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Más familias necesitan ayuda en Tarragona pese al final de la crisis

Una mañana en el programa de entrega de alimentos de Creu Roja demuestra que la recuperación económica todavía no ha llegado a las familias más vulnerables

Norián Muñoz

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Los usuarios acuden a buscar los alimentos que les entregan en una especie de supermercado. Cada uno lleva sus bolsas o carrito. FOTO: Pere Ferré

Los usuarios acuden a buscar los alimentos que les entregan en una especie de supermercado. Cada uno lleva sus bolsas o carrito. FOTO: Pere Ferré

«No hemos mejorado, tienes la sensación de que, si salen dos familias, entran cuatro». Lo cuenta Elías Muñoz, el voluntario encargado de coordinar la entrega de alimentos de Creu Roja en Tarragona.

Lleva ocho años en las trincheras, así que sabe de lo que habla. Aquí, en un sitio que recuerda a un pequeño supermercado, se reparten cada semana alimentos, útiles de higiene y pañales a entre 110 y 120 familias  enviadas por Servicios Sociales. «Y no entregamos más porque estamos al límite de los que podemos atender», apunta.

Los datos confirman la percepción de Muñoz: en los últimos seis años el número de personas «en situación de extrema vulberabilidad» atendidas por la entidad en la ciudad de Tarragona (también hay algún usuario de otros pueblos del Tarragonès) no ha hecho más que crecer.

Las ayudas de Creu Roja a personas en ‘extrema vulnerabilidad’ se doblaron en seis años

El año pasado fueron 12.897 las personas atendidas. Aquí se incluyen, además de la entrega de alimentos (que llegó a 5.636 personas) ayudas a la exclusión residencial, proyectos de inclusión social en zonas desfavorecidas, atención a personas sin hogar y prevención de la exclusión escolar, entre otros.

La constante del ‘no llega’ 

A Marta, colombiana (nombre ficticio), la encontramos al final del recorrido dentro de la nave de Creu Roja ubicada en la Avenida Andorra. Cuenta que ella trabaja, pero en su casa viven cuatro hijos y cuatro nietos.

La más pequeña, que no tiene un año, se ha quedado a su cargo «después de que se la quitaran a su madre». Para la niña son los pañales y los potitos que le han puesto en el carrito. «No abarca todo, pero si no fuera por esta ayuda no llegaría».

El «no llega» es una constante en esta cola en la que a nadie le gusta verse. Hay desempleados, pensionistas y familias con hijos a cargo donde a pesar de que entra un salario no hay suficientes alimentos. Están esperando pacientemente a que les llegue el turno de presentar la documentación.

En una mesa las voluntarias cotejan los datos. Sólo en la organización y en la entrega de alimentos participan 30 voluntarios, muchos jubilados y también algunos más jóvenes, como una psicóloga de 26 años que cuenta que vino a hacer prácticas y se quedó. «Aquí el salario es emocional, y compensa», dicen. Algunos de los voluntarios también son inmigrantes.

Cuentan que en los últimos años se han hecho esfuerzos para mantener al máximo la dignidad de los usuarios. Antes, por ejemplo, los alimentos se entregaban en cajas y ahora cada uno lleva sus bolsas o su carrito de la compra. Además reciben formación sobre cómo conservar los alimentos y cómo sacar el mejor provecho de lo que reciben.

En torno al 85% de lo que se entrega proviene de fondos europeos y el 15% llega por los presupuestos del Estado, pero también se reparten productos que donan supermercados y empresas locales.

En torno al 60% de los usuarios son extranjeros. En los peores tiempos de la crisis el número bajó, pero recientemente ha subido. Algo que no quita que haya también usuarios locales. «Cuando te encuentras a gente conocida les ves apurados, pero tratas de subirles el ánimo», dice Muñoz.

La opinión del sociólogo

Pero, ¿por qué a pesar de que los datos socioeconómicos hablan de una mejora, luego en la práctica los colectivos más vulnerables siguen necesitando ayuda de entidades como Creu Roja?

Consultado al respecto, Francesc Valls, sociólogo e investigador de la Cátedra de Inclusión Social de la URV, opina que del mismo modo que la crisis no ha afectado por igual a todos los grupos de población, la recuperación tampoco se da del mismo modo para todo el mundo.

«Sabemos que los grupos más afectados por la crisis han sido los que se encuentran en la escala más baja en términos económicos, que se han ido distanciando cada vez más tanto de las clases medias como de las de mayor renta. Sabiendo esto, es previsible esperar que la recuperación económica no actúe inmediatamente en algunos de estos grupos.

Esta población ha sufrido mucho durante estos años y la recuperación puede ser lenta: tienen que poder volver a trabajar después de años de paro (con todos los costes personales y no sólo salariales que genera el paro: pérdida de experiencia, sentimiento de inutilidad, motivación personal...), tienen que poder volver a acceder a una vivienda si la han perdido, etc».

En su opinión, haría falta, por lo tanto, no confiar sólo en el mercado para tener recuperación económica. Recuerda que los mercados (laboral, de la vivienda, de crédito, etc.) se mueven por unos intereses económicos particulares, que a veces se oponen a los intereses sociales de parte de la población. 

«Más allá del mercado tendría que haber las prestaciones sociales de jubilación, paro, por vivienda, por enfermedad, por hijos, por exclusión social, entre otras; pero seguimos invirtiendo menos dinero en esto que la media de la Unión Europea», apunta.
Niños y jóvenes vulnerables

Explica Valls que hay determinados perfiles que mantienen un alto grado de vulnerabilidad desde hace años, como las personas nacidas en el extranjero o las que tienen una baja formación. 

Apunta que en los últimos años hay que destacar las elevadas tasas de pobreza que sufre la infancia y, sobre todo, las personas jóvenes, que se han convertido en uno de los grupos más perjudicados por la crisis, debido a los problemas para encontrar trabajo, y que sean trabajos bien pagados y estables.

«Esto las obliga a marchar de casa cada vez más tarde y esto tiene consecuencias, por ejemplo, en los bajos niveles de fecundidad que hay en Catalunya, que son de los más bajos de Europa, y en la elevada edad media de la maternidad, que es de las más altas». 

En cuanto a las mujeres, dice que es evidente que todavía hay una situación de desigualdad, no sólo en el mercado de trabajo, sino también en el reparto del tiempo y de los trabajos de cuidado del hogar. «Esto hace que tengan más problemas para conseguir una autonomía financiera».

Lo que relata el sociólogo se refleja perfectamente en quienes empujan los carritos de la compra en Creu Roja. Las mujeres son mayoría entre quienes hacen fila, da igual si son inmigrantes o nacieron aquí. Abunda la gente joven (a los más mayores si no pueden recoger la comida se les lleva a casa) y en muchos carritos viajan pañales y potitos. 

Los voluntarios reconocen que les gustaría que algunas caras dejaran de resultarles familiares.

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