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La esquina más famosa de la ciudad cumple cien años

Memoria. El edificio de la Cooperativa Obrera celebra mañana su primer siglo. Hoy unas 500 personas dan vida a sus instalaciones

Norian Muñoz

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Una imagen de la cooperativa en sus inicios se funde con una foto del edificio en la actualidad. FOTO: Cedida/Pere Ferré

Una imagen de la cooperativa en sus inicios se funde con una foto del edificio en la actualidad. FOTO: Cedida/Pere Ferré

Si hay una esquina reconocible en la ciudad esa es la de la calle Reding con Fortuny. El aspecto que presenta apenas ha cambiado en un siglo, como demuestran las fotos de archivo. Se debe a que desde 1919 funciona allí la Cooperativa Obrera Tarraconense, COT, hoy especialmente identificable para el transeúnte porque en sus bajos está un bar que no podía tener otro nombre que ‘La Cantonada’ (la esquina). 

Imagen de la tienda cooperativa que funcionaba donde hoy se encuentra el bar ‘La Cantonada’. Nótense la balanza y los altos techos. Foto: COT

«Se trata de un viejo de 100 años que está en perfecto estado» dice el arquitecto Ramón Aloguín, autor del libro L’ Edifici de la Cooperativa Obrera Tarraconense 1919-2019, que se presentará en junio de este año. Será una de las acciones para celebrar el centenario que se cumple mañana.

La tienda y el horno 

Hoy, el edificio es un «faro de cultura» como le gusta describirlo al actual presidente de la cooperativa, Dionisio de la Varga. La céntrica sede alberga una docena de entidades y a su buque insignia, el Teatre el Magatzem.

Pero aunque las fotos de época muestran una fachada que se ha mantenido casi intacta, lo que pasa puertas adentro sí ha cambiado sustancialmente. La COT fue fundada como una cooperativa de consumo, así que su principal objetivo era albergar una tienda de bienes de primera necesidad, un horno de pan y un local social.

Donde hoy está el bar La Cantonada funcionaba la tienda y, en el teatro El Magatzem, el almacén

La tienda se encontraba justamente donde está hoy ‘La Cantonada’ y vendía, como recuerda Aloguín, productos básicos como embutidos, quesos, pesca salada y conservas a un precio ventajoso para los socios. El almacén de la tienda estaba donde hoy se encuentra el Teatre el Magatzem; de allí su nombre.

El pan, recuerda Aloguín, era el alimento básico. Aquí se horneaba cada día durante la noche y se repartía por la mañana, casa por casa, con un burro, a los miembros de la cooperativa. 

Baile en el café de la cooperativa en los años cincuenta. Foto: COT

Había, además, un interés por la cultura y el conocimiento. Así que ya desde los inicios se sabe que médicos, ingenieros y otros profesionales venían aquí a dar conferencias.

Una Tarragona muy distinta

Pero para imaginar mejor la situación de hace 100 años hay que pensar, explica el arquitecto, que el edificio que hoy se encuentra rodeado de una trama compacta de construcciones, en realidad era un inmueble asilado en sus inicios. Apenas se encontraba en las proximidades el Mercat Central, inaugurado en 1915.
Construir en aquella zona era todo un hito en una ciudad donde la actividad importante se desarrollaba todavía en el caso histórico, en la Part Alta. Allí se concentraba el poder porque vivían los nobles y los curas. El mercado y, posteriormente la COT, estuvieron entre los elementos que dieron vida al nuevo ‘ensanche’.

Toda la zona se comenzó a construir en cotas más bajas que las que existían entonces. Estas excavaciones para rebajar la zona también tuvieron que ver con que se necesitaba piedra para la construcción del Port.

Modernismo tardío

Relata Aloguín que a finales de siglo XIX Tarragona contaba con grandes arquitectos. Cuando los socios de la COT (la entidad la habían fundado 29 personas en 1904) decidieron encargar las obras del nuevo edificio, se decidieron por la comprobada solvencia de Josep Maria Pujol de Barberà (Tarragona 1897-1939). 

El edificio siempre ha estado en manos de los socios, nunca lograron incautarlo

Para entonces el arquitecto ya gozaba de prestigio porque había proyectado el matadero  (donde hoy se encuentra el rectorado de la URV), el Mercat Central y las Bodegas Müller. También es autor de dos conocidos edificios de la Rambla Nova: la casa Bofarull y la del doctor Aleu.

El estilo de la COT, cuenta Aloguín, podría catalogarse todavía de modernista, aunque el movimiento ya estaba tocando a su fin. La ornamentación desde luego lo es, tal como certifican pequeños detalles como las barandas de las escaleras.

Pero si algo destacaría es la funcionalidad de las instalaciones. En esa época, por ejemplo, se optaba por los techos altos porque no había climatización artificial. De esta manera, en sitios con gran concentración de personas el ambiente se hacía más respirable y no se concentraban los olores.

La estructura ha resultado de una solidez indudable, puesto que no ha requerido grandes intervenciones a lo largo de su historia. Tuvo, además, la suerte de que los bombardeos de la Guerra Civil no la castigaran de lleno, sino que sólo le ocasionaran algún desperfecto.

Siempre en manos de los socios

Pero más allá de la solidez de la estructura, si algo destaca en la historia de la COT es el hecho de que, desde su fundación hasta ahora, ha estado en manos de los socios.
Las presiones más fuertes se produjeron durante la época franquista, recuerda de La Varga. En la inmediata posguerra, el movimiento cooperativo entró en un proceso crítico. Buena parte de los dirigentes fueron exiliados y las entidades estigmatizadas por izquierdistas. Aun así, la COT no fue incautada, pero sufrió las consecuencias de la situación. En la década de los cincuenta se clausuró el café, se amortizó el horno y la tienda entró, como toda la entidad, en un estado de letargo.

Un representación de ‘Els Pastorets’ en El Magatzem en los años noventa. Foto: COT

Pero, con todo, la COT consiguió sobrevivir gracias a los socios que, en muchos casos, pasaron la tradición de una generación a otra. 

En los años 70, el teatro comenzó a ganar el peso que tiene hoy. Posteriormente a la entidad también le tocaría sortear los años duros de la crisis económica. Hoy, asegura de la Varga, ya se encuentra completamente saneada y el alquiler de espacios a entidades permite hacer frente a los gastos y mantener una programación teatral permanente. «Se ha convertido en una casa de acogida», resume Aloguín.

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