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La familia Antillach Pujol regresa de su vuelta a América en furgoneta

La familia formada por Marc, Serena, Xènia y Jordina acaba de regresar a Tarragona después de surcar todo el continente durante catorce meses

NORIÁN MUÑOZ

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La familia en Bajo Caracoles, Argentina. La Cordillera de los Andes al fondo. FOTO: CAMPERCAT4X4

La familia en Bajo Caracoles, Argentina. La Cordillera de los Andes al fondo. FOTO: CAMPERCAT4X4

«El día de mi cumpleaños estábamos en Oaxaca, México, y habíamos visto cocodrilos», recuerda Xènia. Jordina, por su parte, rememora cómo fue el suyo. Estaban en el parque nacional del Gran Cañón, en Estados Unidos, «en un lugar remoto donde no había nadie».

Las niñas, que tienen 11 y 9 años, acaban de regresar a Tarragona junto con sus padres, Marc Antillach y Serena Pujol, después de haber hecho realidad el sueño familiar de atravesar de norte a sur el continente americano a bordo de La Barretina, su furgoneta ‘camperizada’. Cuentan que será un año (14 meses en realidad) para recordar y en el que igualmente celebraron cumpleaños, santos, Navidad, La Mona, Sant Jordi...

Las cifras son de vértigo. Recorrieron 75.000 kilómetros, visitaron 17 países y vieron 101 parques naturales y reservas.

Con los ahorros familiares

La familia partió a la aventura con los ahorros familiares. Los padres tomaron un permiso no remunerado en sus trabajos y las niñas estudiaron a distancia con la ayuda de la escuela.

La primera pregunta que se le ocurre a cualquiera que haya viajado con niños es cómo se vive, se come y se duerme durante tantos meses en una furgoneta. La respuesta de la familia, y parecen sinceros, es que a bordo se lo pasaban bien y siempre tenían algo que hacer. «La gente piensa en esto como unas vacaciones, pero en realidad no paramos. Días de relax tuvimos pocos», cuenta Marc.

De hecho, hubo algunas lágrimas cuando tuvieron que despedirse de la furgoneta. La embarcaron en Montevideo, Uruguay, y no llegará a Amberes, Bélgica, hasta el 1 de septiembre.

Durante el recorrido, las niñas se encargaron de realizar un inventario de los ecosistemas que vieron. Si se les pide que digan, a bote pronto, qué animales recuerdan. La lista incluye armadillos, ballenas, delfines, tiburones, osos, pingüinos, leones marinos, tucanes, cóndores, perezosos, loros, vicuñas, serpientes...

Cuando encontraban algo interesante realizaban un vídeo que colgaban en la web de su colegio, la Escola Pràctiques.

Pero si algo pesa en el balance, explican, es la gente que encontraron. «Nos sentimos muy bien acogidos. Algunos no nos conocían y ya nos estaban invitando» cuentan las niñas. Muchas de esas personas contactaron con ellos porque seguían su aventura a través de sus perfiles de las redes sociales (Campercat 4x4).

Entre los viajeros con los que coincidían, no obstante, no había muchas familias con niños. Así que cuando encontraban alguna era una ocasión especial. Xènia y Jordina recuerdan especialmente cuando estuvieron en el hogar infantil de Oaxaca, un internado en una zona rural.

Vinieron cargados, además, de expresiones nuevas, como el «nos lo hemos pasado chancho» o esa tendencia, tan argentina, a acabar las frases con un: «¿Viste?»

El capítulo gastronómico merece un aparte. Aunque procuraban cocinar en la furgoneta, guardan un gran recuerdo de los tacos y quesadillas mexicanos o del cordero patagónico.

En todo el viaje no tuvieron ningún inconveniente en cuanto a la seguridad, aunque reconocen que extremaban todas las precauciones, «si nos decían que no fuéramos por un sitio no íbamos», cuenta Marc. La salud tampoco les jugó ninguna mala pasada relevante.

Regreso a casa

Marc reconoce que ha sido un gran aprendizaje ver cómo viven otras personas y darse cuenta de que no hacen falta tantos objetos. Las niñas todavía están alucinando en su casa por el reencuentro con los juguetes. «La verdad es que tenemos muchas cosas que juegas un rato y te olvidas», reconocen. Serena, por su parte, dice que se asombró al abrir los armarios de su propia cocina y ver tantas cosas. «En La Barretina sólo teníamos una sartén, una olla, unos platos y unos vasos», recuerda.

Xènia relata que el primer día le pareció que «había que caminar mucho desde la cocina hasta la habitación». Eso sí, están contentos con el regreso: «Tenemos ganas de explicarlo», dicen.

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