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Los más jóvenes, obligados a divertirse lejos de Tarragona

La escasa oferta de ocio nocturno en el núcleo urbano fuerza a cientos de jóvenes de la capital a trasladarse a otras poblaciones del Camp de Tarragona cada fin de semana

Danel Arazmendi

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Cientos de jóvenes se trasladan cada fin de semana desde Tarragona a los locales de moda de Salou, Reus y La Pineda. FOTO: Pere Ferré

Cientos de jóvenes se trasladan cada fin de semana desde Tarragona a los locales de moda de Salou, Reus y La Pineda. FOTO: Pere Ferré

Atrás quedaron los años dorados del Port Esportiu, a principios de la pasada década, cuando los más jóvenes, esa población que se mueve entre los 17 y los 22 años, disponían de un espacio moderno y amplio para salir de fiesta de forma cómoda y segura. Desde entonces, la oferta de marcha en la ciudad de Tarragona vive una larga temporada de franca decadencia. 

Los locales de copas se han concentrado fundamentalmente en la Part Alta, donde se repiten los conflictos entre los establecimientos del sector y el vecindario. Aun así, no se ha conseguido evitar una diáspora de los clientes de ocio nocturno a las poblaciones vecinas, sobre todo los fines de semana, generando un problema especialmente grave cuando hablamos del colectivo adolescente y postadolescente. 

En efecto, aunque la franja de mayor edad de este colectivo no suele tener problemas para trasladarse a otros lugares porque alguno del grupo de amigos dispone de vehículo propio, en el caso de los menores suelen ser los padres y madres los que terminan obligados a recogerlos en otras poblaciones a altísimas horas de la madrugada, por miedo a que los chavales viajen en coches de amistades que pueden ponerse al volante en dudosas condiciones de circular.

«Lo habitual es ir a Pachá, en La Pineda. Si no, hacer botellón en algún lugar del centro»

Según nos comenta un grupo de chicos y chicas, «las primeras veces que sales, lo normal es pasar toda la tarde en Parc Central, o también pasear en grupo por la Rambla». Sin embargo, este plan suele abandonarse a partir de cierta edad. «Desde los quince o dieciséis años se suele empezar a ir a la discoteca Pachá, en La Pineda, porque es uno de los pocos sitios en los que puedes entrar con esos años. Si no, lo normal es hacer botellón en el centro: en la terraza del Palau de Congressos, en las escaleras de la Baixada del Toro…». 

Y es que, aunque la ley prohíbe la venta de bebidas alcohólicas a menores, parece que esta normativa no siempre se respeta con el debido rigor. «Hay algunas tiendas donde te venden lo que quieras. Depende del humor que tenga esa noche el dependiente del negocio», apostilla una joven de 17 años.

Una vez alcanzada la mayoría de edad, hay quienes comienzan a frecuentar los establecimientos de la ciudad. «Algunos empiezan a ir entonces a Highlands o Totem, pero la mayoría se va fuera de Tarragona los fines de semana, pues en esos locales, si bien sí que hay ambiente, la mayor parte de la gente es mayor para nosotros. Así, lo normal es acabar en Salou, donde hay muchos locales para salir de fiesta, o en Reus, sobre todo para ir a la Fábrica».

Los tiempos del Port Esportiu

No tanto los adolescentes que llegan ahora a la mayoría de edad, pero los que tienen edad para recordar los buenos tiempos del Port Esportiu echan de menos una zona que solucionaba los problemas de jóvenes, familias y vecinos. 

«Aquello era genial, pero lo dejaron morir. Venía gente de muchos kilómetros a la redonda y el ambiente era muy bueno. Pero luego llegaron las peleas, los robos, los tiros... Se llenó de gentuza y la gente que sólo quería salir de fiesta dejó de ir. Unos años después se montó el Otto Zutz cerca de El Corte Inglés, pero también lo cerraron por ruidos y quejas y conflictos con los vecinos. En Tarragona puedes tomar unas copas, pero si quieres una noche de marcha tienes que salir de la ciudad», dice, comprensivo, el padre de un menor.

Padres rehenes

Aunque los jóvenes lamentan la escasa oferta urbana de ocio nocturno que posee Tarragona, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de la capital de la provincia, las familias también son víctimas indirectas de esta tendencia. «Cada fin de semana me toca levantarme para ir a La Pineda a las tres de la madrugada para recoger a mi hija. Es un palo, pero no me atrevo a dejarle que vuelva con sus amigos por la autovía de Salou. A saber cómo va el conductor…», dice el padre de una chica que acaba de terminar el Bachillerato. 

Teniendo en cuenta la frecuencia con que los padres se ven obligados a recoger a los chavales en locales situados fuera de la ciudad, cada vez es más habitual que sean ellos mismos lo que se pongan de acuerdo para repartirse esta ingrata tarea. «En nuestro caso, tenemos la suerte de que varios padres del grupo nos conocemos desde hace tiempo. Es un tema de confianza. Repartimos los días que le toca a cada uno y así te ahorras algunos madrugones», dice uno de ellos. 

Aun así, todos ellos comentan la inseguridad que les provoca conducir a esas horas de la madrugada por las inmediaciones de las principales áreas de ocio, pues no es infrecuente llevarse algún susto con algún coche conducido de forma temeraria. 

En ese sentido, la necesidad de trasladarse a otras poblaciones para divertirse durante las noches del fin de semana no sólo representa una incomodidad para jóvenes y padres, sino también un problema de seguridad vial y un riesgo para la integridad física de los jóvenes que se ven obligados a buscar fuera la diversión que no encuentran en Tarragona.

«Compatible con los vecinos»

«El asunto, sobre todo por esta peligrosidad que representa para los jóvenes y sus padres coger el coche a altas horas de la madrugada para circular por zonas de ocio nocturno con aglomeración de jóvenes de juerga, adquiere la importancia necesaria para que el Ayuntamiento se ponga sobre el tema», estima un padre. Y recuerda que en otras ciudades el ayuntamiento, en colaboración con algún local de ocio, organiza discotecas sin alcohol para los más jóvenes, por ejemplo.

Preguntado al respecto el nuevo equipo de gobierno de Tarragona, la respuesta es escueta: «Tenemos que trabajar para que la juventud disponga de espacios de ocio, pero esto debe ser compatible con la vida cotidiana de las personas que viven en los alrededores y no debe interferir en su calidad de vida».

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