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"¿Los políticos? Todos malos"

El colmo del hartazgo por la repetición de elecciones es la tertulia de jubilados en las que ya ni se habla de política. Esa distopía está aquí. Eso sí, cuando sale el tema aflora la rabia, aquí y en cualquier bar

Raúl Cosano

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Partida de cartas en el hogar del jubilado de la calle Pere Martell, en Tarragona. Foto: Pere Ferré

Partida de cartas en el hogar del jubilado de la calle Pere Martell, en Tarragona. Foto: Pere Ferré

Alumbra el camarero del hogar del jubilado de la calle Pere Martell, en Tarragona, una distopía impensable, tal es lo retorcido de las cosas, porque la situación ha acabado por arramblar con el ágora por excelencia: «¿De política? No se habla de eso, no se dice nada. Fíjate cómo estaremos de cansados». Uno no se imagina a cuatro jubilados departiendo y sin el ímpetu de arreglar el país, ese deporte nacional, pero sucede. Ahora la tertulia ha dejado paso a los juegos de cartas, que también son cosa seria, como las pullas que se lanzan entre unos y otros. «Estamos jugando, ahora no podemos hablar», dicen. 

Hay concentración en cada movimiento de la baraja y casi que el debate forzado distrae y entorpece, en la edificación de esa figura ya célebre del jubilado cabreado que ha llegado para quedarse. «¿Los políticos? Todos malos», sentencia uno. Y ahí empiezan a aflorar ideas, algunos lugares comunes que filtran el sentir social. «Está claro que sólo miran por ellos, por sus intereses, que no piensan en los problemas del país y de la gente, y mira que hay...», asesta otro. 

En otro bar cercano también se plasmó esa inercia. Los desayunos amanecieron ayer con el malestar instalado en el café y la desafección en aumento. Filosofía de carajillo, pura calle, pero realidad social al fin y al cabo. Es zumbar la tele en los bares con las noticias del desacuerdo para formar gobierno y enrabiarse unos y otros. «Ha llegado un punto en el que ni hablamos de la política, porque ya sabemos más o menos qué piensa cada uno», explica otro de los jubilados. «El paro, las pensiones, Catalunya... ¡Mira si hay problemas para resolver y no se ponen a ello!», tercia uno. «Hombre, Catalunya es un problema bueno...», le responde otro, y se intuyen fricciones que vienen de largo en torno al procés. También eso contribuyó al hartazgo, munición para la demagogia. 

«No sé si iré a votar, aún queda mucho tiempo, tengo que pensarlo, pero ahora mismo no tengo muchas ganas», aporta otro tertuliano. «Creo que todos los políticos son iguales. No me gusta ninguno y no confío en ninguno. Están ahí por el dinero y por el poder y para colocar a los suyos», agrega otro. Hace tiempo que el intercambio de ideas y el debate enriquecido quedaron atrás. «Han dado un ejemplo horroroso a la ciudadanía. Pero no es algo nuevo. Llevamos tiempo así, con insultos entre unos y otros, y así no se llega a ningún lado», cuentan. El enfado es serio de verdad y la desconfianza bien crónica, enraizada. Quién lo iba decir, que la política, de tan cansina y pueril, iba a acabar hasta con las charlas de bar.

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