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La solidaridad que combate el frío

Entre quienes buscan ayuda porque no tienen qué comer o dónde dormir ya no se cuentan sólo personas que viven en la calle, sino parejas y familias autóctonas que han perdido todo recurso
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Más de 50 voluntarios se encargan de preparar los desayunos cada día. También trabajarán mañana.  Foto: Lluís Milián

Más de 50 voluntarios se encargan de preparar los desayunos cada día. También trabajarán mañana. Foto: Lluís Milián

Si se echa una mirada rápida a las mesas de Café i Caliu, la cafetería social de Cáritas en Tarragona, es inevitable no fijarse en Marta (nombre ficticio). Esta mañana es la única mujer en una sala completamente masculina. Tiene 24 años y una sonrisa que no se le borra de la cara a pesar de lo desesperada de su situación. No tiene trabajo desde hace cinco años y su marido, que carece de empleo desde hace tres, está gravemente enfermo y a la espera de un trasplante. Tienen un niño de 18 meses. Viven en un pequeño piso en la Part Alta que tendrán que desocupar a finales de enero. No reciben ninguna ayuda económica (ella es navarra y tienen menos de un año empadronados en Tarragona) y sobreviven gracias al apoyo de la familia y a los alimentos que les da Cáritas en su parroquia.

Marta es una de las más de 100 personas que desayunan cada día en la cafetería. En un principio los usuarios eran sobre todo personas sin hogar, pero José Ramon Bahillo, voluntario que coordina el proyecto, explica que cada vez tiene más casos como el de Marta, personas autóctonas que no tienen qué llevarse a la boca.

Todos los usuarios son atendidos por una trabajadora social que estudia su situación económica. Las peticiones aumentan significativamente con el frío.

El funcionamiento de la cafetería está a cargo de cerca de 60 voluntarios. La mayoría son jubilados, especialmente mujeres y, aunque tienen distintas edades, Bahillo cuenta con orgullo que dos voluntarios superan los 80 años.

Pero la cadena de solidaridad no podría completarse sin el apoyo de distintas empresas que colaboran: Consum, el Corte Inglés, Automatic Tarraco, Fleca Flaqué, Can Vicenç, Granja Quart d’hora, Pastelería Rabasso, la confitería Peñarrubia y la peluquería Salmerón, entre otros.

Cuentan con aportaciones, además, del Banc dels Aliments, y de algunos ciudadanos que siempre se acercan a donar alimentos. Bahillo aprovecha para comentar que «falta Colacao, azúcar y latas de conserva».

Mañana, día de Navidad, como cada día, habrá 10 voluntarios trabajando en la cafetería y no sólo sirviendo comida, sino también brindando compañía. «Los que trabajamos aquí recibimos mucho. Es una realidad que si no la ves no eres capaz de entenderla», cuenta.

Marta, por su parte, asegura que estas fiestas nunca le han gustado. «A mí me gusta ser positiva, pero parece que en Navidad todo el mundo tiene que estar encantado de lo bonita que es la vida».

 

Un respiro, no la solución

Teresa Beá, también voluntaria, tampoco descansará por Navidad. Ella comenzará a las 8 de la mañana, como cada día.

Beá da la cara en una pequeña cabina a la entrada del mismo edificio donde está Café i Caliu y se encarga de administrar las camas que ofrece la Fundació Bonanit para personas sin hogar. 20 de esas camas están en este edificio de la Part Alta, 8 en la pensión Carmen y 8 en la Pensión Alhambra. Beá, quien lleva 8 años realizando la misma labor, cuenta que este año, por primera vez, no tienen todas las camas ocupadas en época de frío. Eso sí, reconoce que quienes llegan cada vez están más deteriorados desde el punto de vista psicológico.

También le llama la atención la presencia de mujeres, algo que hace unos años era inexistente. La mayoría vienen en parejas que se han quedado en la calle.

Pero no se engaña, conoce a muchos de los usuarios y sabe que, más allá de los cajeros de los bancos, hay muchos que viven en chabolas en zonas como el Llorito. «Estas camas son un respiro, una ayuda muy importante, pero no la solución», dice. Se refiere a que los usuarios sólo pueden permanecer en el albergue durante 15 días y luego deben pasar tres meses antes de volver a solicitar la ayuda.

«Es un trabajo duro, te toca decir que no muchas veces», reconoce, «pero intentas escuchar; muchas veces es lo único que puedes aportar», avisa.

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