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Los bocadillos de la solidaridad

Los voluntarios preparan una media de 130 desayunos diarios en la parroquia de Sant Francesc para los más necesitados. Los alimentos provienen de donaciones de establecimientos y fieles

Natàlia Queralt

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Joaquín Arasa (centro), Conchi Ramos, Nilda di Paolo y Antonio Rodríguez son cuatros de los voluntarios que preparan los desayunos. Foto: lluís milián

Joaquín Arasa (centro), Conchi Ramos, Nilda di Paolo y Antonio Rodríguez son cuatros de los voluntarios que preparan los desayunos. Foto: lluís milián

«¿Qué tenemos hoy Antonio?» «Bocadillos con pan blando o media baguette, con tomate o sin tomate, de pavo, de queso, de atún y creo que aún nos queda alguno de tortilla de patatas» recita de memoria Antonio Rodríguez, exregidor del Ayuntamiento de Tarragona, que ahora estudia en el Seminario para sacerdote.

Esta escena se repite día tras día en el 57 de la Rambla Vella, en la parroquia de Sant Francesc, desde la nueve menos diez de la mañana hasta pasadas las once, incluidos los fines de semana y los días festivos.

Los cinco voluntarios que participan en esta iniciativa preparan una media de 130 desayunos diarios, que se ha ido incrementando a medida que pasan las semanas del mes de agosto, hasta llegar a preparar alrededor de 160 almuerzos en una jornada.

Antonio Rodríguez es el impulsor de este proyecto que sustituye Cafè i Caliu, la cafetería social de Cáritas ubicada en la antigua casa de los transeúntes cerca de la Plaça del Fòrum, que durante el mes de agosto está cerrada por reformas en las instalaciones. El proyecto solidario, en la parroquia de Sant Francesc, ya tuvo lugar en el 2013 cuando Cafè i Caliu se encontraba en unas circunstancias similares.

Desayunos consolidados

«Desde hace unos días, muchas de las personas necesitadas hacen cola unos minutos antes de que abramos porque ya conocen el lugar» explica Conchi Ramos, una de las voluntarias que se levanta todos los días a las seis y media de la mañana para llegar desde la Platja Llarga donde vive a la Rambla Vella para empezar a preparar los bocadillos.

«Sólo falté la semana pasada porque tenía los nietos en casa y los domingos que descanso» afirma Conchi, que se pregunta donde desayunarían el centenar de personas que cada mañana pasan por el local, si ellos no les prepararan el desayuno.

Desde las siete menos cuarto de la mañana los voluntarios empiezan a preparar los bocadillos, untarlos con tomate y rellenarlos con abundante embutido, atún o tortilla según los gustos de los usuarios.

La bolsa de pícnic que preparan, como la llaman los voluntarios, consta de un bocadillo completo -o dos, en caso de que lo pidan-, un zumo todos los días o una pieza de fruta un vez a la semana, una o dos pastas de bollería y una botella de agua de 50cl. La panadería Granier les proporciona el pan, Fleca Flaqué las pastas y la heladería Sirvent, zumos de frutas. Algunos alimentos están sujetos a la disponibilidad del día como la fruta, que proviene del Mercat d’Aliments de l’Alt Camp, o las latas de sardinas y de anchoas, que han comprado algunas veces los voluntarios con las donaciones de los fieles.

Un desayuno completo para afrontar el día con fuerzas que es posible gracias a los cinco pares de manos de los voluntarios y «muchas ganas de trabajar y de colaborar» como afirma Joaquín Arasa, que está jubilado y también participa como voluntario en Cafè i Caliu, en hospitales con Tarraco Salut y ofrece clases de castellano en un centro.

Trato familiar

Joaquín, experimentado voluntario, asegura que «sólo estando en contacto con la gente que pasa por situaciones realmente difíciles, porque ninguno de los que vienen a desayunar aquí lo hace por gusto» afirma Joaquín, «uno se percata de la gravedad de la situación en que se encuentra el país y del desentendimiento de los políticos a quienes les quedan muy lejos los desalojos y el dormir en la calle».

Joaquín, que forma parte de la Comunidad de Jesús, cree que la fe está muy ligada a las acciones solidarias en las que el sujeto no espera nada a cambio. «La mayoría de las personas están demasiado ocupadas para encontrar un hueco en su agenda y ayudar a los demás» lamenta Joaquín, que asegura que nada le llena más que colaborar con quienes lo necesitan.

«Entre los usuarios hay bastante gente joven, envejecida por el trato que les ha dado la vida, y muchos casos de drogas» explica Conchi, que conoce a la mayoría de los asistentes ya que hace casi cuatro años que ejerce como voluntaria en Cafè i Caliu. «Siempre tienes más afinidad con algunos, y ya les preguntas cómo están sus hijos o si su situación va mejorando», afirma.

Antonio Rodríguez, que coordina la iniciativa, insiste en el trato familiar que se da a los usuarios. «Apuntamos en una lista los nombre de todos los que pasan por aquí e intentamos que puedan escoger el desayuno a su gusto, dentro de las posibilidades del día» explica el coordinador, que aclara que los bocadillos de atún, tortilla y queso los hacen principalmente para las familias musulmanas que no pueden comer cerdo y los de pan blando, para las personas mayores que les cuesta masticar o ya no tienen dientes.

Cuando pasan quince minutos de las once, los voluntarios empiezan a recoger. Se distribuyen para limpiar la mesa, fregar el suelo, recoger las migas de pan, almacenar la comida que ha sobrado para el día siguiente y tirar aquella que ya no se puede comer. Una tarea solidaria que ocupa a los voluntarios todas -o casi todas- las mañanas de agosto y que, gracias a ésta, consiguen desayunar alrededor de 130 personas al día o más.

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