«Me contagié hace ocho meses y sigo con síntomas»

Varias tarraconenses narran su calvario: se infectaron en la primera ola, a veces levemente, pero sufren secuelas como ahogo, cansancio, fatiga extrema, dolor de cabeza y taquicardias

Raúl Cosano

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Imagen de la UCI del Hospital Santa Tecla de Tarragona. Pere Ferré

Imagen de la UCI del Hospital Santa Tecla de Tarragona. Pere Ferré

Son generalmente mujeres, en algunos casos sanitarias, que enfermaron de Covid-19 al inicio de la pandemia, en la primera ola, y que ocho meses después siguen padeciendo un reguero de síntomas de diferente índole que las mantienen lejos de una vida normal. En Tarragona los casos son numerosos y articulan su lucha por la visibilidad en el Col·lectiu d’Afectades i Afectats Persistents per la Covid-19. Plataformas de este tipo han nacido en la mayoría de autonomías cobijando las reclamaciones de un colectivo cada vez más numeroso que se ha sentido incomprendido y abandonado.

Las secuelas que puede dejar la Covid-19 a largo plazo. Infografía: Celia Alonso

La propia OMS ha reconocido que hay pacientes que presentan síntomas por coronavirus a largo plazo. También el Col·legi Oficial de Metges de Tarragona (COMT) se ha puesto manos a la obra para dar visibilidad a lo que se considera ya una nueva enfermedad. «Estamos impulsando un plan para valorar qué servicios podemos dar a nuestros profesionales, ya sea a la hora de que se puedan reincorporar al centro de trabajo o incluso para tratar la afectación psicológica que se deriva», explica Mireia García-Villarrubia, vicepresidenta del Col·legi en Reus.

«Vemos a bastantes pacientes»

El otro frente de actuación de la institución médica tarraconense tiene que ver con la concienciación y la visibilización: «Estamos viendo a bastantes pacientes con síntomas. Lo que más persiste es la fatiga, la sensación de ahogo o la tos. Por eso nos gustaría hacer formación sobre esta nueva patología nueva porque, de alguna manera, también ayudas a visualizarla».

García-Villarrubia admite que «la Covid-19 persistente no es algo fácil de diagnosticar» y recalca la importancia de que en las consultas y en la atención médica se tenga en cuenta este tipo de casuística. «Hay que poner de manifiesto que esto existe, y que cuando se presenten estos síntomas, se vaya más allá y no se limite todo a la ansiedad o la depresión», cuenta la doctora en relación a esa queja recurrente por parte de los afectados. La vicepresidenta del COMT emplaza a «seguir investigando». «Estamos ante un conjunto de síntomas que siguen persistiendo mucho tiempo después de la infección. Hay estudios en marcha. Estamos ante una enfermedad en parte desconocida y queda mucho por saber», cuenta la responsable médica.

«Hay que poner de manifiesto que esta nueva enfermedad existe y tiene que ser estudiada»
Mireia García-Villarrubia. Vicepresidenta Col·legi Oficial de Metges de Tarragona

«Se habla mucho de los ingresos, de los hospitales, de cómo están las UCI, pero de nosotros, que en principio hemos pasado la enfermedad pero seguimos mal, no se dice nada, parece que no existamos y cada vez somos más personas así», explica una tarraconense afectada por este cuadro clínico muy amplio. La lista de síntomas persistentes es muy vasta y va de la cefalea, la opresión torácica, las palpitaciones, los calambres musculares o la febrícula, hasta la hipertensión o la visión borrosa, pasando por la apatía o los hematomas.

Otro avance reciente y celebrado por los afectados lo ha procurado la Societat Catalana de Medicina Familiar i Comunitària (CAMFIC), que ha publicado una guía clínica para las manifestaciones persistentes de Covid-19, una herramienta para guiar a los sanitarios en la detección de casos.

Una afectación diversa. De trombosis al deterioro muscular

Los síntomas persistentes se mezclan con las secuelas a largo plazo y de mayor o menor gravedad que pueder dejar el SARS-CoV-2 y que afectan a diferentes partes del cuerpo: desde problemas neurológicos como la pérdida de memoria a dificultades respiratorias como quedarse con una capacidad pulmonar más reducida, pasando por trombosis o el deterioro muscular. 

«Tengo 23 años y estoy en un cuerpo de 80»

Sheila Lozano. FOTO: DT

Sheila Lozano (23 años) es vecina de Albinyana (Baix Penedès) y enfermera. Se contagió en la primera ola, trabajando en un hospital. Aún hoy arrastra secuelas. «Tengo 23 años y me siento en un cuerpo de 80», confiesa. Sheila atendía a pacientes que no eran específicos de Covid pero luego resultaron ser positivos. En aquellos días de marzo, tras contraer el virus en unos entornos que aún no eran tan seguros como los actuales, tuvo que dejar el trabajo y quedar aislada en su domicilio, sin hacerse PCR porque no había disponibilidad, pero con síntomas evidentes. 

 «Estuve un mes en casa aislada, haciéndome seguimiento telefónico desde el CAP. Perdí el gusto y el olfato por completo. Tuve cefaleas y mareos intensos, dolores articulo-musculares, escalofríos, sofocos y bastante tos», cuenta. Hacia el 20 de mayo, pudo empezar a hacer vida relativamente normal, pero aún quedaban síntomas residuales, una repercusión que le empezó a complicar el día a día, a veces de una forma angustiosa. «Yo me sentía muy fatigada, seguía teniendo cefaleas, mareos y fatiga. A principios de junio vi que tenía anticuerpos y quedé inmune, así que en agosto, al mejorar la sintomatología, entré a trabajar en otro hospital pero al cabo de unas semanas me tuve que coger la baja. Realmente, después de ocho meses, nunca me he recuperado del todo», explica.

Sheila es enfermera y desde agosto no puede trabajar por las secuelas del coronavirus

Casi cuatro meses después aún no ha podido reincorporarse. «No puedo ni cambiar las sábanas de casa. La sintomatología se me ha agravado, aún van apareciendo síntomas nuevos. Me encuentro peor ahora que cuando pasé la fase aguda y tuve que aislarme. No puedo hacer ningún esfuerzo, cuando camino me agoto muy pronto y sufro taquicardias, fatiga muy intensa, opresión en el pecho o problemas gastrointestinales», relata. «La doctora lo achaca a secuelas, pero en muchos casos te dicen que si tienes ansiedad, depresión o fibromialgia, lo que sea para no decirte que es Covid persistente. Cuesta que te hagan caso y que te traten».

Sheila es joven, estaba sana y no tenía patologías. Es uno de esos casos de impacto imprevisible: «La gente joven es muchas veces la que más Covid persistente tiene. Siento impotencia, es algo que también me afecta mentalmente. Sé que se necesitan muchos sanitarios y quiero volver a incorporarme pero no puedo». 

«Todavía me cuesta llenar los pulmones»

Inés Martínez. FOTO: DT

Inés Martínez, vecina de Cunit, con 60 años, ingresó en el Hospital de Bellvitge el 5 de marzo con un aneurisma cerebral. Fue operada el 16, justo en el inicio del primer estado de alarma. «Estuve unos días en el hospital, me fui para casa y a los pocos días me empecé a encontrar mal, con décimas de fiebre, y no respiraba bien. Di positivo en Covid-19», explica. A principios de abril fue ingresada en planta, con oxígeno. «Tenía neumonía doble, décimas de fiebre, diarrea… Sentía un gran agobio», rememora. 

«Me siento cansada y me ahogo»

Mejoró ligeramente y fue dada de alta, pero Inés admite que ya nunca ha vuelto a ser la misma ni a recobrar por completo la plenitud. Recuperada del aneurisma que sufrió, los médicos asocian su estado actual a los efectos a largo plazo que provoca el virus. Inés era una persona sana hasta que tuvo el problema del aneurisma, algo que los médicos no vinculan ahora a esa pérdida de facultades. «El cirujano me dice que me he recuperado bien de la operación y que lo que me pasa tiene que ver con las secuelas de la Covid-19, que es algo que le está sucediendo a mucha gente», admite. 

«Ha pasado el tiempo y aun así me siento cansada, me ahogo», reconoce Inés. Estas dolencias van y vienen de forma constante, acarreando una pérdida de calidad de vida. «No es siempre, la verdad es que hay días en que estoy bien, pero en otros me encuentro fatal ya desde por la mañana, con dolores de cabeza, como si fuera migraña, y también de musculatura, de garganta, con tos persistente. También siento que he perdido capacidad respiratoria, me cuesta llenar los pulmones. Han pasado ocho meses, no he vuelto a ser la misma y nadie me da una solución», sentencia Inés. 

«He envejecido 20 años de golpe»

Mónica González.  FOTO: DT

«El 29 de marzo me empezó a doler todo el cuerpo y rápidamente noté que era la Covid-19. Además, tenía fiebre», cuenta Mónica González, enfermera, de 40 años y residente en Cunit. «Yo estaba de baja por una dolencia en el ojo, no estaba trabajando en ese momento. Me empecé a encontrar muy mal. Me hicieron la PCR, sobre todo porque mi marido es médico y podía contagiar a pacientes y compañeros, y di positivo». Mónica sentía ahogo y le faltaba el aire. Fue diagnosticada con neumonía en el hospital pero no se quedó ingresada. Tomó hidroxicloroquina como medicación. «A los ocho días me empecé a encontrar mejor pero seguía dando positivo en la prueba», explica Mónica.

Aquellos síntomas que parecían haber desaparecido volvieron pocos días después. «Me volvía a ahogar, sufría taquicardia. Daba cuatro pasos y me ponía a 170 pulsaciones, cuando lo normal es que estés en un máximo de 100». Mónica estuvo ingresada para tomar parte en un estudio clínico pero nada ha solucionado esta pesadilla recurrente. «El pelo se me caía a puñados. Ahora va a semanas. Tuve nemonía bilateral, ahogo, taquicardia, fiebre y febrícula durante semanas. Lo que peor llevo es la taquicardia, el ahogo y la opresión en el pecho, una especie de calor, que va y viene, como si fuese fuego, como si el bicho en realidad se me hubiera quedado dentro», explica.

Mónica padece taquicardias, cansancio, ahogo y una opresión recurrente en el pecho

Los síntomas no son diarios pero sí muy habituales, incluso meses después de haber sido dada de alta y con las PCR negativas. «Hay días de todo. A veces te levantas ya con dolor en los brazos, pero por la tarde es peor. No puedo ni subir unas escaleras. Me van dando medicación para las taquicardias. A veces los día se me hacen una montaña y estoy deseando que llegue la noche para poder irme a la cama. Parece que de la noche a la mañana haya envejecido 20 años». 

Mónica admite que en ocasiones sigue ahogándose y que a veces no ha sido capaz ni de llevar una conversación. A todo eso se añade la incomprensión y la falta de un diagnóstico médico claro. «Me he sentido supersola, a veces como un conejillo de indias. No sabemos nada. En realidad nadie tiene ni idea de esta enfermedad, nadie te sabe decir si vas a tener secuelas, cómo serán… La medicina aún tiene mucho camino por recorrer», asume Mónica.  

«Sufro pérdidas de memoria y ahogos»

«Voy haciendo rehabilitación pero aún estoy de baja. Hago ejercicios respiratorios para recuperar la capacidad pulmonar y la autonomía, porque me cuesta mucho todo, me canso. Sufro unos dolores de cabeza terribles y me ahogo. Es imposible llevar una vida normal. He necesitado reeducar el sistema respiratorio. Sigo teniendo sibilancia y crisis», cuenta Eva, una tarraconense de 43 años, en un inestable estado: «Estoy un día bien y siete mal. Es impredecible. No sabes cómo te vas a encontrar mañana o dentro de un rato».

Mareos, dolor torácico, problemas de equilibrio y coordinación o pérdidas de memoria forman parte de las secuelas que sufre Eva, que se contagió en marzo y todavía hoy no ha vuelto a su trabajo. «Yo estaba bien antes de esto, era una persona deportista, con una vida sana. Ahora tengo que usar broncodilatadores, como si tuviera asma. Tengo una capacidad cognitiva bastante mermada». 

«Yo estaba bien antes de esto, era una persona deportista, con una vida sana»

A la pesadilla física se añade la angustia de vivir en la incertidumbre, al menos hasta que Eva ha podido compartir su vivencia con otras personas. «Pensaba que me había vuelto loca, hasta que he conocido a gente que está igual. Un día me dio por buscar en internet las cosas que me pasaban, el cansancio, la falta de concentración, las crisis respiratorias… Y di con personas que estaban en mi misma situación o parecida». Al menos, la rehabilitación le ha permitido mejorar algo su estado, un ligero alivio dentro de este calvario que aún no tiene un final a la vista.

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