Más de Tarragona

La refinería de Tarragona por dentro

El petróleo se convierte en combustible tras un largo proceso en el que intervienen capitanes de barco, operadores, técnicos de laboratorio y medio ambiente, panelistas, transportistas...

Xavier Fernández

Whatsapp
Un barco que permanecía atracado en el pantalán de Repsol el pasado jueves. Media docena de técnicos de operaciones se encargan de los atraques de los buques. Foto: Pere Ferré

Un barco que permanecía atracado en el pantalán de Repsol el pasado jueves. Media docena de técnicos de operaciones se encargan de los atraques de los buques. Foto: Pere Ferré

Isabel López, técnica de operaciones, es capitana de barco. Foto: Pere Ferré

Isabel López, técnica de operaciones, es capitana de barco. Foto: Pere Ferré

El pantalán tiene una longitud de un kilómetro. Al fondo la escollera del Port de Tarragona.

El pantalán tiene una longitud de un kilómetro. Al fondo la escollera del Port de Tarragona.

La superficie total del complejo industrial de Repsol es de 368 hectáreas. Fotos: Pere Ferré

La superficie total del complejo industrial de Repsol es de 368 hectáreas. Fotos: Pere Ferré

La torre de destilación refina el crudo que ha calentado previamente el horno. Foto: Pere Ferré

La torre de destilación refina el crudo que ha calentado previamente el horno. Foto: Pere Ferré

Un horno calienta el crudo para facilitar su destilación y la obtención de otros productos.

Un horno calienta el crudo para facilitar su destilación y la obtención de otros productos.

Blas Moreno y Montserrat Montragull, en una de las salas del laboratorio. Foto: Pere Ferré

Blas Moreno y Montserrat Montragull, en una de las salas del laboratorio. Foto: Pere Ferré

El doctor José Ángel Benedicto y la enfermera Ramona Amenós. Foto: Pere Ferré

El doctor José Ángel Benedicto y la enfermera Ramona Amenós. Foto: Pere Ferré

Josep Maria Guri controla el pantano de El Catllar, propiedad de Repsol. Fotos: Pere Ferré

Josep Maria Guri controla el pantano de El Catllar, propiedad de Repsol. Fotos: Pere Ferré

Uno de los 45 tanques de la refinería. Tiene capacidad para 22.ooo metros cúbicos. Foto: Pere Ferré

Uno de los 45 tanques de la refinería. Tiene capacidad para 22.ooo metros cúbicos. Foto: Pere Ferré

Jordi Sedó y Carlos Heredia, dos de los panelistas de la sala de control de olefinas. Foto: Pere Ferré

Jordi Sedó y Carlos Heredia, dos de los panelistas de la sala de control de olefinas. Foto: Pere Ferré

Isabel López es capitana de barco. Tras nueve años surcando el mar, decidió desembarcar y encontró trabajo en Repsol. Es algo así como la recepcionista que acoge –o despide– a los buques que atracan en el pantalán, ese haz de un kilómetro de longitud y 40 tuberías que se observa desde la escollera de Tarragona y las playas de La Pineda y Salou.

El pantalán es el punto de entrada de los buques cargados con todo tipo de productos que luego la refinería trata y convierte, por citar sólo un ejemplo, en gasolina. La refinería constituye una de los brazos del complejo industrial de Repsol en Tarragona. Los otros son Repsol Química, Repsol Butano y Repsol Exploración.

Isabel está feliz por hallarse en tierra. Ama el mar pero no añora los periodos de hasta seis meses que pasaba sin bajar del barco. «Lo más duro –recuerda– era estar lejos de tu gente tanto tiempo. Pero tienes un montón de energía y ganas y quieres conocer nuevas experiencias. Ahora veo como se van los barcos y pienso ‘guay, yo no me voy’».

Explica que los responsables de Trading de Repsol adquieren los barcos con petróleo, en función del precio, su procedencia, la distancia con su punto de destino, el producto que quiera obtener la refinería... Una vez comprado el contenido del buque, se concreta el día y hora de llegada.

En función del tamaño del barco, se determina la plataforma del pantalán en que atracará. A medida que se va acercando a su punto de destino, la embarcación lanza señales de aviso.

Los barcos más grandes se conectan a la monoboya a pocos metros del pantalán pero sin limitaciones de espacio. De la monoboya parte una tubería submarina que, al igual que el pantalán, se conecta a las conducciones subterráneas que transportan el producto a la refinería.

El buque ha de comunicar por seguridad una serie de datos, como los doce últimos puertos en que ha atracado o el listado de tripulantes. Luego viene lo más complicado:que el buque ‘aparque’ en el pantalán, gracias a la ayuda de los prácticos.

La pericia de los profesionales es básica para que no haya ni accidentes –en febrero de 1993 el petrolero danés Robert Maerks partió el pantalán y provocó un enorme vertido– ni fugas. Pero también es fundamental aplicar una exhaustiva serie de medidas de seguridad.

Seguridad es el mantra repetido hasta la saciedad en todas las instalaciones: no se puede hablar por móvil en el exterior y hay marquesinas habilitadas para fumar bajo ellas y con pequeños depósitos con cerillas ya que está prohibido portar mecheros. Incluso la empresa se ha convertido en una especie de Guàrdia Urbana: si cualquier transportista supera el límite de velocidad en el interior del complejo es multado.

El pantalán cuenta con un sistema pionero, el Heads, desarrollado por la propia Repsol y la empresa tecnológica Indra. Isabel lo muestra con orgullo:nueve cámaras de infrarrojos que enfocan al mar y detectan cualquier fuga de hidrocarburos por la diferencia de temperatura. También dispone de un radar que puede señalar los ecos de la mancha. El sistema analiza y almacena en la memoria los falsos positivos: es decir lo que había determinado como vertido y en realidad no lo era.

Los espectaculares brazos de carga del crudo incorporan el sistema breakaway, un acople de seguridad en seco que se instala entre la manguera o brazo de carga y un punto móvil de carga. Si la conexión entre la manguera y el punto móvil se rompe, no hay fugas ya que se cierra automáticamente.

Tanques de 100.000 m3

El producto que se ha descargado fluye por las tuberías hasta unos depósitos intermedios desde donde se bombea a la refinería. Allí va a parar a unos enormes tanques para obtener un producto homogéneo ya que el crudo tiene diferentes características según su origen. Se puede descargar crudo del barco al pantalán a un ritmo de 6.000 metros cúbicos a la hora.

Ángel García es técnico de la refinería. Explica la ‘vida’ de los tanques al detalle: cómo se llenan del producto final, una vez refinado, que se envía a través del rack a CLH, la compañía que distribuirá mediante camiones cisterna la gasolina a cada estación de servicio.

García relata cómo los depósitos se ‘tapan’ con unas cubiertas especiales que impiden que se formen gases. Cada tres días, Repsol puede vaciar un tanque de 100.000 metros cúbicos tras haber refinado el crudo.

La refinería dispone de 45 tanques con una capacidad que va desde los 4.500 metros cúbicos para los que albergan nafta a los 100.000 metros cúbicos, que se usan para almacenar crudo.

Esta semana uno de ellos, de 22.000 metros cúbicos, estaba vacío por labores de mantenimiento. Su interior es como una inmensa y casi claustrofóbica plaza de toros oscurecida por el techo. Pero se ilumina cuando se accede por una escalerilla a dicho techo. Los visitantes son minúsculas hormigas entre descomunales paredes de metal.

Destilación, vacío...

El producto ya homogéneo es calentado en unos hornos y luego va pasando por diferentes torres, según detalla Manel Villalta, jefe del área de destilación.

La primera etapa es la torre de destilación. En ella entran 1.200 metros cúbicos de crudo a la hora. Destila 550, que se convierten en naftas, queroseno, diesel, gasoil...

El residuo sobrante pasa a la torre de destilación al vacío que purifica otros 350 metros cúbicos. Los 200 m3 finales se derivan a la unidad viscoreductora.

Manel es uno de los 721 trabajadores de la refinería. En total el complejo emplea directamente a 1.350 personas.

Sendas escaleras de gato permiten acceder a cada una de las 120 torres. La más alta de ellas llega a los 100 metros de altura. A sus pies, un inmenso mar de tuberías, válvulas, conductos, escalerillas... Al fondo, los municipios que conviven con la química en una particular relación de amor-odio, que se hace particularmente complicada en episodios de malos olores o de las llamaradas que emanan de alguna de las doce chimeneas del complejo, tres de ellas propiedad de otra empresa, la multinacional norteamericana Dow.

Desde la empresa se sostiene que «siempre ha habido episodio de antorchazos. Son para eliminar los gases del proceso en paradas no programadas. La prioridad es la seguridad:de las personas, de las instalaciones y del entorno. El problema sería si no estuvieran. Las antorchas son un elemento de seguridad. Puede que haya molestias lumínicas y sonoras, pero no podemos evitarlo. No hay una tecnología que evite el uso de las antorchas. No son un problema medioambiental. Hay más sensibilización ahora. Antes no importaba tanto».

Tres salas de laboratorio

La llegada del crudo desde el pantalán o su salida hacia los clientes de la refinería activa uno de los dos laboratorios del complejo industrial. El otro está en Repsol Química. El de la refinería tiene tres salas: de aguas, de combustible y de cromatografía.

Montserrat Montragull, jefa de Laboratorio, y Guillermo Encinas, responsable del laboratorio de combustibles, explican que analizan tanto las muestras procedentes de los barcos como el producto que Repsol va a suministrar a sus clientes: «El producto no se vende hasta que no damos luz verde de que se adecúa a las especifidades que se hayan determinado». Cada producto debe pasar por unas pruebas determinadas. En el laboratorio trabajan 27 personas a turnos.

El proceso es vigilado desde la sala de control, donde unas enormes pantallas parpadean con multitud de luces. Jordi Sedó y Carlos Heredia son dos de los panelistas de la sala de olefinas. Han de velar por que todos los parámetros –temperatura, presión...– sean los correctos. Trabajan según el turno europeo, en que se alternan horario de mañana, tarde y noche durante 21 días seguidos para disfrutar luego de diez días de descanso.

En la misma sala, que cuenta con dos zonas de pantallas de control, Francesc Giner maneja unos planos en papel de la refinería. Los planos son un complemento al maremagnun de luces y pilotos de las pantallas.

Un búho como ‘paciente’

Aunque no intervienen en el proceso productivo, el médico y las enfermeras del complejo son un elemento básico. «Nos encargamos de la vigilancia de la salud –explica el doctor José Ángel Benedicto–: que el trabajo no dañe la salud del trabajador y que éste sea apto para su actividad laboral. Lo más frecuente que vemos son catarros y faringitis en invierno o alergias en primavera».

No falta algún paciente por sorpresa. Benedicto recuerda que unos operarios le avisaron de que habían encontrado un búho que no podía volar. Se lo llevaron a la consulta y el doctor avisó a los agentes rurales.

Aquello fue un toque ‘ecológico’. Repsol insiste una y otra vez en su compromiso medioambiental. El alma de ese compromiso es Lucía Pérez-Porro, una técnica de 29 años con una sonrisa permanente. Se encarga del control de emisiones de CO2, de que se cumplan determinados requisitos de calidad que exige Puertos del Estado, del voluntariado medioambiental... Está en contacto con los técnicos de la Generalitat que gestionan los datos proporcionados por las casetas de control medioambiental, como la situada junto al barrio de las 600 viviendas de Constantí. Lucía se encarga de reponer el material que necesitan las casetas.

Una presa de 70 m. de altura

Pérez-Porro es el enlace con Héctor Hernández, coordinador del Centre d’Educació Ambiental Hort de la Sínia, que custodia un terreno de 20 hectáreas propiedad de Repsol. Está situado junto a la presa del Gaià, en El Catllar. Hernández desarrolla actividades como la preservación de biodiversidad en el entorno del Gaià o ayuda al voluntariado corporativo.

El pantano de El Catllar, de 70 metros de altura, es la reserva de agua de la refinería. En función de la cota del pantano, el complejo industrial consume más o menos agua del Ebre, según Josep Maria Guari, mando intermedio y responsable del control de la presa, de la cual parte una tubería de 80 centímetros de diámetro y que llega a la refinería tras recorrer 14 kilómetros. Una distancia ínfima comparada con la longitud total de las tuberías de la refinería: 50.000 kilómetros. Como para completar de sobras la vuelta a la Tierra.

Temas

  • TARRAGONA

Comentarios

Lea También