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La bicicleta, aliada de la mujer reivindicativa

A finales del siglo XIX estaba mal visto que las mujeres montaran sobre dos ruedas. Incluso los médicos se inventaron una enfermedad para evitar que circularan en bici, lo que acabó siendo una revolución

Iñaki Delaurens

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La bicicleta fue un instrumento que permitió a la mujer romper con algunas imposiciones de la sociedad patriarcal. FOTO: Commons.wikimedia

La bicicleta fue un instrumento que permitió a la mujer romper con algunas imposiciones de la sociedad patriarcal. FOTO: Commons.wikimedia

¿Quién diría que algo tan usual y sencillo como ir en bicicleta resultara una reivindicación de libertad para la mujer? Hoy en día es normal ver tanto a mujeres como a hombres en bici, ya sea por los pocos y precarios carriles destinados a ello o esquivando coches y peatones. Pero hubo un tiempo en que se ponía el grito en el cielo al ver a una mujer sobre dos ruedas.

Ocurrió a finales del siglo XIX, cuando el precio de las bicicletas se abarató y se produjo el primer boom del ciclismo urbano. En el mundo occidental, sobre todo Francia, Inglaterra y Estados Unidos, la bicicleta se transformó en un símbolo de libertad. Fue una revolución social que cambió la vida de las personas. Dio pie a la emancipación de la mujer. La bici se convirtió en un icono del movimiento de liberación femenina cuando su labor era solamente cuidar de la familia. 

No fue bien visto desde sectores masculinos. Permitir que la mujer viajara fuera de casa, más allá del hogar sin la vigilancia de su marido, podía deteriorar la familia. La culpa era de la bicicleta. Mientras las mujeres veían en ella la forma de reflejar sus ansias de libertad y modernidad, como cambiar las faldas largas por prendas más cómodas, los hombres sentían recelo e inseguridad ante tal movimiento. Había que cortarlo de raíz. 

En la década de 1890 apareció una nueva enfermedad, Cara de bicicleta. Ojos saltones, rostro desfigurado, mandíbula tensa, labios demacrados, ojeras, rostro cansado, tuberculosis, crecimiento exagerado del apetito sexual femenino e incluso infertilidad. Estos son los síntomas de esta enfermedad ficticia que se inventaron médicos franceses. Cómo no, la dolencia afectaba solo a las mujeres que montaban en bicicleta. 

Ojos saltones, labios demacrados o infertilidad, síntomas ficticios de ir en bici

Como ocurre en pleno siglo XXI, existe desigualdad de género en muchos ámbitos de la sociedad, también en el científico. Hace más de un siglo la diferencia era más acentuada. Mientras las mujeres luchaban por sus derechos, la investigación se restringía a varones burgueses que daban continuidad a un patriarcado hegemónico. 

Los oscuros peligros del ciclismo fue un artículo escrito por el doctor anglosajón A. Shadwell en la National Rewiev. Relacionaba que las mujeres montaran en bici con el aumento del tamaño de la tiroides o la apendicitis. 

Según informes y artículos médicos de la época, montar en bicicleta por parte de mujeres daría pie a una libido irrefrenable que acabaría con «la finalidad matrimonial de los órganos femeninos». 

Con este discurso no fue difícil ganarse el apoyo de la Iglesia. Esta actividad fue vista como un pecado, pues atacaba al seno de la moral familiar. Incluso el New York World publicó en 1895 una larga lista de cosas que no debían hacer las mujeres sobre dos ruedas, como por ejemplo «ir a la iglesia con ropa de bicicleta» o preguntar «qué piensa de mis pantalones». 

Porque la bicicleta también supuso una revolución en la moda femenina. Los trajes victorianos con pesadas faldas infinitas y corsés pasaron a un segundo plano y las mujeres empezaron a utilizar ropa ‘masculina’. Surgieron los bloomer, unos pantalones bombachos plegados a la altura de la rodilla, muy cómodos para moverse en bici. Estas prendas que daban más libertad de movimiento se catalogaron como «ropas de hombre». Más allá del cambio estético, la bicicleta ayudó a la mujer a ganar una batalla en la eterna pugna por la igualdad. 

Surgieron líderes feministas como Maria Pognon, que defendía: «La bicicleta es un instrumento igualitario y nivelador que ayuda a liberar a la mujer». 

Otra luchadora fue Susan Brownell Anthony, quien afirmaba que «la nueva mujer se ve igual que los hombres y la bicicleta le ayuda a lograrlo. Le transmite autonomía para ir más allá de los barrios donde viven y les brinda una nueva sensación de libertad, que hasta ahora estaba atrapada entre los patrones culturales de la época, reflejados sobre todo en su vestimenta». 

Frances Willard, que aprendió a ir en bici a los 53 años, escribió el libro Una rueda dentro de una rueda: Cómo aprendí a montar en bicicleta. En él inspiraba a las mujeres a superar las barreras y a que se involucraran con prácticas que desafiaran el rol de la mujer.

La mujer lleva siglos rebelándose contra el patriarcado. Su lucha adquiere este 8 de marzo una fuerza especial. Pero cada vez que vean una mujer en bici, recuerden que sus pioneras ya daban pedaleadas reivindicativas por la igualdad. 

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