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La Covid mata siete veces menos en Tarragona gracias a la vacuna

Los 78 muertos de la quinta ola en Tarragona contrastan con los 367 de la tercera. La letalidad del virus pasa del 2,6% al actual 0,40%

Raúl Cosano

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El Camp y el Ebre han registrado durante julio y agosto 19.403 contagios, el número más alto de infecciones en toda la emergencia sanitaria. EFE

El Camp y el Ebre han registrado durante julio y agosto 19.403 contagios, el número más alto de infecciones en toda la emergencia sanitaria. EFE

Tarragona da carpetazo a una quinta ola que no ha tenido nada que ver con las anteriores, básicamente por el efecto protector de las vacunas. La letalidad ha sido muy inferior, a pesar de que la cifra absoluta de muertos en la provincia, 78 desde finales de junio, pueda parecer elevada. El estallido de casos ha sido tan brutal este verano que, aunque en términos relativos la proporción de pacientes que perecen por el virus es muy baja, el número bruto acaba disparándose.

Sirva de ejemplo esta comparativa. El Camp y el Ebre han registrado durante julio y agosto 19.403 contagios, el número más alto de infecciones en toda la emergencia sanitaria. En esos dos meses han fallecido esas 78 personas. Así pues, la tasa de mortalidad es del 0,40% –por cada 1.000 diagnosticados han muerto cuatro personas–.

El dato es siete veces inferior al que, por ejemplo, se registró en los meses de enero y febrero, durante la tercera ola, que se desbocó tras las fiestas navideñas. En ese intervalo, hubo 13.943 contagios –una cifra inferior a la de la esta reciente oleada– pero los fallecimientos en la provincia se dispararon de forma desorbitada, hasta niveles dramáticos: 367 solo en la provincia. En suma, la letalidad alcanzó el 2,6% en unas fechas en las que la vacuna sí existía pero llegaba a cuentagotas y se distribuía básicamente en residencias. Por tanto, la población general no estaba protegida. Una letalidad similar dejó la segunda oleada, ubicada entre octubre y noviembre de 2020. Hubo 15.569 contagios y 286 fallecidos, lo que arrojó una tasa de 1,8%, casi cinco veces más que en la actualidad.

O, dicho de otro modo, por el altísimo volumen de contagios que ha habido ahora, la cifra de muertos habría sido mucho más elevada de no haber sido por los antídotos. Es verdad que una gran parte de afectados eran jóvenes, perfiles mucho menos vulnerables, pero también es cierto que es la propia vacuna la que ha hecho que los contagios no proliferaran tanto en las franjas de más edad y, por tanto, más frágiles ante el SARS-CoV-2. Los antígenos no impiden la transmisión pero sí la reducen. 

Desescalada e interacción

La tasa de mortalidad de toda la pandemia es de 1,7%, es decir, 1,7 fallecidos por cada 100 diagnósticos, aunque hay que tener en cuenta que esa estadística general está contaminada por la primera ola, cuando se identificaba una mínima parte de los casos debido al infradiagnóstico en esos momentos iniciales de la pandemia de coronavirus.

A pesar de disponer de vacunas, este verano ha sido mucho peor que el anterior debido a que en 2020 la situación fue muy plácida: no hubo oleada porque se venía del gran confinamiento domiciliario y en esos meses estivales se prolongaron unas restricciones que ahora no han existido. La interacción social derivada de la desescalada a partir de Sant Joan ha hecho que, a pesar de la vacunación, la cifra de fallecimientos haya sido muy superior a la del año pasado. Eso sí, las dosis han amortiguado el impacto de la altísima incidencia del virus, que ha circulado como nunca en la pandemia.

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