de Babel. El catalán de Aragón comparte rasgos dialectales típicos con el catalán occidental y lo saben hablar el 80,2% de los adultos de la zona, que representan 33.743 hablantes de catalán en la franja (encuesta de 2014). En todo Aragón hay unos 60.000 hablantes de catalán, según datos censales. Para unos es catalán de Aragón y para otros es chapurriau pero, bajo el nombre que le des, lo que se habla es primo hermano. 

El catalán de Aragón se asocia a la izquierda ideológica y el chapurriau a la derecha, bajo la presunción de que catalán de Aragón incentiva el afán absorcionista de la franja por parte de la Catalunya de los Països Catalans. Chapurriau, sin embargo, plantaría cara al independentismo. Para poner orden, en 2013 las Cortes de Aragón aprobaron denominar «Lapao» al catalán de Aragón (Lengua aragonesa propia del área oriental). Ni catalán de Aragón, ni chapurriau: lapao. ¿Alguien se reconoce aquí hablando en lapao? Ni Blas en la fiesta de Blas, de la que todo el mundo salía con unas cuantas copas de más. Nos guste más o menos, chapurriamos catalán. Y a mucha honra.

Ángel Pérez Giménez. Periodista. Exjefe de protocolo del Gobierno de Aragón, exdirector de la Escuela de Protocolo de Aragón

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