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La ruta del colesterol

Tienen entre 60 y 90 años y caminan a trote rápido y a diario entre Torreforta, Campclar y Bonavista. Esta prescripción médica contra la hipertensión y el reuma cambia el paisaje de los barrios de Ponent
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Paseantes por Campclar, junto a la N-340, por donde transita la ruta. Foto: Lluís. Milián

Paseantes por Campclar, junto a la N-340, por donde transita la ruta. Foto: Lluís. Milián

María Gracia, 83 años, presume de agilidad. «Me puedo agachar, sentarme donde sea y hasta limpiar el suelo», asegura. «A esta edad no hay que amodorrarse en casa», cuenta en plena ruta mañanera (son las 8.30 horas) por Campclar, junto a la N-340. María Gracia hace tándem atlético con Margarita Cano, de 68 años. Trotan deprisa, a ritmo de paseo rápido. Sudan, van a veces sin resuello; se cansan, en definitiva.

Hasta se tercia un chándal para imprimirle intensidad a la cosa. El goteo de caminantes es constante, y más ahora que no azota el calor que después traerá el mediodía. El nombre oficioso ha hecho fortuna. «Esto es la ruta del colesterol», cuenta Clara (48 años), que pasea junto a su pareja, Fèlix (50), habituales de este trayecto que suele enlazar Torreforta y Bonavista, en paralelo a los barrios de Ponent: «Nos encontramos a muchísima gente andando. Y personas de todas las edades». En este peregrinaje está la clave de la buena salud de María Gracia, esa octogenaria y vecina de Torrenova que presume de destreza física. 

La escena es costumbrista pero también, si se quiere, sociológica y hasta puramente demográfica. Entre bloques de barrios obreros y periferia humilde, proliferan los mayores que le dan al andar casi por prescripción médica; sintomático, en una sociedad cada vez más envejecida y con una mayor esperanza de vida. «Tengo azúcar. El médico me dijo que tengo que salir a andar, y en ello estoy. Tengo 68 años y hace ocho que camino», explica Mariana, una de las mujeres que circulan junto al carril bici. Su ruta conecta cada mañana La Canonja con Torreforta. 

La de Víctor Gómez (60 años) es similar. Sale a las 7.30 horas y recorre alrededor de seis kilómetros. «Salgo por salud. A ciertas edades tienes que moverte», admite Víctor. Antonia Expósito (70 años) camina junto a su marido y a una vecina, Pilar, de 63 años. Lucen ropa para la ocasión: polos o camisetas, pantalones cortos y zapatillas de runner. 

A pocos metros, por detrás, otro trío. Y así todo el rato. Al atardecer volverán los grupillos, que forman un paisanaje que compite con otros usuarios de estas aceras del extrarradio: los runners, bastante más jóvenes, que también corren –a más velocidad, claro está– por estos lares. «Me encuentro mucho más ágil, me va muy bien venir a andar», reconoce Antonia. «Lo último que hay que hacer es encerrarse en un piso o tirarse en el sofá todo el día», comenta Margarita Cano. 

Ellos no llevan cronómetro, no tienen una app de running, no cuelgan su récord en las redes ni se hacen selfies después empapados en sudor. Pero se emperran como el que más en hacer deporte como un alegato de la salud, arrinconando a la hipertensión, al colesterol, al azúcar, al reuma, a la obesidad. La llegada de personas no se detiene. Emilia, Rosario, Carmen, Ángeles… También hablan de los hijos, de los nietos, de la familia, de la vida en general, y crean comunidad. 

No es baladí que suela ser casi siempre una actividad grupal. El médico tarraconense Jordi Daniel está habituado a recetar deporte a los mayores en su consulta: «Es una actividad muy positiva, que además promueven los centros de primaria. A veces puede haber incluso un monitor que guíe. Hablamos de grupos de edad que tienen a veces dificultades en aspectos sociales y esa actividad trabaja mucho eso». 

Algunos hacen el trayecto directo: desde Torreforta, hasta Bonavista, en ida y vuelta. Otros dan algo más de rodeo. Es habitual verles luego bajar por otro sitio clásico de estos periplos: la Avinguda Tarradellas, que en la jerga callejera del lugar se denomina Cuesta del Pulpo, y surcar un Campclar que, además, ofrece vistas suculentas: toda la anilla mediterránea –lago y pabellón incluidos– en construcción. Antonio y José, jubilados, son dos valientes: llegan a calzarse nueve kilómetros diarios: «Salimos a caminar casi cada día y nos encontramos mucho mejor».

A pesar del madrugón, a todos ellos se les ve enérgicos, entusiasmados y satisfechos por sus proezas cotidianas. Margarita Cano hace a veces sesión doble, y por la tarde recorre la Rambla de Ponent. María Gracia no falla ni un día. Lo cuentan con un puntito de orgullo, por la pequeña épica de las historias que esconde la ruta del colesterol, aunque luego no las cuelguen en Facebook ni aparezcan en Runtastic. 

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