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Los vendedores ambulantes reclaman más control sobre los manteros

La vida de los marchantes es dura. Dependen de que la climatología sea benigna, las nuevas generaciones no quieren seguir en el negocio y afrontan lo que tildan de ‘competencia desleal’

Xavier Fernández

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El mercadillo de Bonavista es el más grande de la demarcación de Tarragona. Alberga 800 paradas cada domingo por la mañana. Los marchantes denuncian la presencia de manteros.

El mercadillo de Bonavista es el más grande de la demarcación de Tarragona. Alberga 800 paradas cada domingo por la mañana. Los marchantes denuncian la presencia de manteros.

Manuel Fausto Castillo lleva toda su vida yendo de mercadillo en mercadillo. Es uno de los 400 vendedores ambulantes –marchantes– que integran la principal asociación tarraconense del sector. Los lunes y sábados se instala en Reus, los martes en Torredembarra, los jueves en Tarragona y los domingos en Bonavista.

Su vida es dura. De madrugón en madrugón y siempre pendiente de que la meteorología no le juegue una mala pasada.«Lo más duro es el invierno –relata tras su parada de zapatos  en la Rambla Nova–. En febrero no vendes casi nada. A veces pienso que para qué co.. me he levantado. Tengo un toldo automático para cubrir la parada si llueve, pero muchas veces he tenido que cerrar y guardar la mercancía».

Manuel Fausto, en el mercadillo de Tarragona. Foto: Pere Ferré

Para Manuel, apenas hay diferencias entre los distintos mercadillos a los que acude: «La pesada es pesada en todas partes y el que tiene ganas de comprar también es igual en cada ciudad». Eso sí, el mercadillo estrella es el de Bonavista por su tamaño.
800 puestos en Bonavista


«Recuerdo –sigue Manuel– cuando el mercadillo de Bonavista sólo ocupaba una calle y cuando estaba en una plaza sin asfaltar». Ahora se extiende por una inmensa explanada asfaltada y alberga cada mañana de domingo cerca de 800 puestos de toda índole. 


Del mercadillo de Bonavista surge la principal queja de Manuel y de algunos de sus compañeros: la presencia de manteros. En todas las salidas del mercadillo hacia la principal calle de Bonavista, la Vint, se instalan los vendedores sin papeles. El Diari intentó infructuosamente hablar con ellos e igualmente se negaron a dejarse fotografiar. 

El mercadillo de Bonavista reúne 800 paradas cada domingo. Foto: Pere Ferré

CD, zapatillas, camisetas, bolsos, gafas... son algunos de los productos que ofrecen en unas sábanas extendidas en el suelo o en unos bolsones, listos para echar a correr si aparece la policía. Una joven mantera ofrece unas gafas de sol ‘de marca’ a una turista gala. «Valen 20 euros –le dice en francés–. En la tienda te costarían 500 euros». La turista se va sin comprar nada. La escena se repite. Los manteros, presionadas por las mafias, intentan ganarse la vida, pero no pagan por instalarse en el mercadillo. 


«Yo tengo que pagar impuestos y los manteros se lo llevan limpio –lamenta Manuel–. Vi en la tele a un mantero que explicaba que envía 500 euros cada mes a su país. Eso me indignó. Con esos 500 euros podría pagar los seguros sociales. A mí me cuesta mucho llegar a fin de mes».
‘Jugar con las mismas reglas’


Manuel rechaza cualquier atisbo de racismo en sus palabras: «En el mercadillo (de Bonavista) hay muchos vendedores de color, que pagan impuestos. Los manteros también les perjudican a ellos. Todos tenemos que jugar con las mismas reglas. La competencia leal es necesaria. Me parece genial que intenten ganarse la vida, pero no que hagan competencia desleal. Yo también tengo derecho a ganarme la vida. No hay ningún control. Si todos hacemos como ellos y no pagamos impuestos, ¿quién financiaría la sanidad?».

El presidente de la Associació de Marxants de la Província de Tarragona, Josep Joaquim Gómez, coincide con Manuel: «Es necesario un mayor control. En Bonavista, los manteros se colocan en medio del mercadillo en las entradas. No pagan nada. Nosotros no sólo pagamos al Ayuntamiento por instalarnos, también los autónomos. Se nos quedó cara de tontos cuando nos enteramos de que los manteros han montado un sindicato en Barcelona». Gómez alude al ‘Sindicato Popular De Vendedores Ambulantes de Barcelona’, que cuenta con página en facebook.

Josep Joaquim Gómez, en Tarragona. Foto: Pere Ferré

Fernando Amores, de Bolsos Amores, es otro de los marchantes que acude cada domingo a Bonavista. El martes y el jueves va a Rambla Nova y el sábado a Torreforta. En la ciudad, también hay mercadillos en la Part Alta, Sant Pere i Sant Pau y Sant Salvador. Fernando explica que no sabe si sus hijos seguirán con la parada. Es una duda repetida entre otros marchantes ya que la tercera generación opta por empleos más estables y menos duros.
No a la Plaça Corsini


Amores también es crítico con los manteros y con la supuesta falta de control sobre ellos. «¿Por qué no se ponen a vender en la puerta del Ayuntamiento?», espeta. También plantea otro problema: el retorno de los puestos de la Rambla Nova a la Plaça Corsini, el lugar donde estaban ubicados antes de que se iniciaran las obras del Mercat Central.

Fernando Amores, en Bonavista. Foto: Pere Ferré

«Que en pleno siglo XXI nos coloquen en un lugar donde no pueden acceder las ambulancias y los bomberos no tiene sentido», asegura Amores. Se refiere a que los marchantes están preocupados por las condiciones de seguridad si se ubican en un espacio con menos accesos, como es la Plaça Corsini. 


Para Manuel, otro inconveniente de la Plaça Corsini es que no podrán aparcar la furgoneta junto a la parada, como sí hacen ahora en la Rambla Nova. «Tendré que ir cada día a las 4 de la mañana, descargar todo, que alguien me vigile la parada e ir a buscar aparcamiento», explica. «Que nos dejen seguir en la Rambla», resume Gómez el sentir general.


Quién sí tiene ‘heredero’es Manuel Martín, que vende fruta en Torredembarra, La Selva del Camp, Sant Pere i Sant Pau y Bonavista. Su hijo Iván le sucederá. Martín lleva 40 años al frente de su puesto. «Me duele todo. Pasas frío o calor. Es una vida muy dura. Es para jubilarte a los 50 años, pero es imposible», sentencia.

Manuel e Iván Martín, en Bonavista. Foto: Pere Ferré

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