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Los botellones se apoderan de Tarragona

Crónica. Siete patrullas y 18 agentes desalojan parques y plazas. 
La fiesta se trasladó a la playa

CARLA POMEROL

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Los agentes de la Guàrdia Urbana, identificando a unos jóvenes en el Parc de la Reconciliació, la noche del viernes. foto: pere ferré

Los agentes de la Guàrdia Urbana, identificando a unos jóvenes en el Parc de la Reconciliació, la noche del viernes. foto: pere ferré

Son las doce y media de la madrugada y el dispositivo policial antibotellón ya hace rato que funciona. Desde el fin del toque de queda, para los jóvenes, cualquier rincón de la ciudad es válido para pasar la noche acompañados de música y alcohol. Pero lo inesperado ha llegado estas dos últimas semanas, con las graduaciones de grupos de adolescentes. Son jóvenes que llevan casi un año y medio sin salir, sin sociabilizarse como se hacía antes de la pandemia. El trabajo policial aquí es clave para conseguir la convivencia nocturna entre la fiesta espontánea de los adolescentes y el descanso de los vecinos.

Para ello, la Guàrdia Urbana puso en marcha el pasado 12 de junio un dispositivo policial con el único objetivo de controlar los botellones, sobre todo, los que se celebran en medio de la ciudad, en parques y plazas, y que molestan a los vecinos. El Diari estuvo presente en el operativo del pasado viernes que acabó –permítanme hacer un poco de spoiler–, sin denuncias, pero con muchos desalojos.

El primer objetivo para la policía era la plataforma del Miracle y el Camp de Mart. Es imprescindible cerrar los accesos a estos recintos para evitar aglomeraciones de gente. Así que, a las nueve y media de la noche del viernes, una patrulla de la Urbana precintaba el parking del Miracle para que la gente fuera saliendo de allí. La segunda parada, el Camp de Mart. Se trata de uno de los puntos de interés policial: un espacio abierto, con distintas entradas y salidas y con multitud de rincones para esconderse. El blanco perfecto de los amantes del botellón. Por eso, la Urbana decidió también cerrarlo. Eran las diez y media y los agentes solo permitían el paso a las personas que paseaban el perro. «Siempre intentamos que un coche patrulla se quede toda la noche vigilando este entorno», explicaba el sargento de la Guàrdia Urbana, Joan Domènech.

El pasado viernes, el dispositivo antibotellón estaba formado por 18 agentes y siete vehículos policiales. A estos, hay que sumar los efectivos de los Mossos d’Esquadra que, desde hace unos meses, trabajan conjuntamente con la Urbana para combatir la sensación de inseguridad en la ciudad. El funcionamiento es sencillo: los agentes vacían las plazas y parques más conflictivos, los controlan y acuden a otros en caso de llamadas y quejas vecinales.

Uno de los puntos calientes es el Parc de la Reconciliació, ubicado al lado de la Casa de la Festa. La Urbana consiguió disuadir a un grupo de jóvenes que estaban bebiendo, pero la mala suerte quiso que, en la huida a toda prisa, uno de los adolescentes se dejara la mochila en el lugar. En su interior, unos zapatos de recambio y una orla de final de curso de cuarto de la ESO. El joven deberá ir a recoger sus enseres a dependencias policiales.

Así estaba la Platja de l’Arrabassada, llena de jóvenes. foto: pere ferré

«Denunciar o no depende mucho de la discrecionalidad del policía. Imaginad que llegamos a un lugar donde están haciendo botellón y, cuando les pedimos que se vayan, recogen y se van sin rechistar. No les sancionamos. Pero si, por el contrario, nos contestan mal y lo dejan todo sucio, sí», explica el propio sargento de la Urbana.

Otro de los puntos de interés policial es la calle Josepa Massanes, aquel pequeño callejón de al lado del parking Saavedra. Los vecinos llevan años quejándose de los ruidos y de la suciedad. Por eso, es una parada obligada para los agentes. El viernes, dos policías llegaban al lugar y se encontraban con tres jóvenes. Comprobaron que no estaban consumiendo ni alcohol ni drogas en la vía pública, les identificaron y se marcharon. «Nos tranquiliza pensar que al menos tres de los rincones más conflictivos están, por el momento, vacíos», explicaba el sargento Domènech, quien reconoce que «es imposible llegar a todos los lados y controlar cada rincón de la ciudad».

El momento clave

Llegaba entonces uno de los momentos clave de la noche del viernes: el desalojo de la Plaça de la Font. Las costumbres de los jóvenes van adaptándose a los cambios en las medidas anticovid. Ocupar la plaza del Ayuntamiento una vez los bares y restaurantes han cerrado –a la una de la madrugada– se ha convertido en un clásico. Se vio claramente el fin de semana pasado –el del 11 y 12 de junio–, cuando la Guàrdia Urbana desalojó una Plaça de la Font con 400 personas y requisó un altavoz. Los adolescentes, incluso, atacaron a la policía lanzándoles botellas de cristal. La noche de este pasado viernes no fue tan trágica.

El sargento dio de margen hasta la una y media. Fue entonces cuando las pilonas de la plaza se bajaron dando paso a dos coches de la Guàrdia Urbana. Poco a poco, los vehículos iban avanzando, mientras también lo hacían los jóvenes. Unos marchaban en dirección a Escales d’En Arbós, los otros por la bocacalle. En cuestión de dos minutos, la Plaça de la Font estaba totalmente vacía. Solo quedaban dos chicos a los que su alta tasa de alcohol en sangre les impedía moverse de las escaleras del Ayuntamiento. La historia del desalojo se repetía en la Plaça dels Sedassos.

Todos los adolescentes disuadidos hasta entonces tenían claro su destino: una Platja de l’Arrabassada llena a reventar, de personas bebiendo, bailando y en patinete. Un botellón multitudinario que acababa con una denuncia por alteración del orden público, además de una pelea entre varias personas, a la que también acudieron los Mossos. La diferencia entre la Plaça de la Font y la Platja de l’Arrabassada es que en esta no hay vecinos que llamen y se quejen de ruidos.

La noche terminó casi como empezó, con cero denuncias por consumo de alcohol en la vía pública. La Urbana demostró tener poder a la hora de desalojar, pero a la vez, comprensión y paciencia con unos adolescentes a los que la pandemia les ha robado casi un año y medio de su juventud. El próximo cometido para el equipo antibotellón, la noche de Sant Joan.

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