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Las olas de Covid han aumentado la mortalidad y la gravedad del ictus

El Joan XXIII, el Verge de la Cinta de Tortosa y el Hospital Móra d’Ebre reflejan en un estudio demoras de hasta dos horas en la atención

Raúl Cosano

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Los pacientes con ictus o los familiares tardaron más en acudir al hospital y tuvieron dificultades en contactar con el SEM.  FOTO:DT

Los pacientes con ictus o los familiares tardaron más en acudir al hospital y tuvieron dificultades en contactar con el SEM. FOTO:DT

«Desgraciadamente la pandemia ha repercutido en todos los sistemas, y especialmente en los momentos de crisis. Cada vez que ha habido brotes se ha notado, pero fue la primera ola el momento más crítico», reconoce el doctor Xavier Ustrell, especialista en neurología del Joan XXIII. Él es uno de los autores del estudio  ‘Cuellos de botella en el sistema de atención al ictus agudo durante la pandemia Covid-19 en Catalunya’, un informe científico en el que también han intervenido el Verge de la Cinta y el Hospital de Móra d’Ebre.

El documento recoge el impacto de la pandemia en el código ictus. Las conclusiones son contundentes: «Los pacientes que sufrieron un accidente cerebrovascular agudo tuvieron mayores probabilidades de un resultado funcional deficiente y de muerte». Añade el estudio: «El brote de Covid-19 llevó al límite los sistemas de atención de accidentes cerebrovasculares. Las deficiencias pandémicas resultaron en una mayor mortalidad y peores resultados clínicos». 

Más incidencia en la primera ola

Las incidencias se han alargado durante toda la emergencia sanitaria, si bien se concentran sobre todo entre los meses de marzo y mayo de 2020, el periodo que analiza el informe. «El análisis que hemos hecho de los datos auditados ha corroborado las sensaciones que teníamos por entonces, cuando notamos un descenso de los códigos ictus y que los pacientes llegaban mucho más tarde. El sistema estaba muy tensado y todo el mundo estaba dando la importancia a la asistencia a la Covid-19», indica Ustrell. El balance científico ha permitido ver dónde estaba el principal problema. «Los puntos más vulnerables fueron el colapso del SEM prehospitalario y la disminución de las activaciones de códigos de ictus», relata el trabajo. «Vimos que había un problema previo, de gran retraso, antes de la llegada al hospital. Quizás en ese ambiente de confinamiento, influía el factor del aislamiento, mucha gente mayor sola en casa, o situaciones en las que la familia tardaba en darse cuenta de lo que pasaba. También podía influir la dificultad para contactar con el SEM», cuenta Ustrell. 

Un informe sostiene que hubo retrasos antes de llegar al hospital por el colapso de la pandemia

El informe mantiene que «hubo correlaciones significativas entre el aumento del número semanal de casos de Covid-19 y más llamadas al SEM y retrasos prehospitalarios más prolongados». El resultado fueron pacientes que llegaron más tarde y que no pudieron recibir según qué tratamientos. «Hay una relación muy directa con el tiempo de atención. Los pronósticos fueron peores y los pacientes sufrían más gravedad. Es algo que pasó también antes en otros sistemas sanitarios, que veníamos de verlo por ejemplo en China y en el resto de países europeos», dice Ustrell. 

Una reducción del 40%

El propio balance del Joan XXIII, el cuarto centro en atención al ictus de Catalunya, muestra lo que ha pasado en los momentos más complicados de la pandemia, sobre todo en el inicio. De atender alrededor de 45 códigos ictus se bajó a 27. «Fue una reducción notable del 30 o el 40% de la que después ya nos fuimos recuperando, todo parece muy concentrado en aquel momento», añade el doctor. 

A nivel catalán, se pasó de 1.033 accidentes cerebrovasculares –una media de 21 al día– a 805 –17–, lo que representa una disminución de las activaciones del 22%. Es decir, estos accidentes cerebrales se seguían produciendo pero pasaban desapercibidos para el sistema sanitario o llegaban tarde a la atención. «Estamos hablando de una patología en la que tenemos 4,5 horas para aplicar un tratamiento y unas seis para otro. Si hay un retraso de una hora o dos, eso inevitablemente tiene implicaciones», agrega Ustrell. 

La infección del SARS-CoV-2 también provoca que el accidente cerebral tenga más secuelas

El trabajo recalca que «el tiempo desde el inicio de los síntomas hasta la llegada al hospital se incrementó en 53 minutos de media». En el caso de aquellos enfermos que llegaban transferidos por el SEM la demora fue de 35 minutos pero en los pacientes que acudían en transporte privado sufrían un retraso de dos horas. El estudio indica que «los accidentes cerebrovasculares no presenciados aumentaron en un 9%, probablemente como consecuencia del aislamiento en el hogar debido a las políticas de encierro». Además, «los pacientes redujeron la movilidad en transporte privado y llegaron a los hospitales dos horas más tarde de lo habitual».

No solo se tardó más en buscar ayuda médica sino que costó más ponerse en contacto con la sanidad. «A menudo los pacientes o las personas que presenciaron el accidente cerebrovascular no pudieron comunicarse de manera efectiva con el centro de llamadas de emergencias durante las primeras semanas de la pandemia», incide el artículo. 

Eso sí, los retrasos, aunque graves, no se perpetuaron más allá. El tiempo de respuesta a nivel interno hospitalario fue el adecuado, a pesar de la presión asistencial que ejercía la lucha sin cuartel contra el SARS-CoV-2. Incluso el timing con el que operó el  Sistema d’Emergències Mèdiques también fue el correcto: «Cabe destacar que una vez que el SEM recibió la alerta, el tiempo de atención se mantuvo estable, sugiriendo que el punto más conflictivo fue la dificultad para contactar con el SEM más que la disponibilidad de unidades móviles». 

Incidencia creciente

Pasada la primera ola, las diferentes unidades han intentado concienciar a la población de acudir al hospital si tenían algún problema. «Afortunadamente los datos se normalizaron y también lanzamos mensajes a la gente», añade Ustrell. El estudio en cuestión no aborda la relación directa entre la Covid-19 y el ictus, aunque también se ha percibido un vínculo. «Los ictus, afectados por la infección, han sido más graves. No es algo que hayamos reflejado en el estudio pero sí que lo hemos visto. Aumentan las probabilidades de mortalidad», dice Ustrell.

El ictus es un accidente cerebral cuya incidencia ha ido creciendo en los últimos años, acorde al envejecimiento general de la población. En 2020, a pesar de las complicaciones por la pandemia, el Joan XXIII consiguió implantar la trombectomía mecánica, una técnica revolucionaria en este campo, de gran complejidad pero mucho más eficaz. Se trata de un complemento a la fribinolisis intravenosa. «Estamos satisfechos porque con la fibrinolisis la respuesta exitosa no era tan elevada. Cada vez tenemos más tratamientos. Hace 20 años casi no sabíamos nada, y ahora tenemos más recursos, más técnicas de neuroimagen para conocer los riesgos de la intervención que hacemos. La demanda es creciente», dice Ustrell. 

En la nueva técnica el criterio del tiempo no es tan estricto pero también es conveniente una intervención lo más rápida posible. Consiste en que un dispositivo capture y extraiga el trombo por vía endovascular. Es eficiente y seguro en aquellos ictus más graves, los producidos por la oclusión de grandes vasos.   

Entre enero y mayo de 2020, periodo impactado por la primera ola, hubo en Tarragona 182 muertes por enfermedades cerebrovasculares, un incremento respecto a 2019 (175) y 2018 (159). 

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