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Medio siglo de voluntarios

Desde que repartían 'la leche americana' en los sesenta hasta hoy, un grupo de voluntarios hace su propio repaso a los 50 años de Cáritas en Tarragona
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Angelita Cacho y Alfonsa de Juanas, en Filigrana. Foto: Lluís Milián

Angelita Cacho y Alfonsa de Juanas, en Filigrana. Foto: Lluís Milián

«Todo lo que se hace ahora ya se hacía entonces: se llevaba comida a las casas en que el cabeza de familia se había quedado sin trabajo, se les ayudaba con el alquiler o se les compraba medicinas... Y si estaba enfermo, cuando se mejoraba, se le ayudaba a buscar empleo... Dar la caridad es importante, pero dar la dignidad lo es mas», cuenta Maria Dolores Nolla mientras recuerda como, a principios de los sesenta, vio el salón de su casa convertirse en centro de operaciones de la Asociación Espigas en la que trabajaban su madre, Maria Tapias Font, y otras mujeres para ayudar a los tarraconenses más necesitados, tanto si vivían en la Part Alta como a la orilla del río.

Esta asociación fue una de esas experiencias pioneras de las que luego se nutriría Cáritas (Tapias siempre estuvo vinculada a la entidad) para poner en marcha su red de solidaridad en Tarragona.

Todavía quedan algunos voluntarios en activo que guardan en la memoria aquellos primeros años de la entidad. Es el caso de Lluís Aranda, subdirector y administrador de Cáritas diocesana de Tarragona. Es voluntario desde los inicios, cuando colaboraba en los casales de verano, hasta hoy, cuando, a pesar de estar jubilado (va a cumplir 75 años), dedica a la entidad una jornada de trabajo completa cada día de manera altruista.

Su primer recuerdo asociado a Cáritas, como el de muchos tarraconenses, fue el de «la leche americana». Se refiere a los alimentos del Plan Marshall que enviaba Estados Unidos a España y que Cáritas se encargaba de repartir entre una población que todavía sufría los efectos de la posguerra.

El trabajo en Tarragona se multiplicaba además con la llegada, en los sesenta, de ciudadanos de otras partes de España buscando trabajo. La mayoría se instaló en los barrios periféricos, como Torreforta y Bonavista, primero, y en Camp Clar y Sant Salvador, después, cuenta Aranda.

La cantidad de personas a atender fue creciendo y las necesidades de espacio, también. En 1969 Cáritas Diocesana se trasladó a los bajos de un edificio en Prat de la Riba (en los 90 se trasladaron al Arquebisbat y actualmente están en la calle Armanyà).

Las voluntarias eran, mayoritariamente, mujeres. En los años 70 finalmente se consiguió perfilar la organización actual, con las Cáritas de base, las de cada parroquia, las interparroquiales y la diocesana prestándoles apoyo y servicio.

Aranda recuerda especialmente los ochenta porque, además de la entrega de alimentos, que nunca se ha interrumpido, se pusieron en marcha otros proyectos, como La Casa del Transeünt, un albergue para atender a personas sin hogar.

Por aquella época la actividad, claro está, tampoco cesaba en las parroquias. Así lo recuerdan bien Alfonsa de Juanas y Angelita Cacho, voluntarias en la parroquia de Torreforta. Esta última todavía conserva un papel donde aparecen los turnos en los que se organizaban para recibir los donativos de ropa y repartirlos entre quienes más lo necesitaban.

Fue el embrión de lo que hoy es el proyecto Filigrana, la tienda donde se venden, a un precio simbólico, las prendas fruto de las donaciones. Todo un sistema que en su momento ayudó a organizar minuciosamente la hermana Consuelo Palomares.

Pero no es lo único que hacen, como tantos voluntarios mayores –son una auténtica legión–, tiene múltiples actividades. Angelita ayuda en la limpieza, la jardinería y, claro está, en la tienda: «Si me enfermo y estoy dos días en casa ya me estoy lamentando por no poder venir... Mi hija dice que sólo falta que me pongan una cama», cuenta sonriente.

Por su parte, Alfonsa, maestra jubilada, a pesar de ir en silla de ruedas no ve impedimento en apuntarse a todo tipo de actividades; cuesta encontrar un hueco en su agenda. Tan pronto da catecismo, como imparte clases de castellano a mujeres inmigrantes o dirige un grupo de actividades de ocio para personas mayores. Comenta que «me ocupo de ello porque a los voluntarios lo de los mayores les llama poquito, ¿sabe?».

Escuchando sus relatos década por década, da la sensación de que en Cáritas nunca ha faltado el trabajo, ni siquiera en las épocas de tan alabada bonanza, porque pobres, de más cerca o más lejos, siempre han tenido.

Lluís Aranda habla de las personas que acuden buscando ayuda en estos tiempos y a quienes prefieren llamar ‘participantes’. Explica que si bien es cierto que los inmigrantes siguen en la lista de los necesitados, van en alza familias autóctonas que tenían trabajo y una vida normalizada, que no están acostumbradas a la pobreza y que retrasan al máximo su visita a Cáritas.

Escuchando su relatos de antes y de ahora, es inevitable encontrar más de una similitud. María Dolores Nolla, recordando a su madre, reconoce que si en aquellos inicios se podía ayudar a 25, ahora son «una inmensidad».

Una voluntaria de Cáritas más joven que observa las entrevistas reconoce que «ahora los que ayudamos lo tenemos mucho más fácil, los que vinieron antes lo dejaron todo montado y llegamos a mesa puesta».

Lluís Aranda hace un símil sencillo: «En un principio sólo dábamos el pez, luego tratamos de enseñar a pescar, y ahora, además, les acompañamos hasta que estamos seguros de que dan con los mejores sitios de pesca».

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