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¿La gente se va de Tarragona por culpa de la vivienda?

Las estadísticas demuestran que La Pobla de Mafumet y Torredembarra crecen por encima de Tarragona. Sin embargo, el saldo migratorio de los últimos años es positivo

NÚRIA RIU

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El centro de la ciudad necesita una rehabilitación para dinamizar el comercio y ser polo de atracción. FOTO: FABIÁN ACIDRES

El centro de la ciudad necesita una rehabilitación para dinamizar el comercio y ser polo de atracción. FOTO: FABIÁN ACIDRES

La gente se marcha de Tarragona porque no hay vivienda nueva disponible y mientras tanto los municipios de los alrededores se frotan las manos, porque les llegan muchas parejas de jóvenes que han tenido que irse. Es uno de los argumentos que se utiliza cuando se habla sobre el crecimiento de ciudad y los planes urbanísticos que han quedado suspendidos a raíz de la sentencia del Tribunal Supremo que anuló el POUM, sin olvidar que este ya era un debate tenso a nivel político, con una amplia división en el salón de plenos sobre esta cuestión.

¿Realmente se está expulsando a una parte de los habitantes porque no hay pisos? Tarragona cerró 2020 con 136.496 habitantes, según datos de Idescat, lo que representa un crecimiento del 3,99% respecto a 2015, cuando empezaban a iniciarse nuevas promociones después de la burbuja inmobiliario. Si se compara este crecimiento con algunos de los principales núcleos de población de la comarca del Tarragonès, tan solo La Pobla de Mafumet (+8%), El Morell (+6,18%), Altafulla (+5%) y Torredembarra (+7,78%), lo han hecho en un orden superior. En cambio, por debajo se sitúan localidades como La Canonja (+2%), Vila-seca (+0,99%) y Constantí (+3,8%).

Fue en el periodo de la burbuja cuando algunos de estos municipios vecinos multiplicaron exponencialmente su población. Y uno de los casos más significativos es La Pobla, que en diez años prácticamente ha doblado su población, pasando de los 2.628 habitantes a los 3.971 el año pasado. Respecto a 2010 Tarragona sí que ha perdido población, ya que la ciudad llegó a su pico máximo en 2009, cuando se alcanzó la cifra de 140.323 habitantes. Un retroceso que también puede apreciarse en otras ciudades del entorno, como Reus, que en diez años también ha visto como bajaba su cifra de habitantes, según puede comprobarse en la tabla adjunta.

Otro barómetro a tener en cuenta es el saldo migratorio que ha experimentado la ciudad en los últimos años. En este caso, los últimos datos disponibles son de 2018 y lo que demuestra es que el saldo es positivo. En total llegaron a Tarragona 2.319 personas más de las que se marcharon, un valor similar al de los años precrisis y que si se analiza en profundidad permite comprobar como este crecimiento se explica a partir de la llegada de inmigrantes extranjeros. En cambio, el saldo con el resto de Catalunya y de España es negativo y en este caso Tarragona perdió 459 habitantes en un solo año.

El catedrático en Derecho Civil en la URV y director de la cátedra Unesco de Vivienda, Sergio Nasarre, defiende que otro dato que debe tenerse en cuenta son los estudios poblacionales. En este caso, el Idescat tan solo dispone de los datos a nivel comarcal. «Aunque en este caso no nos sirve, sí que nos permite conocer las tendencias», explica. En el periodo de veinte años hasta 2038 se dibujan tres escenarios. Según el más bajo, el Tarragonès ganará 5.000 habitantes, el medio habla de un incremento de hasta 50.000 habitantes y el más elevado lo sitúa en 70.000. «Son crecimientos muy modestos, que marcan una contención poblacional, que no hace más que confirmar que el crecimiento vegetativo es negativo en toda Europa», indica Nasarre.

Más allá de los aspectos cuantitativos, este especialista en materia de vivienda indica que deben tenerse en cuenta aspectos de carácter cualitativo. «Si tienen que construirse nuevas viviendas cómo deben ser: pequeñas para una persona, para familias monoparentales, para inmigrantes con cuatro o cinco hijos», expone Nasarre.

La demanda de vivienda empezó a cambiar con el incremento de los divorcios, las familias monoparentales y los jóvenes que decidían emanciparse, que ahora son menos por la situación económica. «Los cambios a nivel social hacen que sea más necesario que haya más vivienda», indica el profesor de Sociologia de la URV, Ángel Belzunegui. Este afirma que hablar de «expulsión» de una parte de la población en el caso de Tarragona «es demasiado taxativo». Sin embargo, reconoce que «hay un movimiento residencial de una parte de la población que se traslada en busca de oportunidades residenciales más económicas y de más calidad». Este fenómeno se explica en parte por el precio y por el «desclasamiento», es decir, «parejas, con un trabajo estable, que quieren romper con el que ha sido el barrio de toda la vida y que buscan oportunidades más económicas en entornos de nuevas clases medias, donde puedan encontrar un apareado o una urbanización con piscina y patio». Unos movimientos que, por otro lado, este sociólogo afirma que «en algunos casos se producen con la llegada de los niños, ya que los padres no quieren que sus hijos vayan a un determinado centro».

El efecto pandemia

La pandemia ha contribuido en esta búsqueda de viviendas con espacios abiertos. Y esto ha generado un pequeño fenómeno migratorio en algunas zonas del centro, especialmente en barrios como la Part Alta, con viviendas que mayoritariamente no disponen de terraza. «Ha habido muchos movimientos de esta gente que buscaba una casa con un jardín, otra cosa es que sea permanente o no. Aún no podemos saberlo», argumenta Nasarre.

El debate entre rehabilitar el centro o construir nuevas urbanizaciones hace tiempo que está ahí. Sobre todo, desde que empezó a hablarse construir 4.500 viviendas en la zona de La Budellera. «Es un tema que debe estudiarse muy bien, porque si la cosa no va bien podría costar de digerir y convertirse en un problema con calles vacías», argumenta el catedrático de Geografia regional de la URV, Josep Oliveras. Este defiende que la redacción del nuevo POUM debe servir para «corregir algunos desajustes». Y, en este sentido, Oliveras pone énfasis en la pérdida de la competitividad de la actividad económica de este territorio. «¿Qué actividad económica o industria nueva tiene Tarragona? La universidad tampoco crecerá más. Hay etapas de crecimiento, estancamiento y decadencia, y ahora estamos en un momento de estancamiento, por no decir que hay una cierta decadencia. No podemos empezar la casa por el tejado porque todo esto puede llevarnos a un fracaso muy grande», argumenta.

El concejal de Territori del Ayuntamiento de Tarragona, Xavier Puig, aseguraba el pasado miércoles que la aprobación de las normas urbanísticas que regirán estos años sin POUM debe servir para que «la ciudad pueda seguir desarrollándose». Los diferentes sectores de crecimiento que no han quedado suspendidos pueden permitir la construcción de hasta 11.340 nuevas viviendas. Aunque algunos de estos planes están en una etapa muy embrionaria y tardarán años en desarrollarse. De hecho, ninguno de los nuevos sectores de crecimiento que había en el POUM de 2013 se había puesto en marcha. ¿Es este el problema por el que se explica que los precios sigan subiendo? En 2020, los alquileres en la ciudad se incrementaron de media un 0,7% según el portal Fotocasa, cuando en Barcelona capital cayeron en más del 12%. «Sobre el papel, más pisos de golpe ayudarían a una rebaja. Sin embargo, está todo el tema especulativo del suelo, que vimos en el momento de la burbuja, cuando los promotores lo retuvieron», indica Nasarre.

Para el director de la cátedra de la Vivienda el debate es muy claro: «Hay que plantearse qué quiere ser de mayor Tarragona. A lo mejor si inundas la ciudad de pisos nuevos y realmente bajan los precios sí que se produce un efecto llegada. Se está dando un efecto expulsión en Barcelona, que se van a vivir en la zona del Penedès y podrían venir. Pero, ¿queremos convertirnos en una ciudad dormitorio de Barcelona? Porque es muy probable que esta gente esté allí en el barrio y no haga vida en la ciudad. Y qué hacemos después con el centro». El debate está abierto.

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