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Incertidumbre y angustia cuando se yerra el diagnóstico

Una mal diagnosis llevó a un bebé de 19 meses hasta el quirófano cuando no había necesidad de intervención

Gloria Aznar

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FOTO: GETTY IMAGES

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«Cuando por fin supimos lo que el niño padecía, solo tenía lágrimas, lágrimas de alivio porque su medicina es la comida». Marta M., de Tarragona, es madre de un niño y una niña celíacos que, junto a su marido, pasaron por todo un calvario antes de que le diagnosticaran la patología a su primogénito, por entonces un bebé de 19 meses. 

Angustia, desesperación, miedo e impotencia fue lo que vivieron. «Empezó con estreñimiento, vómitos, apatía, no hacía las cosas que se esperaban de un niño de 19 meses. Todo lo que comía le sentaba mal», cuenta Marta. Ello se tradujo en multitud de visitas al pediatra y a urgencias, hasta que le diagnosticaron invaginación intestinal, que es la causa más común de obstrucción intestinal en niños de entres tres meses y tres años de edad. 

Sin embargo, a pesar del tratamiento, los problemas continuaron e incluso se agudizaron, lo que provocó una vuelta a la rueda. Más médicos, más pruebas... Mismo diagnóstico, hasta el punto de que el bebé pasó por quirófano. «Pensaba que se me moría», recuerda esta madre. 

Pero la intervención no sirvió para nada, lo que llevó al matrimonio a Barcelona, a pedir otras valoraciones. «Tras cuatro meses de marearnos, allí, en una clínica privada, rápidamente le diagnosticaron la celiaquía, algo que ya me había planteado. Con solo un análisis de las heces y un pinchazo en el dedo», revela Marta y añade que «a los 15 días de dejar el gluten el niño ya cambió en todo, en talla y en peso». Tras los espinosos antecedentes, con la niña ya fue más fácil. Adelantaron las pruebas, que también salieron positivas. 

Desde entonces toda la familia come sin gluten, por la contaminación cruzada. Por el mismo motivo, en casa disponen de dos tostadoras y dos sandwicheras. «Al principio se te hace una montaña, pero poco a poco vas aprendiendo», comenta Marta. «Los restaurantes también se van adaptando y los demás padres del colegio siempre se preocupan de que mis hijos sean iguales». Y aunque no lo parezca, también tiene consecuencias positivas, «comen menos bollería y fritos. Buscas alternativas», concluye.

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