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Jugando a ser Leonardo Da Vinci

Niños y niñas de los colegios Bonavista y Joan XXIII aprenden arquitectura en la Setmana de la Ciència

Gloria Aznar

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Alumnos de las escuelas Bonavista y Joan XXIII, ayer iniciando la cúpula de Leonardo da Vinci. Foto: Pere Ferré

Alumnos de las escuelas Bonavista y Joan XXIII, ayer iniciando la cúpula de Leonardo da Vinci. Foto: Pere Ferré

«Hace muchos, muchos años, hace unos 500 años, hubo un personaje que seguramente os suena, que se llama Leonardo da Vinci...». Como si de un cuento se tratara, con estas palabras Albert Samper captó la atención de la treintena de menores que ayer acudieron a la ludoteca del Centre Cívic de Bonavista para participar en el taller La geometria de l’arquitectura. La actividad se realizó en el marco de la Setmana de la Ciència, organizada por la Universitat Rovira i Virgili (URV) con la colaboración del Campus Extens Tarragona.
Niños y niñas de las escuelas Bonavista y Joan XXIII, de tercero, quinto y sexto curso de primaria, se convirtieron por una hora en aprendices de constructores y se atrevieron a levantar una cúpula del genio florentino a base de piezas de madera.
«La gracia de estas cúpulas es que con una sola pieza se pueden reconstruir sin necesidad de elementos de unión. Es una estructura recíproca, lo que quiere decir que entre ellas se sostiene todo y cuando sacas una se desmonta todo porque todas las piezas colaboran», explicó Samper, arquitecto y profesor de geometría aplicada a la expresión gráfica de la Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de la URV. 
A Leonardo –añadió– «le gustaba este tema, entre otros, y tiene estructuras recíprocas aplicadas a muchas construcciones, a cúpulas y también a puentes para salvar distancias y poder cruzar de manera rápida y con un mínimo material posible».
El objetivo, pues, estaba claro: levantar la estructura sin que sufriera daños ni ella ni, por supuesto, los participantes, y que no se viniera abajo. 

Puestos manos a la obra, el taller, lúdico y práctico empezó con unas mínimas pautas por parte del profesor, que les animó a probar si eran «capaces de seguir la documentación gráfica y de leer los planos», así como a «poner en práctica su intuición en este mundo de las estructuras», como él mismo manifestó. Lo consiguieron, sin lugar a dudas, no sin algún momento de caos infantil y emoción más o menos desatada a medida que transcurría la sesión.
Así, la particular clase de arquitectura se inició de forma pausada y ordenada por turnos de tres y a medida que pasaba el tiempo y ganaban confianza, el taller fue perdiendo organización y sumando excitación, de tal manera que los turnos se obviaron y la cúpula, rodeada por los colegiales, fue aumentando en tamaño y en altura, para gozo de los alumnos. Todo un primer contacto con el mundo de la arquitectura de lo más atractivo. «Es como una tarta», comentaba una alumna al principio de la clase, «¡qué grande!», apuntaba otro. 

La Escola d’Arquitectura demuestra que las disciplinas van más allá de la física y química


Ya con una estructura consistente, Samper los sorprendió con la pregunta de «¿quién es el más pequeño? Nadie quería serlo. «De tamaño», puntualizó. El más pequeño, señalado por compañeros y profesora se identificó... y se atrevió a entrar bajo la cúpula de Da Vinci. El problema llegó después, cuando la mayoría pidió probar la experiencia. No pudo ser. La estructura no estaba del todo bien montada y no era seguro adentrarse en ella.

La Escola d’Arquitectura aprovecha esta semana para acercarse a las familias con un doble objetivo: por un lado darse a conocer y por el otro, demostrar que «la ciencia no son solo probetas en laboratorios de química o cuestiones de física. La ciencia también se aplica a la arquitectura en muchas ramas», comentó Samper momentos antes de enfrentarse a sus jovencísimos alumnos. Superó la prueba con nota. Leonardo da Vinci estaría orgullo de los pequeños genios.

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