La Covid-19 contada por las enfermeras

Sociedad. Diecisiete testimonios recogidos en un libro dan fe de cómo está viviendo la pandemia este colectivo. Reivindican estar en los sitios donde se toman las decisiones

NORIÁN MUÑOZ

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Santi Martorell fotografía las marcas que dejan horas con la EPI en la cara de la enfermera Mercè Colomé. FOTO: Santi Martorell

Santi Martorell fotografía las marcas que dejan horas con la EPI en la cara de la enfermera Mercè Colomé. FOTO: Santi Martorell

«Trabajo en urgencias, así que adaptarme a situaciones críticas en cuestión de segundos; de minutos, es mi día a día. Pero lo que pasó en la primera ola tenía una magnitud desconocida para todos... Estábamos acostumbrados a tratar con enfermedades infecciosas, que requieren aislamiento; como la tuberculosis, pero eran casos contados y sabíamos cómo evolucionaban. Esto, en cambio era completamente nuevo y había que reorganizar todo el servicio, los circuitos, doblábamos turnos... Y nunca sabías si estabas haciendo suficiente para protegerte a ti y a tu familia. Es una carga emocional muy fuerte. Tengo niños pequeños y no quería transmitirles la tensión de todo aquello».

Quien así habla es Núria Illamola, enfermera del servicio de Urgencias del Hospital Joan XXIII de Tarragona, y una de las 17 que ha dado su testimonio en el libro «Les infermeres parlen, en plena etapa del COVID» que edita el Col·legi Oficial d’Infermeres i Infermers de Tarragona (CODITA).

En pleno confinamiento

Ester Durán, periodista que se encargó de las entrevistas, explica que las mismas comenzaron a hacerse en pleno confinamiento y, aunque en un principio la intención era publicarlas en la web del colegio, rápidamente se dieron cuenta de que eran testimonios de una gran intensidad.

La presidenta de CODITA, Lluisa Brull, explica que «la crisis sanitaria ha dejado una impronta enorme entre las profesionales que estuvieron y que siguen, en primera línea. Por eso entendimos que había que recoger algunos testimonios para conocer su situación, sus preocupaciones y sentimientos, así como sus necesidades».

En el libro aparecen los testimonios de enfermeras de la provincia de Tarragona con perfiles de lo más variados, desde las que trabajan en hospitales, en los servicios de urgencias o en las UCI, pero también en atención primaria, en residencias de mayores, en servicios de psiquiatría, en ambulancias o en el helicóptero del SEM, entre otros.

Hay, además, una estudiante de enfermería, Eulàlia Chanovas, que como más de un centenar de universitarias, se incorporó a trabajar en plena crisis. Cuenta en el libro como su experiencia en el Hospital Verge de la Cinta de Tortosa «me ha hecho crecer rápidamente como enfermera, pero también a nivel personal... Las amigas de la universidad comentamos la de historias que vamos a tener para contar a los nietos»

Y las hay también que se han infectado, como Sandra Inestal, enfermera de urgencias en el Hospital de Santa Tecla, quien relata que lo más difícil fue contar a sus padres, que habían estado muy preocupados por ella, que se había contagiado.

Tuvo que estar ingresada y compartió parte de la hospitalización con un compañero médico que también estuvo contagiado. Recuerda cómo les cuidaron y todo el cariño con el que los trataron. Hoy, después de pasar un proceso de recuperación, con sus altibajos, está bien.

La portada del libro ha corrido a cargo del artista ebrense Ignasi Blanch y las fotografías son de Santi Martorell, quien no solo se encargó de retratarlas trabajando, sino también en los lugares a los que iban a recuperar fuerzas en medio de la vorágine. Así, aparecen ellas también en los parques, en la playa, con sus mascotas... Y con sus padres, como Sonia Ponce, quien sufrió la angustia de tenerlos a ambos ingresados.

La esencia humana

Cuando se le pregunta a Ester Durán qué le llamó más la atención de las entrevistas responde que, sin duda, la dimensión humana. «Todas huyen de la etiqueta de heroínas. Técnicamente estaban muy preparadas, pero también son humanas y te explicaban cómo lo de la limpieza se había convertido casi en una obsesión. Sentían miedo, angustia, pero también dieron el 200% de su capacidad».

Una de las preocupaciones que le relataban era la dificultad para acercarse a los pacientes con la barreta física que suponen las EPI «ellas que tienen tan internalizado lo de acompañar y tocar».

Pero en los testimonios hay también reivindicación. Núria Illamola se pregunta por qué las enfermeras son casi inexistentes en las mesas de gestión, donde se toman las decisiones. «Se debería tener más en cuenta nuestra opinión, nosotros acompañamos al paciente desde que nace hasta que muere y no solo en la enfermedad», dice.

Como otras compañeras recuerda que la ratio de enfermeras está muy por debajo todavía de lo que haría falta y lo que viene no es alentador: próximamente se jubilarán muchas enfermeras mayores, «y ya tenemos auténticos problemas para cubrir los puestos que necesitamos».

El suyo es un llamado unánime: «Nosotras también estamos cansadas, la carga mental dentro y fuera es muy grande, hay carencias de recursos humanos... Y también somos personas, nuestros contactos sociales se han reducido al mínimo. Hace mucho que no veo a muchos de mis amigos y familiares, ya tengo ganas».

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