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Monas que no dejan nada al azar

Ir a comer la mona al campo se ha convertido en algo cada vez menos improvisado. Hubo hasta quien instaló hamaca y tienda de campaña. En parques como el Llorito las mesas estaban reservadas desde enero

Norián Muñoz

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Esta familia viene desde Lleida expresamente para comer la mona en la playa de l´Arrabassada. Foto: Lluís Milián

Esta familia viene desde Lleida expresamente para comer la mona en la playa de l´Arrabassada. Foto: Lluís Milián

 

Incomodidades, las justas. Esa parecía ser la consigna de muchas de las familias que  ayer se decidieron a ir a comer la mona de Pascua a algún parque, playa  o zo na verde de la ciudad. Una consigna que, al parecer, comenzaba con el propio desplazamiento, a juzgar por el ingente número de coches aparcados de cualquier manera.
Uno de los sitios más concurridos, sin duda, era el Parc del Llorito. Paco, que gestiona el chiringuito del  parque, cuenta que prácticamente todas las mesas de que disponía, unas treinta, ya tenían ‘dueño’  el 15 de enero, fecha en que abrió las reservas. Dice que si hubiera podido atender a todas las llamadas posteriores habría tenido para llenar veinte parques más.
Un buen número de mesas estaban reservadas, como cada año, por familias gitanas de la Part Alta. Francesc Ferreres (Paquito), presidente de la Asociación Gitana de Tarragona, relata que su comunidad tiene costumbre de venir a celebrar este día al Loreto «desde hace 150 ó 200 años».
Los más mayores recuerdan que de pequeños ya subían, andando, por el camino viejo del cementerio a hacer las hogueras. Ahora ya no hace falta encender fuego, porque el parque dispone de parrillas que ayer, eso sí, funcionaban a su máximo rendimiento.
Y mientras las matriarcas  de las familias jugaban a una partida de cartas, los platos iban pasando de una mesa a otra. «Aquí lo compartimos todo», explicaba Paquito.
El Pont del Diable, a reventar
Igual que el Llorito, un buen reguero de coches se esparcía por las entradas del Pont del Diable, otro de los sitios más concurridos para celebrar la tradición que simboliza el final de la cuaresma y sus abstinencias. 
Si bien es cierto que había alguna familia sentada sobre una manta, era más común verlas preparadas con mesas, sillas, neveras eléctricas y hasta con alguna hamaca.
Se mezclaban, eso sí, con los numerosos paseantes que se echaron a la calle en un día que, sin ser demasiado soleado, sí invitaba a estar al aire libre con unos 20 grados a mediodía.
Muchos de los que iban allí  también heredaron la costumbre de generaciones anteriores.   Y cada familia, con sus historia, como por ejemplo un abuelo que contaba que preferían este sitio porque es el mismo donde cada año vienen a buscar el Tió de su nieta en Navidad.
De Lleida a la playa
También los hay, cómo no, fanáticos de la playa, incluso aunque el sol no brille. Es el caso del puñado de familias que se instalaron en los extremos de la playa de la Arrabassada.
Una de las familias comentaba que venía expresamente de Lleida para pasar este día en la playa. Entre los platos que se disponían a degustar no podía faltar una buena cacerola de caracoles.
A mediodía ya no quedaba ni un sitio para aparcar ni en esta playa ni en la Llarga, aunque en esta última eran mayoría los paseantes.
Aunque para comerse la mona con vistas al mar no era necesario llenarse de arena. Una familia, por ejemplo, se instaló en un espacio al lado del Fortí de la Reina, desde donde podían vigilar a los niños mientras jugaban en el parque.
Francolí, el nuevo clásico
Y entre los más madrugadores este año volvieron a estar los que decidieron instalarse en el Parc del Francolí. A las nueve de la mañana, cuando abrió el chiringuito, la docena de mesas de la zona de picnic ya hacía rato que estaba ocupada. Una mujer comentaba que había cogido una de las últimas a las siete y media de la mañana.
Un poco menos concurrido que otras veces, en el parque no faltaban algunos grupos que ya se han hecho habituales el día de la mona, como un grupo de familias de Filipinas que, aunque tenían preparado un buen número de platos típicos propios de su país, también guardaban monas para los niños. Estos últimos, además, iban a tener otra misión: buscar los huevos duros que para ellos habían escondido por los alrededores.
También haría gala de mestizaje gastronómico una familia peruana situada unos metros más allá que protegía del sol una mona casera. La misma familia se confesaba dueña de dos hamacas y una pequeña tienda de campaña, «por si la abuela se quiere echar a descansar».
Unos pasos más adelante una madre se preguntaba qué era lo más recomendable, si aplicar primero el repelente de mosquitos o el protector solar a una niña que jugaba con un teléfono móvil ajena a todo lo que le rodeaba... 
En definitiva, el día de ayer demostró que eso de ir al campo a comer la mona sigue siendo un clásico, pero ya no es lo que era.

 

 

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