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'Mil gracias para siempre'

130 pacientes de la provincia viven hoy esperando que aparezca un órgano que les salve la vida. Mientras, la sensibilidad va en aumento: el año pasado hubo 19 donantes en la demarcación

Norián Muñoz

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De izquierda a derecha, cuatro pacientes trasplantadas de hígado junto a parte del equipo del Hospital Universitari Joan XXIII. Foto: Lluís Milián

De izquierda a derecha, cuatro pacientes trasplantadas de hígado junto a parte del equipo del Hospital Universitari Joan XXIII. Foto: Lluís Milián

«Mil gracias para siempre». Así intenta resumir Eva Vallvé toda su gratitud con el donante y su familia que han permitido que hoy esté en el vestíbulo del Hospital Universitari Joan XXIIIhaciendo esta entrevista. Tiene 41 años y hace dos y medio que recibió el hígado que le salvó la vida.

Antes de la intervención recuerda que «no podía jugar con mis hijos, que entonces tenían dos y cuatro años; sentía cómo me iba degradando, cómo me iba apagando». La obstrucción de un conducto no permitía que la sangre llegara a su hígado y su situación empeoraba por momentos. Cuando se agravó pasó «una semana horrorosa» esperando a que le anunciaran que había aparecido un órgano compatible para ella. Luego llegó aquella llamada que la puso «loca de contenta» y ahora hace vida normal: «Juego con mis hijos, monto en bicicleta... Y veo la vida de otra manera».

Donaciones en aumento

Ayer era el Día del Donante, momento más que oportuno para recordar que hasta el 30 de abril había 130 personas en la provincia de Tarragona que se encuentran, igual que Mireia en aquella semana interminable, esperando a que aparezca un donante con un órgano compatible. 109 esperan un riñón; 11, un hígado; 3, un corazón, y 7, un pulmón.

Así lo cuenta Maria Bodí, coordinadora de trasplantes del Hospital Universitari Joan XXIII y de las regiones sanitarias del Camp de Tarragona y Terres de l’Ebre. Apunta, no obstante, que el año pasado fue un buen año (hubo 19 donantes, frente a los 14 de 2014). El grupo más importante de donaciones se produjo en el Joan XXIII (17), en parte debido a que en este hospital hay un servicio de neurocirugía y el grueso de los donantes son pacientes con muerte encefálica. Además, ninguna familia se negó a realizar la donación cuando se lo solicitaron. En lo que va de este año se han producido 7 donaciones en la demarcación.

Desde hace unos diez años el número de donantes ha ido a la baja a la par que se reducían las muertes por accidentes de tráfico. Así pues, los equipos, cada vez más preparados para la difícil tarea de hablar con las familias, han debido afinar sus estrategias: han mejorado las técnicas quirúrgicas y ha aumentado la edad de los donantes. «Tenemos donantes de más de 80 años, y no es un número despreciable», explica Bodí.

También se obtienen órganos de la donación en asistolia, aquella en que el donante ha fallecido por una parada cardiorrespiratoria esperada. Hay que recordar, eso sí, que para poder donar la muerte debe producirse en un hospital.

Recalca que además de los órganos, también se puede ser donante de tejidos como huesos, tendones, válvulas cardíacas, piel, córnea... Apunta que, aunque se hable menos de ellos, estos trasplantes cambian la vida de muchas personas: uno de córnea puede devolverle la vista a un paciente; uno de hueso, conseguir que a un enfermo no se le tenga que amputar una extremidad, y uno de piel puede ser crucial en el tratamiento de grandes quemados. Si un donante de órganos puede salvar hasta ocho vidas, uno de tejidos puede ayudar a más de 100 personas.

Una conversación necesaria

«Hace falta romper tabúes y hablar, porque parece que si hablas de esto te vas a morir mañana», cuenta María del Carmen López (42 años) sin perder la sonrisa. Ella también es trasplantada de hígado y miembro de la Associació de Trasplantats Hepàtics de Catalunya.

Y es que, inevitablemente, cualquier proceso de donación pasa por la autorización de la familia. Bodí, coordinadora de trasplantes desde 1998, explica que, por experiencia, los casos en que la familia accede con más tranquilidad son aquellos en que el fallecido expresó en vida que quería ser donante.

Actualmente la única manera inequívoca que existe para expresar en vida la intención de donar es con el documento de voluntades anticipadas que queda registrado en la historia clínica del paciente. No obstante, el porcentaje de la población que tiene este documento no llega todavía al 5%.

Es por eso que María del Carmen cree que hablar con la familia de la donación es de esas cosas que no habría que dejar «para más adelante». Lo dice con conocimiento de causa. Hace un año comenzó a sentirse mal, estaba cansada, tenía dolor en las articulaciones, dejó de venirle la regla... Nada que los especialistas que la vieron consiguiera relacionar con lo que le pasaba en realidad: su sistema inmunitario estaba atacando su hígado. Un día se puso amarilla, llegó a urgencias de Santa Tecla y, al poco, ya estaba en el Hospital de Bellvitge (enTarragona se reciben donaciones pero no se hacen trasplantes). Su hígado dejó de funcionar del todo y las toxinas llegaron a su cerebro. La pusieron en ‘emergencia 0’, (muerte inminente y prioridad absoluta en todo el territorio nacional)... Y el órgano llegó, y a ella también se le quedan cortas todas las palabras de agradecimiento con esa persona que nunca sabrá quién es.

A Mireia Monmeneu, de 44 años, trasplantada, también se le escapaba la vida, justo a ella que antes de descubrir que tenía Hepatitis C nunca había ido al médico de cabecera, no había estado un día de baja, que no paraba de trabajar... Sabe que sin la generosidad de esa persona «que nunca sabré si vivía en Madrid, en Tenerife, en Galicia o aquí al lado, no habría vivido estos cuatro años que han transcurrido desde el trasplante. Estoy viva, soy feliz, le doy un 10 a los donantes y a la sanidad», dice.

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