Miquel Ballester, el tarraconense amigo de Cristóbal Colón

Tarragona. Josep Maria Piñol se pone en la piel del comerciante del siglo XV, cada viernes de agosto en el Museu del Port

Gloria Aznar

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Josep Maria Piñol o Miquel Ballester, en el interior del Museu del Port de Tarragona. Foto: Fabián Acidres

Josep Maria Piñol o Miquel Ballester, en el interior del Museu del Port de Tarragona. Foto: Fabián Acidres

Piratas y corsarios al abordaje de las naves españolas cargadas del oro y la plata de América. Un Nuevo Mundo sorprendente colmado de nuevos productos, pero también de esclavos y enfermedades desconocidas hasta el momento, viruela, sífilis o fiebre amarilla, que junto con personas y mercancías cruzaban los mares. Una época, el siglo XV y posteriores con grandes intereses políticos, aunque especialmente económicos. Y en todo este escenario, ¿cómo encaja Tarragona?

Precisamente un comerciante, un tarraconense de aquellos años, emerge todos los viernes del mes de agosto desde el interior del Museu del Port de la ciudad para contar en primera persona a qué destinaba sus quehaceres diarios y lo hace en la visita teatralizada Les nits del Museu del Port. Descobrint les Amèriques.

Fragata con 22 cañones. Foto: Fabián Acidres

«Miquel Ballester, comerciante, navegante y aventurero», se presenta ante la concurrencia. «¿Han oído hablar de mí?» «¿No?» se extraña el negociante, embutido en ricos ropajes. Su sorpresa está justificada. Miquel Ballester es el mejor amigo de Cristóbal Colón y, a pesar de este dato nada desdeñable, el desconocimiento sobre su vida y obra es generalizado. 

«Aquí nací. Más tarde viví en Mallorca y la vida me ha llevado por otros mares y otros mundos. Después de años viajando, decidí volver al lugar que me había visto nacer, para estar tranquilo», explica. Y, para constatar que ni siquiera seis siglos de por medio cambian algunas cosas, Ballester afirma, «Tarragona es tranquila, demasiado y todo. A veces parece dormida».

No solo eso, sino que la crisis que se arrastra desde 2008 no es del todo precisa, ya que esta se remonta a principios del siglo XVI. «Sí, las cosas duran», manifiesta Ballester.

El mercader importador de ron, que bien podría ser reusense, como él mismo apunta, fue íntimo de Colón. «Fui tutor de su primogénito, Diego. Nuestra amistad viene de cuando éramos jóvenes, en Mallorca y posteriormente me preguntó si le acompañaría, a lo que respondí que iría con él al fin del mundo. Y no sé si era el fin del mundo, pero lejos, les aseguro que sí que estaba».

El personaje de Miquel Ballester explicando la relación de una familia de comerciantes de Valls con las Américas. Foto: Fabián Acidres

Efectivamente, Ballester viajó al nuevo continente, donde no perdió el tiempo. «Fui alcalde de Concepción de la Vega y de los primeros en introducir la caña de azúcar en América, pero el de verdad, no esta cosa refinada que toman ustedes», asevera. Y por supuesto está el ron, preciado líquido que los funcionarios de aduanas le tienen retenido y de lo que tanto se lamenta.

De todo ello habla Ballester y de mucho más, en unas calurosas noches en las que, como buen negociante, trata arduamente de vender un ron que aún no ha llegado a sus manos. Habla del Port y de su competencia con el de Salou, allá por el siglo XVI, de la eterna rivalidad entre Reus y Tarragona «que apoyaban a Salou e incluso quisieron poner en marcha un canal navegable» y de los «moros en la costa», dicho que todavía hoy perdura. Con él es posible viajar en el tiempo, en una clase magistral de historia. 

Ya saben, si quieren probar «la mejor bebida de la alegría», solo deben presentarse cualquier viernes de este mes puntualmente en el Museu del Port, donde Miquel Ballester les recibirá.

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