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Los solicitantes de asilo venezolanos se duplican en un año en Tarragona

Las peticiones de refugiados pasaron de 41 a 92 en la provincia. La inmigración desde el país se dispara un 62%. Son perseguidos políticos y personas que huyen de la crisis humanitaria

Raúl Cosano

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Una manifestación reciente de venezolanos en la Plaça de la Font de Tarragona, en apoyo a Juan Guaidó. Foto: Pere Ferré

Una manifestación reciente de venezolanos en la Plaça de la Font de Tarragona, en apoyo a Juan Guaidó. Foto: Pere Ferré

Cuenta Lilian Rosales, venezolana residente en Tarragona, que en los dos últimos años sus familiares directos, básicamente hermanos y sobrinos, han emigrado a Argentina, Uruguay, Panamá, Chile, Colombia, Italia y hasta la lejana Australia. Es sólo un ejemplo de la diáspora a la que lleva tiempo condenado el país. «Se están marchando personas de todas las clases sociales, aunque priman las que tienen formación profesional. Es gente con estudios en su mayoría, con la formación de técnico, como mínimo. Muchos son médicos, ingenieros…», cuenta Lilian, periodista y coordinadora en Tarragona de Lean Emergente, una ONG de ayuda humanitaria. 

También a la hora de salir del país es clave el dinero del que se disponga. «Todo viene dado por el poder adquisitivo que permita, por ejemplo, comprar un billete de avión. La economía está dolarizada. Para adquirir un pasaje tienes que pagarlo a precio internacional. Con la inflación subiendo es complicado reunir el dinero para venir», añade Lilian, uno de los rostros visibles de una comunidad venezolana en Tarragona que crece y que se articula en un momento decisivo.

El colectivo ha organizado desde una concentración en apoyo a Juan Guaidó, el reconocido por muchos como nuevo presidente del país, a una recogida de medicamentos, este sábado en la Rambla Nova. La honda crisis humanitaria en Venezuela tiene una repercusión directa en Tarragona. 

En el último año, el número de solicitantes de asilo político se ha duplicado en la provincia, según las cifras de Creu Roja: de los 41 casos de 2017 a los 92 de 2018. Hasta el 10 de febrero de 2019, se habían registrado 13 casos. 

Se trata del programa de refugiados del Gobierno. Son personas que han llegado a Creu Roja Tarragona en la modalidad de primera acogida y que han iniciado los trámites para ser reconocidas de manera oficial como refugiadas. En ese proceso, acceden a una fase de ayudas, que van desde la integración al aprendizaje del idioma, pasando por la búsqueda de empleo. «Los motivos que llevan a estas personas aquí son diversos. Algunos huyen por motivos políticos o porque están perseguidos pero otros lo hacen por razones económicas o porque tienen familiares en Tarragona e intentan conseguir las ayudas», sostienen desde Creu Roja. 

Otro índice ilustrativo es el padrón. Los venezolanos que llegaron entre 2017 y 2018 se incrementaron un 62%, de 147 en el primer semestre de 2017 a 239 un año después, según el INE. En 2018, el número de venezolanos en la provincia se disparó un 29%, hasta alcanzar los 1.138, la mayor cifra de la historia, según los últimos datos del Idescat, conocidos ayer mismo. 

La situación, a día de hoy, es insostenible, pese a las esperanzas de cambio. «En 20 años se destruyó todo. No ha habido inversiones, no ha habido mantenimiento. Hay un deterioro general de todo», diagnostica Rosales. Carlota Pasquali es el ejemplo de libro de la inmigración venezolana: llegó a Reus en mayo de 2018, aprovechando el contacto con una hermana que vivía en Cambrils, y dejó atrás más de 30 años de profesora en la Universidad Simón Bolívar, en Caracas. «Nuestra universidad ha perdido varios centenares de profesores. El país ha expulsado todos los cerebros. De 32 docentes en mi departamento, quedan 12», radiografía Carlota, que digiere una emigración dolorosa a sus 64 años. «No quería dejar mi país, fue forzado, pero me vine para ayudar a mi hija, que estaba estudiando y que había venido antes», cuenta ella. 

«Perdimos un país por completo»
Pasquali aprovechó su doble nacionalidad –también es italiana– para instalarse aquí y empezar una nueva vida. «Toda inmigración es dura. La de mis hijos también lo es, porque vieron cómo todos los amigos se repartían entre un montón de países. Salen de allí muy jóvenes, pierden los contactos, las raíces…», dice Carlota, que añade: «Allí la situación está muy mal. Hemos perdido un país por completo. Pasaba toda la semana mirando en qué supermercado había llegado algo de comida. Los medicamentos me los mandaban desde España», reconoce esta doctora, arquitecta especializada en psicología ambiental y testigo del gran éxodo, con familiares directos que han hecho las maletas hacia Estados Unidos o Suiza. «Yo fui de las últimas en irme», relata desde Reus. Aquí vive con su madre y sus dos hijos. Uno de ellos ya trabaja. «La adaptación ha sido buena. Lo más duro es conseguir trabajo. No queremos mantener el mismo status que allí, pero al menos sí tener un empleo», cuenta Carlota. 

Desde la distancia, el reconocimiento internacional de Juan Guaidó como presidente es celebrado por el colectivo. «Hay incluso euforia. Se percibe a través de algunas conversaciones. Incluso hay gente que está haciendo ya planes para volver. Quizás hay personas que tienen unas expectativas muy elevadas en torno a lo que significa la reconstrucción de un país», aporta Lilian Rosales. 

Hay quien es consciente de que la situación es tan esperanzadora como delicada. «Tengo confianza en que pueda pasar algo para detener esta dictadura pero también estoy muy preocupada. Tengo miedo de que haya un conflicto porque el gobierno ha repartido muchas armas a gente que no está preparada», indica Carlota. 

Por su parte, Lilian se arma de paciencia para un proceso que se prevé largo: «Hay motivos para el optimismo. Se han ganado espacios y la oposición marca el ritmo del país, pero mientras el ejército continúe apoyando el régimen hay peligro de confrontación. Será un milagro que se logre ahogar al régimen sin que haya, al menos, un amago de conflicto militar». 

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