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«La lucha de las mujeres debe ser cosa de hombres»

Más allá del padre. El hijo de Vicente Ferrer nació, creció y sigue luchando desde un crudo lugar de la India. Un sitio único para demostrar que la educación puede cambiar la vida de las personas

NORIÁN MUÑOZ

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Moncho Ferrer estuvo ayer de visita en Tarragona para hablar de los retos de la fundación. FOTO: PERE  FERRÉ

Moncho Ferrer estuvo ayer de visita en Tarragona para hablar de los retos de la fundación. FOTO: PERE FERRÉ

Tarragona se convirtió ayer en la primera parada del viaje que llevará a Moncho Ferrer, director de proyectos de la fundación que lleva el nombre de su padre, por diferentes ciudades de España. Celebran 50 años de trabajo en la India, donde llegan a casi tres millones de personas.

Nació, creció y vive en Anantapur, India. ¿Cómo se la describiría a alguien que no ha estado?

Hay un estado en India al que conocen como God’s Own Country (el propio país de Dios). De Anantapur dicen justo lo contrario, que es ‘el sitio que Dios dejó’. Es semidesértico, una zona de mucha pobreza, violencia, analfabetismo... Un sitio muy duro para vivir. Nadie quería ir y por eso mi padre fue allí.

Estudió en Reino Unido y tuvo la oportunidad de quedarse a trabajar en cualquier otro lugar. ¿Por qué regresó?

Yo siempre digo que no volví porque nunca me fui. La primera vez que salí de India fue con 18 años, cuando mis padres dijeron: «Moncho, tienes que ver cómo es el mundo». Después pasé unos meses en España para aprender español.

Usted vive allí con su familia.

Sí, tengo dos hijas de 17 y 13 años. Mi mujer es de un pueblo escondido en las montañas en el sur de Anantapur.

La Fundación ha conseguido el 100% de escolarización en primaria. ¿Por qué es un hito?

Conseguirlo en la primaria nos costó casi 30 años. El problema es que cuando va subiendo el nivel lo van dejando, sobre todo las chicas.

Ya tienen gente que ha llegado a la universidad. ..

Sí, hay miles y miles de casos. Tenemos profesores, políticos, jueces, empresarios... Puedes ver que todos dicen lo mismo: «Valoramos mucho la oportunidad que nos ha dado la fundación y queremos hacer lo mismo, ayudar a otros, ser solidarios».

Una de las claves en los programas en contra de la desigualdad social de la fundación es el deporte, ¿por qué?

Es algo que he vivido desde pequeño. Me di cuenta de que el deporte era el único sitio donde no había castas, religiones, discriminación... El deporte nos ha ayudado a incluir en una sociedad que excluye.

Se han especializado en deporte para personas con discapacidad.

Tenemos personas que han logrado medallas en los Special Olimpics representando a India... Recuerdo que pregunté a un chico qué había cambiado después de volver de las olimpiadas y me decía que desde entonces no anda solo. Antes, cuando caminaba desde la parada del autobús hasta su casa, cuenta que nadie lo veía, pero ahora que tiene un nombre todo el mundo quiere hablar con él, conoce su nombre.

¿Cómo es la situación de las niñas y las mujeres?

En todo el mundo hay discriminación de género, en mayor o en menor medida. En India todavía hay una gran diferencia entre las ciudades, que están avanzando más rápido, y las zonas rurales, donde todo va más despacio. El principal problema es que la mujer no es valorada, no tiene educación, no tiene trabajo, no tiene propiedades, no puede ser heredera, no puede tomar decisiones... El hombre tiene el poder y lo demuestra con violencia. Un ejemplo son las bodas infantiles.

¿Cómo intervienen?

Antes casi cada niña de zona rural de 12 o 13 años era casada. Ahora son los grupos de mujeres los que se responsabilizan de que no se produzcan estas bodas. Si ellas pueden lo arreglan por sí mismas, si no, recurrimos a las autoridades locales. Tenemos una campaña muy potente.

Dice que han entendido que los hombres tienen que ser partícipes del cambio.

Sí, los hombres tienen que ser parte. Mi madre siempre me decía que esto no es sólo cosa de mujeres. ‘Tú y hombres como tú tenéis que estar al frente, luchando’.

¿Cómo es trabajar con su madre?

(Risas) Ella es ‘the boss’ (es presidenta de la Fundación). Discutimos, pero tiene la última palabra.

¿Pesa mucho el apellido?

Para mí no es un peso, al contrario, me ayuda mucho... He tenido mucha suerte de los padres que he tenido.

Han llegado a millones de personas, pero cuénteme historias que pongan cara a lo que hacen.

Son miles, lo veo cada día... Recuerdo a un chico que vino a verme cuando iniciamos el proyecto de escuela profesional, donde enseñamos idiomas extranjeros y herramientas para buscar trabajo. Era de un pueblo y había acabado sus estudios con mucha dificultad. Vino con otro amigo a pedirme un trabajo, cualquier trabajo, porque no tenían nada. Les ofrecí entrar en el proyecto. Al principio no querían porque tenían mucha necesidad, pero les ofrecimos alimentación y un sitio para vivir. Un año más tarde encontraron trabajo en dos empresas multinacionales. ¡Cambió su vida! Ahora todo el pueblo quiere entrar en el programa... Sólo necesitaban una oportunidad.

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