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Los churros con café de TGN, el secreto de la supervivencia

Locrismar. Gerardo Ruiz lleva 35 años al frente del negocio y es testigo de la gran cantidad de bares que han cerrado a su alrededor

CARLA POMEROL

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Gerardo Ruiz, con la tortilla en la mano, y Eugenio Monje. FOTO: Alba Mariné

Gerardo Ruiz, con la tortilla en la mano, y Eugenio Monje. FOTO: Alba Mariné

El logro más grande, conquistar tu barriga y tu sonrisa. Ésta es la máxima de Gerardo Ruiz, propietario de uno de los frankfurts más emblemáticos de Tarragona, llamado Locrismar. La esquina entre las calles Ramón y Cajal y Prat de la Riba siempre será de color verde. Que se lo digan a los negocios de alrededor. No entienden su día a día sin las tortillas de patata, los bocadillos de fuet y los churros con café de Ruiz, que este noviembre cumple 35 años al frente del Locrismar.

Este sevillano enamorado de la hostelería llegó a Tarragona con sus padres en el año 1971. Empezó trabajando como jefe de sala en el comedor de un hostal de Vila-seca, pero enseguida decidió perseguir su sueño: abrir un negocio propio. Fue entonces cuando le salió la oportunidad de ponerse al frente del Frankfurt Locrismar, que llevaba el nombre de la mujer y las dos hijas del que entonces era propietario –Lorena, Cristina y Marta–.

A finales de noviembre de 1984, el frankfurt ya era de Gerardo Ruiz, quien decidió no cambiar el nombre. «La clientela ya lo conocía así», explica. Ruiz reconoce que nunca se hubiera imaginado llegar donde ha llegado. Lleva 35 años al frente del negocio y se ha convertido en un indispensable para los comercios vecinos. «He visto morir muchos bares en esta calle. Abrían, y al cabo de seis meses o un año, cerraban», comenta.

Pero el Locrismar siempre ha mantenido viva su llama. El porqué es sencillo. «Hemos sabido conservar la clientela desde el minuto 1. Nuestro género es de primera calidad, pan artesano y embutido de verdad. Pensad que hay gente que solo viene aquí para comerse el bocadillo de fuet. Llevamos más de 35 sirviendo la misma marca», explica el propietario, quien añade que «lo hacemos todo al momento, nada viene preparado».

En el mostrador hay tortillas de hasta cuatro gustos: de patatas con cebolla, de ajos tiernos, de espinacas con judías y de espárragos trigueros. «Hay días que hacemos hasta siete u ocho tortillas. Y se acaban. Es una de nuestras especialidades», asegura Ruiz, quien descubre los dos secretos de sus tortillas. «Hacerlas a fuego lento y añadir un poco de leche mientras se baten los huevos. Así quedan más espumosas», dice el propietario.

Su fiel compañero

Ruiz lleva 30 años acompañado de su mano derecha, de nombre Eugenio Monje. «Su hermana y mi mujer trabajaban juntas y él venía a desayunar aquí. Al final, le contraté. Ahora también es el padrino de mi hijo», explica Ruiz, riéndose. Monje asegura que «esto es mi vida, he conocido a gente muy interesante aquí».

Ambos levantan cada día la persiana a las siete en punto de la mañana. Ruiz, a la plancha, y Monje, a la cafetera, un tándem perfecto. Una de las particularidades de Locrismar es que, desde hace unos años, el café se sirve acompañado de un churro. «Los freímos durante toda la mañana. Si no lo ponemos, nos lo reclaman», explica Monje. Al mediodía se sirven platos combinados. Y sobre las cuatro y media de la tarde, la persiana vuelve a bajarse. Además, también llevan desayunos a domicilio.

Ruiz tiene intención de jubilarse a finales del año que viene. Quiere dejarlo todo atado para que la esencia del Locrismar nunca muera. Lo más probable es que Monje quede al frente del negocio y siga poniendo churros con los cafés y haciendo las mejores tortillas de la ciudad.

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