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Los susurros de las piedras romanas

A través del estudio de los materiales lapídeos, la arqueóloga Anna Gutiérrez descifra los cambios sociales que se producían en la antigüedad, a todos los niveles

Glòria Aznar

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Anna Gutiérrez en el laboratorio del ICAC, uno de los lugares en los que trabaja, con ordenador y lupa. FOTO: PERE FERRÉ

Anna Gutiérrez en el laboratorio del ICAC, uno de los lugares en los que trabaja, con ordenador y lupa. FOTO: PERE FERRÉ

Las piedras de la antigua Roma narran historias, cuentan dónde residieron, en qué época brillaron y a quién pertenecieron, a un patricio, a un liberto, a un esclavo... Revelan los secretos de una época ya lejana y fascinante a quienes las quieran oír. 

Anna Gutiérrez las escucha. «A partir de las piedras podemos establecer redes comerciales, contactos entre territorios. Estudiamos los restos materiales pero en realidad lo que queremos saber es cómo vivían, quién las hacía servir y por qué de una manera y no de otra.

Las piedras nunca viajan solas. Ese es el quid de la cuestión», explica esta investigadora del Institut Català D’Arqueologia Clàssica (ICAC) de Tarragona. 

Anna es arqueóloga y una de sus principales vías de investigación se centra en el estudio de los materiales lapídeos a partir de los análisis arqueométricos o, lo que es lo mismo, «de aplicar técnicas propias de las ciencias naturales como la geología, la biología, la física o la química» a esos restos.

Y lo lleva a cabo en el ICAC así como en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), que alberga el Laboratori per a l’estudi dels materials lapidis en l’Antiguitat (LEMLA). Es el primer centro de este tipo que se creó en España, que guarda una colección de referencia de piedras y mármoles que se hacían servir en época romana de unas 8.000 muestras.

No todas las piedras y mármoles son iguales ni se destinaban al mismo fin. En este sentido, Anna comenta que «en Tarragona, los grandes programas de construcción se hicieron con la extraída del Mèdol».

Esto es, la Muralla, la Part Alta, el anfiteatro o el complejo provincial, pero apunta que «se revistieron con mármoles, como columnas y capiteles. Mármoles que venían o bien de aquí, que es la piedra de Santa Tecla o de Tortosa, el brocatello, la de más proyección utilizada fuera de la península ibérica durante época romana.

Pero también llegaban de todos los rincones del Imperio, de Carrara, de Egipto, de Grecia, del Norte de África». Todo por la grandeza de Roma. «Con la arquitectura es como Roma y Tarraco demostraban su poder social y económico».

El poder del Mare Nostrum

El estudio parte de lo concreto a lo global, a los cambios sociales en todos los niveles. Así, desde Tarragona, Anna y su equipo se proyectan al resto de aquel mundo antiguo. «Realmente había una circulación espectacular de materiales. Lo que intentamos poner en marcha nosotros desde hace años con la Unión Europea, ellos ya lo tenían», manifiesta.

Y el núcleo de toda esa circulación era el Mare Nostrum, nuestro Mediterráneo. «Las grandes mercancías, las pesadas, era más fácil transportarlas por mar que por tierra». Asimismo, los científicos empiezan a descubrir qué pasaba más allá de esas aguas, que es otra de sus pesquisas. «También llegaron a Galicia o a Britania».

Y añade que la adopción de esta civilización romana iba de la mano de un cambio de mentalidad de la sociedad de la época. «Era una manera de decir ‘soy como ellos’. Además, podían hacer llegar el mármol desde cualquier lugar, lo que marcaba un estatus. Ocurría un poco como ahora. Es decir, se ponían las bases de una proyección a nivel de prestigio, autoridad, poder social y económico».    

Los materiales lapídeos le llegan a Anna de diversas formas, de colecciones privadas y de museos, yacimientos o universidades. Para hallar la procedencia, en un primer momento, las piezas se cotejan con las muestras del LEMLA desde donde se inicia el estudio. Pero ¿qué ocurre si la pieza en cuestión no está en el catálogo? «Pasa y pasa mucho», asegura esta profesional.

«Buscamos canteras que se habían hecho servir pero que no conocemos». En cualquier caso, se trata de una investigación interdisciplinar, codo con codo con otros especialistas. 

Todo ello, ¿con qué fin? ¿Qué se aprende del pasado? «Es fundamental para reflexionar como sociedad, para fomentar el espíritu crítico. Cuando entiendes que, por ejemplo, hace 2.000 años los romanos también se ponían mármol en la cocina o en los sarcófagos te das cuenta de que no eran tan diferentes de nosotros. La historia no es tan lineal. No somos mejores que la gente del pasado. Pensamos que somos únicos y no es cierto».

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