La vuelta al trabajo más esperada

Vida. El confinamiento y la vuelta a la rutina no han sido iguales para todos, en Estela lo saben bien

N. MUÑOZ

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Kiko, Jordi y Gloria a a la entrada del taller de Estela. FOTO: Pere Ferré

Kiko, Jordi y Gloria a a la entrada del taller de Estela. FOTO: Pere Ferré

A la entrada del taller de Terapia Ocupacional de la Fundació Estela per a la Discapacitat, varios carteles recuerdan las medidas con las que tenemos que convivir en tiempos de pandemia: mascarilla, distancia interpersonal, gel hidroalcohólico... Y un símbolo que significa ‘prohibido abrazar’.

El no poder abrazarse ha sido, de hecho, una de las instrucciones más difíciles de cumplir porque, tal como luego nos explicaría Jordi Vives, uno de los usuarios del taller, «nosotros lo que somos aquí es una familia».

Pero, incluso sin los acostumbrados abrazos, el regreso al trabajo de estos días no podía ser más esperado. Para la mayoría implicaba poder volver a las rutinas que se rompieron con un confinamiento que se alargó casi seis meses. Y es que, hay que tener en cuenta que muchas de las personas que vienen al taller viven en la residencia de Estela y las residencias de personas con discapacidad limitaron las visitas y salidas mucho más allá de la desescalada.

Ahora, explica Blanca Ferrer, directora del taller, la mayor parte de los esfuerzos están concentrados en conseguir que los usuarios interioricen todas las normas sanitarias. «Las mascarillas agobian y te duelen las orejas, pero hay que aguantar», dice Kiko Granero, otro usuario.

«Sentí una gran animación»

En este taller, como ya se puede inferir a estas alturas, nadie habla de síndrome postvacacional. Kiko cuenta que cuando le dijeron que podrían volver «sentí una gran animación». Gloria Pino, otra usuaria, a su lado, recuerda que se puso a aplaudir. Los más de ochenta usuarios se han ido reincorporando escalonadamente y desde esta semana ya están todos. Ellos han sido, de hecho, los encargados de empaquetar el ‘domàs’ de las fiestas de Santa Tecla, cuyos beneficios irán este año a la fundación Estela.

¿Por qué somos diferentes?

Pero si el taller es el trabajo, la residencia que tiene la Fundació Estela en Sant Pere i Sant Pau es la casa de una treintena. Su directora, Ana Sánchez, reconoce que aquellos días las emociones eran un puzle difícil. Por un lado estaban los residentes, que no podían salir; por otro las familias, que no les podían visitar, y también los trabajadores que tenían que extremar los cuidados fuera del centro para no contagiarles. «El comportamiento de los usuarios fue ejemplar, ellos eran los que venían a darte ánimos y te decían ‘tranquila chata, que nosotros estamos bien». Y, efectivamente, estuvieron bien: nadie se contagió.

Gloria, que vive en la residencia, comienza a enumerar todas las actividades que hicieron durante el confinamiento: Sant Jordi, un concurso de Got Talent que duró todo un día, fiesta de la espuma y hasta una Feria de Abril que duró varios días con todo y su alumbrado. «Tenías que vernos por Tarragona, con todo cerrado, buscando luces de Navidad», recuerda Sánchez entre risas.

Las ocho de la tarde el momento de los aplausos al final se convirtió en todo un acontecimiento. Hacían tanto escándalo que pese a que están a bastante distancia, los vecinos se dieron cuenta y se comunicaban con ellos con luces y música.

Durante el día los monitores del taller se trasladaron a la residencia para seguir con la actividad y los horarios. Desde antes del confinamiento las familias ya tenían días de llamada y videollamada «y tuvieron una enorme paciencia que les agradecemos», recuerdan las directoras.

Más difícil resultó explicar a los residentes, cuando comenzaron a ver personas paseando por las calles los primeros días de la desescalada, por qué no podían salir «¿por qué somos diferentes?». les llegaron a preguntar.

Nos despiden con cariño y un saludo codo con codo.

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