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José Martín Ruiz: "Después de 30 años Etiopía sigue amenazada por el hambre"

Entrevista al misionero, que realizará una conferencia en la Cambra de Comerç de Tarragona

Norián Muñoz

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José Martín Ruiz enseña la foto de uno de los proyectos que se están desarrollando en Etiopía. Foto: Pere Ferré

José Martín Ruiz enseña la foto de uno de los proyectos que se están desarrollando en Etiopía. Foto: Pere Ferré

- ¿Todavía hay misioneros?

- Todo está cambiando mucho. Hace pocos años éramos unos 22.000 misioneros y misioneras españoles en el mundo; ahora somos unos 13.000. Siguen siendo muchos, el nuestro es el país que más tiene en el mundo, pero el problema es que la gran mayoría tiene entre 70 y 75 años. El número se va reduciendo y en unos años no vamos a ser tantos.

 

- Pero asegura que la figura seguirá existiendo.

- Sí, aunque cambiará la geografía. En Europa hay crisis de vocaciones para la vida misionera y religiosa, pero no hay crisis en otros continentes: América Latina se mantiene, en África hay un boom.... Por ejemplo, en nuestro instituto de los Misioneros de la Consolata somos unos mil. Antes la mayoría eran italianos; dentro de 10 años más de 700 van a ser africanos, ciento y pico latinoamericanos y el resto, europeos y mayores... Esto va incluso a hacer cambiar los proyectos, muchas ONGs se apoyan mucho en los misioneros y eso tendrá que cambiar porque esos misionero no los vamos a tener.

 

- ¿Cuándo pensó en ser misionero? ¿Qué le motivó?

- Yo estaba estudiando en un instituto público de Granada y allí conocí a un misionero cuando estaba en sexto de bachiller, tenía unos 16 años. Cuando terminé COU entré en el seminario. No tenía una idea muy clara al principio, pero me fui emocionando con la idea de la misión. Estuve estudiando en Madrid, en Londres, en Roma, hasta que ya me destinaron a Etiopía.

 

- Y cuando llegó allí, ¿no pensó en algún momento en regresarse?

- (Risas)En Etiopía comencé en una misión que era una casa hogar para niños huérfanos. Al principio estaba estudiando la lengua, el Amárico. Es una lengua muy difícil. Tenía dos maestros por la mañana y dos por la tarde. Una paliza, tienen un alfabeto de unas 300 letras... Fue duro, porque aparte de lengua están las tradiciones, la comida... Me impresionó la creencia en demonios. Tuvimos un exorcismo y me quedé tan impresionado que no conseguía ni dormir por las noches (risas). Tenía 26 años.

 

- Y se pasó allí media vida.

- Sí, fueron 24 años en diferentes períodos, hasta el 2008.

 

- ¿Le costó readaptarse a Europa cuando regresó?

-Mucho. Aquello es otro mundo. Además de la cuestión cultural, está el trabajo. Aquí hago animación misionera, voy a los colegios... Allí no paraba desde las 8 de la mañana hasta las 10 de la noche. Estaba siempre rodeado de gente y con un montón de actividad.

 

- ¿Qué echa de menos?

- Allí es todo muy vivo. La relación con la gente es muy cercana. Estás en las casas de las familias cada día y si dices que vas a ir a cualquier sitio y te vas a mover con el coche ya tienes allí a quince preparados (risas). Es la cercanía de la gente.No te planteas nunca ¿ahora qué hago? Siempre hay qué hacer. Además siempre hay una emergencia, no hay un día igual que otro, siempre pasa algo. Tienes que enfrentarte a situaciones difíciles cada día y tienes que hacer algo.

 

- Ha trabajado en numerosos proyectos, desde escuelas hasta hospitales. ¿No se siente impotente en algún momento viendo todo lo que hace falta?

- Sí, te gustaría que las cosas se hicieran y que se hicieran rápido. Pero también creo que tiene que haber un cambio en cómo nos organizamos. Hay que potenciar la participación de la gente, tienen que ser ellos los que lleven adelante sus propios proyectos y nosotros mantenernos más al margen. Tenemos que hacer de puentes, no de protagonistas. La gente haciendo los proyectos cambia su manera se ser, de pensar, creen más en sí mismos, tienen más esperanzas, abren los ojos.

 

- ¿Tiene la impresión de que en los años más duros de la crisis nos olvidamos de la solidaridad con los que lo estaban pasando mal fuera?

- Sí, se ha bajado mucho la guardia en cooperación. Tenemos problemas aquí pero no podemos olvidarnos de los que hay en otros lugares porque la realidad es evidente. Los refugiados son una muestra de que hay que solucionar los problemas en los países de origen. Los programas de cooperación que se han dejado atrás hay que recuperarlos. Tiene que haber una solidaridad global.

 

- ¿A qué se refiere?

Hay que cambiar los organismos internacionales y darles una orientación nueva. Los gobiernos locales no pueden subvencionar programas sociales porque sus economías no dan para más, pero a nivel mundial sí que hay recursos. Hay que buscar caminos nuevos.

 

- El tema de Mans Unides este año es la suficiencia alimentaria. ¿Cómo es ahora la situación de Etiopía?

- El problema que tenemos con la ayuda alimentaria es el asistencialismo. Tuvimos una hambruna en el año 85-86 y Etiopía se hizo famosa. Murió más de un millón de personas. Ahora, pasados treinta años, y aunque se ha hecho mucho para evitar otras carestías así, aunque hay un control de las cosechas y una solidaridad internacional fuerte, este año han tenido que hacer una llamada internacional para alertar de que hay diez millones y medio de personas que, sin ayuda internacional, corren el riesgo de morir de hambre. Estaban muriendo de hambre entonces y ahora, si no los ayudamos, va a pasar lo mismo. Es un fracaso. En este sentido Mans Unides lo hace muy bien, no es sólo ayudar en la emergencia, sino trabajar en el desarrollo.

 

- ¿La ayuda llega?

-Sí, sólo el 6,5% de lo que se recauda se emplea en organización, el resto va a los proyectos. La gente tiene que saber que el dinero llega.

 

- ¿Qué se puede hacer a nivel particular?

-A nivel personal necesitamos un cambio de actitud. Tenemos que cuidar el planeta y saber que no podemos desarrollarnos explotando a otros. No olvidemos que tenemos una deuda pendiente.Estamos más desarrollados, sí, pero no todo ha sido limpio. A lo largo de la historia, ha habido mucha esclavitud, no somos tan inocentes. Eso nos tiene que hacer pensar y cambiar. Tenemos que ser más coherentes, menos derrochadores, cada uno se lo puede ir aplicando como quiera.

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