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Huir de la crueldad, con destino Gratallops

Salah nació en Eritrea y tiene 22 años. Decidió partir de su país en busca de la libertad. El camino hasta España fue largo y duro. Pero valió la pena. Trabaja en una bodega 
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Salah prefiere mantenerse en el anonimato y no revelar su identidad. Asegura que lo más duro del proceso es tener lejos a su familia. foto: lluis milián

Salah prefiere mantenerse en el anonimato y no revelar su identidad. Asegura que lo más duro del proceso es tener lejos a su familia. foto: lluis milián

Un auténtico calvario, con un solo objetivo: volver a nacer. El camino hacia la libertad fue duro, pero Salah no perdió la esperanza y, ahora, pasado unos meses, se siente feliz por haber conseguido lo que se propuso. Encontrar un trabajo para poder vivir era su humilde ambición. Salah, –que no quiere revelar su apellido– nació en Eritrea y tiene 22 años. En el año 2014 decidió ser valiente y dejar una vida cruel atrás. Ahora, trabaja en una bodega, que también es restaurante, de Gratallops. Las viñas le han dado, otra vez, la vida. Salah es uno de los refugiados acogidos en Tarragona, a través de Cruz Roja.

De Eritrea a Sudan –primera parada en el camino– tardó cuatro días andando. «Iba con un amigo, que también decidió escaparse. Dormíamos durante el día y andábamos por la noche, para que no nos vieran», relata Salah, aun así, los detuvieron dos veces. «Si me hubiesen detenido una tercera vez, me hubieran matado», explica. Para ir hasta Libia, tardó una semana en coche. Durante la entrevista, parecía que a Salah le daba pereza explicar el camino. Pero pronto pudimos descubrir que se trataba de dolor. No podía continuar explicando con palabras el horror. Pero se podía entrever en sus ojos. Aún no había llegado lo peor.

Salah y más 130 personas se embarcaron en un buque «muy pequeño y de plástico» dirección Italia. Le cobraron por morir en el mar. Después de cuatro horas en la embarcación de plástico, los voluntarios los rescataron. De Italia hasta España viajó en avión. Llegó a Tarragona en mayo de 2016.

Salah y su amigo se trasladaron de Eritrea a Sudán andando, durante cuatro días

Salah habla perfectamente el español. Tenía claro que para encontrar trabajo debía conocer el idioma. De repente y sin venir a cuento, le preguntamos por su amigo, que inició el viaje con él. «No llegó, se quedó en Sudan», explica, con actitud pensativa. 

El protagonista de esta historia decidió irse de su país porqué era soldado. Se trata de un país donde los ciudadanos son esclavos. Salah es uno de los pocos eritreos que hablan de la vida en su país. Pero tampoco habla mucho. De repente Salah desconfía de la entrevista y pregunta si somos policías. Dice que no tiene miedo, pero sus preguntas y dudas le contradicen. Al llegar a la pubertad, los jóvenes deben ir al servicio militar obligatorio. O esto, o fugarse. Salah escogió la segunda opción.

«En Eritrea no nos dejan trabajar, no hay futuro ni derechos. Nos obligan a ser soldados en una situación inhumana. Te tratan mal», asegura Salah, quien, con los ojos, dice que no quiere llegar más lejos en esta conversación. «Es muy difícil irse de allí, pero no hay más opción», acaba.
Salah ha dejado a su familia en Eritrea. «Tengo contacto con ellos cada tres semanas, les cuento que estoy trabajando  y que estoy contento», explica. Asegura que vivir sin su familia es lo más duro de todo este cuento. Tiene un hermano que también es soldado. Le preguntamos a Salah cuál es la diferencia entre Tarragona y Eritrea. No duda ni un momento. No necesita encontrar las palabras, porqué la tiene grabada en la mente. La libertad, contesta. «En mi país no hay derechos», asegura.

Cuando Salah llegó a Madrid, junto con un grupo de eritreos, técnicos de la Cruz Roja fueron a buscarlos y los repartieron. Tarragona contaba con 22 plazas y, las primera nueve, fueron ocupadas por ellos. Vivieron la primera fase, que trata de recibir a los refugiados. La segunda tiene que ver con la integración, buscar trabajo y orientarles.

Actualmente, Salah trabaja en unas bodegas de Gratallops, el Celler Clos-Figueras. Trabaja las viñas y el campo y, a veces, ayuda a llevar a cabo trabajos más técnicos. El gerente de la empresa asegura que, de aquí unos años, el resto de bodegas se lo rifarán. Salah vive con un compañero senegalés, en una casa del pueblo. En su tiempo libre va al bar del pueblo, se toma un café y ve el fútbol. «Normalmente trabajo de seis de la mañana hasta las dos del mediodía, pero hay tardes que también voy a trabajar. Así me saco un sobresueldo». Salah está contento, aunque reconoce que le gustaría ver más a sus amigos que viven en Tarragona. Cada día habla con ellos. 

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