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Los últimos de Filipinas

Crónicas pelacanyes. Negocios como los kioscos o los videoclubs resisten en TGN contra viento y marea en estos tiempos digitales

XAVIER FERNÁNDEZ JOSÉ

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Pilar Cerón muestra, a petición del ‘Diari’ en un juego cinematográfico, la carátula de ‘Los últimos de Filipinas’. FOTO: PERE FERRÉ

Pilar Cerón muestra, a petición del ‘Diari’ en un juego cinematográfico, la carátula de ‘Los últimos de Filipinas’. FOTO: PERE FERRÉ

Son tiempos en que lo digital se enseñorea de nuestras vidas y lo presencial va desapareciendo. En los que los ciudadanos, cada vez más comodones, recurrimos a Internet para todo, a costa de socavar el comercio local y enriquecer a multinacionales de comercio online.

En estos tiempos -es lo que hay y hay que adaptarse, queramos o no- hay negocios que resisten contra viento y marea. No son negocios ‘viejos’, sino luchadores. Son los últimos de Filipinas, asediados por el Gran Hermano Digital, pero que aún siguen en pie.

En Tarragona solo quedan dos videoclubs. Y tres kioscos, entendidos como la estructura física «de toda la vida». Dos pertenecen a la cadena Roslena (el de la Rambla Nova y el situado frente al hospital Joan XXIII) y uno es familiar, el de la Plaça Imperial Tarraco. Eso sí, hay otros kioscos en locales. En la Rambla Vella y en Ramon y Cajal, por citar solo dos ejemplos. Y la prensa física, que nunca desaparecerá, se puede adquirir también en supermercados, gasolineras, papelerías, cadenas comerciales...

Corre 1967. La familia Dueñas, Atanasio y Emilia, instala un kiosco en la Plaça Imperial Tarraco, en lo que en esa época eran casi las afueras porque Tarragona aún no había crecido tanto. Cuando la pareja se jubila, el kiosco pasa a manos de su hijo, Julio, y la esposa de éste, Àngeles. Ahora está al frente la tercera generación, Javier, que combina el negocio familiar con su profesión de arquitecto técnico. Y cuenta con la colaboración de Olimpiu y Amalia.

«Ha habido momentos buenos, pero ahora son tiempos complicados. Hemos pasado la pandemia. Como servicio esencial que somos, tuvimos que abrir aunque no hubiera absolutamente nadie por la calle. Seguimos atendiendo a la gente en todo lo que nos necesitaron», asegura Javier.

Javier se enorgullece de que los clientes habituales «son clientes, pero también amigos. Pasan por aquí diferentes generaciones». Explica que en numerosas ocasiones han tenido que ejercer de improvisados guías turísticos. «Nos preguntan de todo: que dónde están el acueducto (se refiere al Pont del Diable) o el centro. Les señalas por dónde ir y justo se van para el otro lado», recuerda entre risas.

Dueñas cree una «lástima» que las generaciones jóvenes cada vez lean menos prensa: «Una de las cosas bonitas del kiosco era abrir por la mañana, que la gente estuviera esperando para recoger la prensa, leerla y comentar las noticias. Ahora ya no se comenta nada. Vivimos en una sociedad de burbujas que no se entremezclan». El kiosco se ha adaptado a las redes sociales y tiene presencia en Facebook (kioscoimperialtarraco) e Instagram (Kios.im).

A escasos metros, en la calle Pere Martell, aguanta el videoclub Imperial. Lo abrió Pilar Cerón el 28 de febrero de 1990. Su pasión por el cine la llevó a apostar por este negocio. «En esa época iba casi todos los días al cine», rememora. En los buenos tiempos, la última década de los 90, al videoclub acudían decenas de tarraconenses cada fin de semana.

La competencia, primero de las copias piratas, y luego de las plataformas digitales, y, en estos últimos meses, la ausencia de estrenos debido a la pandemia han puesto la puntilla al negocio.

El esposo de Pilar, Àngel Vilà, explica que «se aguanta a la fuerza». La cuantiosa inversión en la compra de películas ahora ya no es rentable puesto que casi no se alquila y nadie compraría los más de 8.000 DVD que atesoran.

Los largos días de cierre durante el estado de alarma fueron una enorme dificultad añadida. Los limitaciones de movilidad impidieron también que se acercaran al vídeoclub clientes habituales de localidades como Els Pallaresos. Al menos el local es propio y eso les permite aguantar. Pilar no se plantea alquilar o vender su local porque cree que no obtendría el precio que se merece. Ahora aún acuden algunos clientes «de toda la vida» a los que Pilar avisa si hay alguna novedad.

En el barrio de Bonavista hay otro videoclub. Su negocio principal son los videojuegos. De hecho, Rafael Pérez lo abrió hace 21 años para alquilar videojuegos y posteriormente incorporó los DVD. Ahora ofrece a la venta sus cerca de 400 películas a precios irrisorios. Dentro de un año piensa cerrar totalmente la sección de videoclubs, todo un contraste con «los años 2005 y 2006 cuando llegó a haber cuatro videoclus en el barrio», dice. Como en el caso del videoclub Imperial, la pandemia le ha jugado una mala pasada.

Dueñas reivindica que «los negocios emblemáticos se tendrían que conservar y cuidar. Prestan un servicio a la ciudad y aportan un gran valor. Solo se les da importancia cuando se pierden. Esto es lo que hay que intentar evitar. No sé quién puede echar un cable, pero los negocios esenciales que llevan varias generaciones se tendrían que conservar». Bien dicho. Tiene toda la razón.

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