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'La independencia ni me va ni me viene. Yo rechazo la violencia'

Con Tarragona paralizada por la huelga, 5.000 personas llenaron el centro por la mañana para condenar la brutalidad policial. También las banderas españolas se llevaron aplausos

Raúl Cosano

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La Plaça de la Font acogió el final del recorrido, que partió de la Imperial Tarraco y transitó ayer por la mañana por el centro de Tarragona.  Foto: david jiménez

La Plaça de la Font acogió el final del recorrido, que partió de la Imperial Tarraco y transitó ayer por la mañana por el centro de Tarragona. Foto: david jiménez

Francisco Gallego es de Cádiz y ‘cadista’ «a muerte», y da fe la zamarra que lleva de su equipo, en mitad de Lluís Companys, mientras la multitud rodea El Corte Inglés, haciendo presión. «La independencia de Catalunya ni me va ni me viene, pero estoy aquí para mostrar mi rechazo a la violencia policial», cuenta. Francisco conserva el acento, a pesar de llevar diez años viviendo en Vila-seca. Es un movilizado más. «La violencia policial no tiene ninguna justificación. Aunque no seas independentista, tienes que estar aquí. Yo, si me tengo que definir, soy antifascista», añade este ciudadano gaditano, que pone el matiz dentro de una concentración que arranca en la Imperial Tarraco y que detiene la ciudad en el día de la huelga. 

Las proclamas independentistas y la alusión a la democracia de otras veces mutan ahora en un griterío unánime y multitudinario contra la represión sufrida el 1-O. ‘Ni perdonem ni oblidem’, sostiene una pancarta. Y otra: ‘No ens toqueu els nostres avis’. Y otra más, la principal, la que encabeza la marcha: ‘No hay suficientes porras para tanta dignidad’. Hay gritos que piden echar a las «fuerzas de la ocupación», un clásico de estos días, y también el alegato recurrente de ‘Els carrers seran sempre nostres’. El primer punto de reunión es ante la Subdelegación del Gobierno. Se congregan alrededor de 2.500 personas. 

Algunas de ellas saludan irónicamente al helicóptero de la Guardia Civil cuando pasa surcando el cielo. Un chaval pasa con la bandera española puesta de capa. ‘¡Ole tú!’, le interpelan, y se lleva aplausos. Más tarde, cuando alguien exhibe una bandera española, se imponen los pitidos, y hay algún amago de tensión. «No pasa nada. Que se manifiesten como hacemos nosotros. No tenemos que dar una imagen que no es real de conflictos en la calle», dice uno de los parlamentos en la Imperial. Hay pancartas de ‘Que s’en vagin’ y, en contraposición, vítores en honor de los Mossos. «La policía tortura y asesina», se grita. La tensión se deja sentir. Ante la Subdelegación del Gobierno, una mujer exclama ‘¡Arriba España!’. Hay simbología de todo tipo: esteladas, senyeras, puntuales banderas españolas, y también republicanas, camisetas del Barça y alguna ikurriña. Por haber, hay incluso un invento llamativo: ondea una mezcla de la bandera de Tarragona con la estelada. 

La concentración se convierte en marcha de manera improvisada, y alguien sugiere ir delante de El Corte Inglés, que por entonces ya ha cerrado sus persianas para evitar problemas. En ellas, varios manifestantes escriben ‘Aquí exploten’. Hay un amago de ir a protestar ante la Guardia Civil o la Policía Nacional.  Al final, frente a la comisaría de estos últimos y delante del Palau de Justícia, la multitud canta ‘Els Segadors’ mientras alguien coloca una flor a la estatua de Lluís Companys. 

Los conatos de contienda se apaciguan. Hay cordialidad. Muestra de ello es el ejemplo de Cristina Cebrián y Olga Muñoz. Son amigas y tienen 16 años. Cristina lleva a la espalda la estelada y Olga la rojigualda. Ellas son una de las sensaciones:«Queremos demostrar que se pueden dejar de lado las diferencias. Nos une la denuncia contra la represión, independientemente de lo que pensamos». Les hacen fotos, les preguntan y hasta les dan besos, agradecidos, algunos de los manifestantes. La comitiva enfila la Rambla Nova exhibiendo indignación desbocada. Se vuelven a leer algunos carteles: ‘Som totes les veus que no podreu callar’, ‘Esports de risc: rafting, puenting, voting…’ y ‘Sols lo poble salva el poble’. 

Hay quien compara el conflicto con una relación de pareja: ‘Espanya, lo nostre no funciona. No ets tu, sóc jo!’. Por la Rambla, algunos manifestantes se encaran con comercios que tienen abierto, pero no va a más. En la Part Alta, los turistas se topan con la gente y hacen fotos. Alrededor de 5.000 personas acaban llenando la Plaça de la Font. Se escuchan gritos de ‘Ballesteros dimissió!’. 

Jordi Martí y Laia Estrada, concejales de la CUP, acaban llevando la batuta. «Queremos decidirlo todo y ya lo hemos hecho. Esta semana se va a proclamar la República», anuncia Martí ante las puertas del Ayuntamiento. El alcalde vuelve a recibir. «Ballesteros está escondido de su pueblo porque él sí que tiene miedo», dice Laia Estrada. Ambos denuncian que no se les estaba permitiendo entrar en el ayuntamiento del que forman parte, pero acaban accediendo. Están en la ventana, puño en alto, con una estelada. Es el broche, sólo por ahora, porque la revuelta sigue en las calles.

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