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Tarragona Turno de Noche

La medicina al rescate

Píldoras del día después, preservativos, jarabes o potitos centran las ventas en una farmacia de guardia en plena zona de ocio nocturno de la Part Alta

Raúl Cosano

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Antonio Salazar, en su farmacia, en Cós del Bou. FOTO: PERE FERRÉ

Antonio Salazar, en su farmacia, en Cós del Bou. FOTO: PERE FERRÉ

Las noches de guardia en la farmacia de Antonio Salazar (46 años), entre Cós del Bou y Plaça de la Font, son a veces un tratado de la fiesta nocturna. Por aquí, en el meollo del ocio de la Part Alta, se cuela una diversidad entretenida, la que corresponde con esa ciudad que no duerme. «Coges todo lo divertido de la noche», dice con sorna. «Si tienes familia, este turno cuesta, pero es algo que se tiene que hacer. Tienes más responsabilidad, porque te ves solo tú para dar ese servicio», asume Antonio en la rebotica, donde enseña un colchón para descansar en esas largas madrugadas que empiezan a las diez de la noche y acaban a las nueve de la mañana.

La labor, en una rotación ya establecida, le toca a una farmacia de Tarragona cada 34 días. «Aquí descansas un poco, pero dormir es complicado. Nos levantamos cada cuarto de hora, aunque a partir de las dos de la mañana baja la afluencia. Siempre estás pendiente del timbre o del teléfono», explica este farmacéutico casi de raza, con el oficio grabado en el ADN. Antes había ayudado a su padre en otra farmacia en Pin i Soler. Es titular del establecimiento desde 1999 y constituye la tercera generación del gremio. Su esposa también trabaja en el sector.

«Cambia mucho el perfil de gente que te viene en comparación con el día. Vienen las urgencias del hospital, o de médicos de mutuas, muchos papás con críos que tienen patologías respiratorias. La venta por la noche suele ser más impersonal, la haces a través de la persiana, no te alargas mucho porque a veces el taxi o el coche está esperando», argumenta Salazar. Entrada la madrugada, suelen desfilar nombres como Dalsy, Estilsona, Ventolin o cámaras de inhalación. También hay otras dolencias intempestivas clásicas, como el dolor de muelas o de barriga. «Después vienen las urgencias que no son realmente urgencias», admite Antonio. Ahí se incluyen potitos o chupetes, remedios vitales para los padres en noches de insomnio en las que hay que lidiar con un bebé más protestón que de costumbre. Más que nunca, la farmacia se vuelve aquí el último reducto para la resolución de un problema que, de otra manera, se enquistaría en la noche.

En esta zona de paso para la farra, se nota el incremento del negocio los jueves y los viernes. «Vienen muchos a por anticonceptivos, sobre todo preservativos pero también mujeres que a las cuatro de la mañana se acuerdan de tomar la pastilla», cuenta Antonio.

Otro producto estrella, en mitad de esas cuitas nocturnas a veces llenas de apuros, es la píldora del día después. «Normalmente viene él, y hay que hacerle algunas preguntas e informarle bien. Se le dice que no es un método anticonceptivo, sino de emergencia», cuenta. Pero la madrugada en la farmacia, esos servicios a deshoras, dan para mucho más. A veces, al otro lado de la reja no se viven encuentros amables. «Lo peor son las situaciones incómodas en las que alguien va a buscar un medicamento que no se puede dispensar sin receta. A veces es difícil hacérselo entender. En algunos pueblos pequeños, el farmacéutico de guardia no duerme en el negocio, sino en casa, y sólo acude si el cliente lleva receta y va acompañado de la urbana».

A colación de los guardias, Antonio desgrana una de las anécdotas: «Una vez vino la Guardia Urbana a pesar droga que había incautado. La policía, en el turno de noche, es un cliente más o menos común». Conforme avanza la noche, baja el ritmo y el trabajo se espacia más, hasta que llegan las nueve de la mañana, hora de salir a una Plaça de la Font ya radiante y viva. Entonces toca ducha y, ahora sí, recuperar el sueño perdido.

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