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Los panaderos artesanos se ofrecen al Ayuntamiento de Tarragona por si se necesita pan

El Gremi de Forners se aseguró antes del confinamiento materia prima para poder garantizar la producción. Si alguno de los asociados cae enfermo, el resto cubrirá su producción

Jordi Cabré

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Jordi Andreu, presidente del Gremi.

Jordi Andreu, presidente del Gremi.

Cuando la pandemia del coronavirus llegó a ser preocupante en China, el Gremi de Forners de Tarragona no perdió el tiempo pensando que aquello era problema de un país muy lejano.

Su presidente, Jordi Andreu, empezó llamando a las harineras y seguidamente se hizo acopio de material sanitario básico para poder atender a la clientela en caso de que llegara lo peor: el confinamiento total de la población. Al igual que él, el resto de asociados al gremio también procuraron obtener suficientes garantías para hacer pan por si las cosas se torcían.

«Tenemos materia prima y ganas de trabajar, a pesar de la situación en las que nos está tocando vivir estas semanas», apunta Andreu, que estos días sigue trabajando a destajo para abastecer de pan a sus clientes.

La ciudad cuenta con seis hornos tradicionales, afiliados al Gremi, que se reunieron días antes de que el presidente del Gobierno anunciara la aplicación del Real Decreto. La reunión que se convocó tenía el objetivo de unificar protocolos, actuar coordinadamente y poder abastecer a la ciudad, si el Ayuntamiento necesitaba este producto alimentario básico para personas sin recursos. «Incluso acordamos que si alguno de los presentes en la reunión se ponía enfermo, los demás cubriríamos la producción para abastecer a su clientela», asegura Andreu.

«Los días anteriores y posteriores al Real Decreto del Gobierno español fue una locura”, explica Jordi Andreu. «Vendimos una cantidad de pan desorbitante. La gente entendió mal el confinamiento que se formulaba desde el Gobierno central y se abastecieron de forma irracional comprando cantidades disparatadas de pan», recuerda el presidente del Gremi de Forners.

A medida que pasaron los primeros días de confinamiento obligatorio, la locura de compra compulsiva de alimentos de primera necesidad fue desapareciendo y los panaderos reconocen que se ha bajado hasta un 40% de ventas comparándolo a un día de marzo sin confinamiento. Se ha pasado del desbordamiento a la ausencia de clientela, admite el presidente tarraconense.

Las razones que explican esta fluctuación de ventas se debe a varios factores, explica Andreu. El primero es que «muchos clientes son de fuera de la ciudad y no pueden venir a comprar el pan artesano especial que ofrecemos. Esta pérdida de clientela añadida a que algunos hornos complementaban el negocio de venta de pan con un servicio de cafetería que ahora no pueden usar, termina restando clientes», explica Andreu.

A pesar de la pérdida de ingresos, el Gremi se ha puesto a disposición del Ayuntamiento de Tarragona «por si necesitan pan para casos de necesidad que tenga que atender Serveis Socials», explica el panadero.

Trabajar con plenas garantías

os panaderos trabajan con todos los protocolos sanitarios necesarios para aislarse del coronavirus y poder sacar cada hornada de pan. Además de guantes, mascarillas y distancias de seguridad, Andreu explica que para amasar pan son necesarias las manos sin guantes, pero bien limpias antes de ello son medidas suficientes. «Luego, el pan se cuece a más de 200 grados y no hay virus que sobreviva a esa temperatura».

Con el pan cocido y en la tienda, Andreu ha suprimido el plástico. Lo hace para evitar que sea un material transmisor y utiliza papel en cualquier forma de envolver el producto. Cuantas más garantías, más tranquila está la clientela, razona.

Más de cinco siglos de historia

El Gremi de Forners de Tarragona tiene 536 años, tiempo suficiente como para haber visto las miserias y penurias en las que los antepasados tarraconenses han debido afrontar para sobrevivir en la ciudad.

Durante este tiempo, el gremio ha sido un puntal de supervivencia, un recurso de primera necesidad para alimentar a los ciudadanos que en épocas de penurias siempre han sabido que había pan para llenar el estómago.

Jordi Andreu es la cuarta generación de una familia que abrió el horno en 1902. Y su bisabuelo quien fue el primero en afrontar una pandemia sin precedentes en la historia: la gripe española de 1918, una enfermedad llegada desde las trincheras de Europa en plena primera Guerra Mundial pero que alcanzó de lleno España con una mortalidad nunca antes recordada.

Un siglo y pico después, y haciendo un paréntesis a la hambruna al finalizar la Guerra Civil, el Gremi de Forners se encuentra de nuevo con una pandemia de proporciones gigantescas, aunque el siglo XXI nada tiene que ver con la ciudad de 1918.

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