Historia cultural del neoliberalismo económico

La América salvaje. Existen cineastas que juegan a ser historiadores usando su arte para mirar hacia el pasado

Vicente Arnal

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Pat Garret y Billy the Kid, en el filme del director Sam Peckinpah. FOTO: Cedida

Pat Garret y Billy the Kid, en el filme del director Sam Peckinpah. FOTO: Cedida

La cultura ha mutado sin cesar a lo largo del tiempo y nuevas formas de hacer historia han irrumpido en la escena historiográfica. Durante 1973, Sam Peckinpah (Fresno, California, 21 de febrero de 1925 - Inglewood, California, 28 de diciembre de 1984) se preparaba para rodar su proyecto más personal, la historia de Billy el Niño (Kris Kristofferson) y su antiguo amigo convertido en sheriff, Pat Garret (James Coburn). La presencia de Billy representaba el final de una ideal: la América salvaje. El país de las llanuras interminables, los pastos, el ganado y los hombres libres. Aciagos tiempos sobrevolaban en el horizonte. México, 1881. El nuevo sheriff del condado visita a su amigo Billy. Ambos charlan en una cantina de mujeres, aventuras y tiempos mejores, pero algo ha cambiado. Garret es el nuevo garante de la ley y pide a Billy que deponga las armas y se entregue junto a sus hombres. Unos acordes golpean una vieja guitarra y la voz rota de Bob Dylan irrumpe en escena. Estamos a punto de presenciar una lucha entre pasado y presente bajo la óptica de Sam Peckinpah. 

El director realiza un ejercicio de historia al retratar con aplomo la amistad de dos individuos que la nueva América ha colocado en orillas contrarias y, de paso, ofrecer una mirada tenue de la sociedad de los setenta bajo la forma de un western crepuscular, donde el fin de una época presagiaba cambios profundos. Ambos hombres, condenados a desaparecer, representan una sociedad desencantada dónde la libertad individual ha quedado mancillada por las políticas de Richard Nixon y la Guerra del Vietnam.

Sam Peckinpah fue un cineasta de cambio, simbiosis perfecta entre John Ford y Sergio Leone en clave outsider. Mujeriego, fascinado por Méjico y sus gentes, bebedor empedernido y un artista antisistema que expresó con imágenes los cambios que la sociedad norteamericana padeció en la década de los sesenta y setenta. Sus personajes se sitúan al final del camino en un país que afronta con temor el futuro y los vencedores muestran dolor por la amarga victoria. Pat Garret acaba con el resto de la banda de Billy y uno de los forajidos, a punto de perecer, recuerda a Garret su pasado y la volatilidad de la historia, de fondo, una canción de Bob Dylan llama a las puertas del cielo. 

La historia cultural, a partir de la década de los 60, experimentaría un giro copernicano. La cultura para muchos historiadores se convertía en un objeto orgánico, mutable y con capacidad interpretativa. Termina una visión estática de la historia para convertirse en una historia dinámica. La explosión de la cultura de masas -el cine fue su mayor exponente- podía convertirse en una herramienta esencial para poder hacer y entender la historia, desplazando otros medios como la historia económica o política. Garret acaba con Billy de un solo disparo para, posteriormente, disparar al espejo que le devuelve un rostro avergonzado.  El forajido y el defensor de la ley se eclipsan por unos instantes y la muerte de Billy a manos de Garret simboliza la máxima traición que puede hacerse uno: olvidar su pasado. Bob Dylan observa la escena cómo un cronista de excepción. 

Existen cineastas que juegan a ser historiadores usando su arte para mirar hacia el pasado y rendirle tributo. Sam Peckinpah desarrolla y expone una alegoría del nuevo sistema económico, político y social que nace en los setenta y se afianza en los ochenta: el neoliberalismo de la Escuela de Chicago con Tatcher y Reagan como mayores exponentes. Un sistema basado en borrar cualquier discrepancia esencial incluso eliminando su existencia. Un sistema que erradica la otredad para transformar el mundo en una masa homogénea a favor del totalitarismo. Un sistema mundial que nace condenado al antiguo. Billy el niño no tenía espacio, no le querían por aquello que representaba: la independencia. El neoliberalismo económico había llegado y mató a la libertad por un plato de alubias.

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