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Tarragona Sociedad

Los abuelos enseñan los secretos de la Catedral a sus nietos

¿Y por qué no la terminan?, preguntaba un niño a su abuela viendo la fachada inconclusa de la Catedral. Formaban parte del centenar de personas que se sumaron a la visita ‘Los abuelos enseñan la Catedral a los nietos’ 

Norian Muñoz

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Un puzle gigante de la fachada deparó más de una sorpresa, como las puertas secretas que sólo vieron los más atentos.

Un puzle gigante de la fachada deparó más de una sorpresa, como las puertas secretas que sólo vieron los más atentos.

Abuelos con nietos, nietos con abuelos. La escena se repite estos días por la ciudad en los parques, en las Rambla, en las casas... En muchos casos es consecuencia de unos horarios escolares –los de los niños– y laborales –los de los padres– que no coinciden y terminan con los abuelos haciendo de tabla salvadora. En otros, es una opción elegida por el simple gusto de la compañía mutua.

Lo curioso ayer es que la escena se repetía en un entorno distinto, la Catedral, y ya no había un nieto, sino una cincuentena, acompañados de sus respectivos abuelos y abuelas para participar en la actividad Els avis ensenyen la Catedral als néts, organizada por Amics de la Catedral con el patrocinio de Repsol y la colaboración de Sirvent.

La encargada de guiar la expedición intergeneracional era Joana Virgili que, con ese talante tan propio de las abuelas, sabía mantener el orden sin que a nadie le sentara mal. 

La actividad arrancó montando un puzle gigante de la fachada que dejó más de una sorpresa. Los niños se quedaron con alguna palabra como arco ojival, pináculo o estilo románico, pero seguro que entre las cosas que recordarán están las dos puertas secretas que sólo vislumbran los más atentos, o la leyenda de los santos que se caen cada cambio de siglo.

Y, llegando a la parte superior de la fachada, otro descubrimiento: «¡Pero si no está terminada!», dice en voz baja un niño más mayor a su abuela. Virgili lo confirma: la fachada está inconclusa, como los deberes que no se acaban. Pero el niño insiste a su abuela: «¿Y por qué no la acaban de una vez?¿Les da pereza?».

En un banco comparten espacio Nuria y Alba, que tienen once y siete años. Viven en Alemania, pero pasan estos días en Tarragona y sus abuelos se desviven por tenerlas contentas y entretenidas.

La escena se trasladaba a continuación a la capilla de la Mare de Déu de Montserrat y su imponente retablo proveniente del Monasterio de Santes Creus. La atención se centra en una escena en particular, la de los tres reyes magos adorando al niño Jesús. 

Un Baltasar blanco

La escena da para más de una sorpresa. La primera es que Baltasar aquí no es negro (en el momento en que fue pintado todavía no se le caracterizaba de su color) y, la segunda, la circunstancia que llevó a Melchor a tener el cabello y la barba blancos.

Cuenta la historia que el rey mago, que hacía el camino con sus otros dos compañeros, llegando a Belén se adelantó para ser el primero en ver al niño. Jesús, en castigo por la travesura, le habría transformado los cabellos dorados en blancos. Para hacerlo más realista, tres niños aparecieron vestidos de reyes con tanta cara de travesura como Melchor.

Después, llegando al Claustre, un niño exclama: «Mira, el pati». Era el camino a una de las sorpresas que estaba reservada para el grupo, una visita a una sala actualmente cerrada por obras, la del gran tapiz de La Buena Vida (10 por 3,5 metros) y un sinfín de anécdotas, como la del trozo que  falta porque alguien lo usó como trapo para el polvo. Aquí también un gran puzle permitió descubrir la gran cantidad de mensajes y personajes escondidos. Lo dicho, las cosas cuando las explican los abuelos se ven de otra forma.

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